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"Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos."

Hechos 4:12


"Arriba, abajo, aquí y allí les lleva; y ninguna esperanza les conforta, no de descanso, más de menor pena." 

"Cuando están próximas las cosas, o son, vano es del todo nuestro intelecto; y si otros no nos cuentan, nada sabemos de los sucesos humanos. 

Y comprender podrás que muerto quede nuestro conocimiento en aquel punto que se cierra la puerta del futuro."

Divina Comedia - Dante Alighieri 

Llevaba muerto demasiado tiempo. Difícil de calcular y complicado de ver más allá del horizonte sin fin. Porque las almas en pena olvidan luego de unos años, que quizás tan solo sean segundos. 

Pero la vida se había marchado 

intento en vano

para siempre. 

Lo comprendía cada vez que miraba sus manos. Siluetas carentes de piel, carne y huesos. No existían reflejos en los espejos, y eso era suficiente para evidenciarlo. 

Aquel presente eterno consistía en recordar, a todo momento, que era un fantasma.

Deambulaba al igual que el común de los espectros: flotando sin rumbo. Recorría los pasillos del hotel que supo ser su punto final. Venas rebanadas en la bañera de la tercera habitación del cuarto piso. Un suicidio muy romántico, por excelencia de quien desea estar pulcro antes de partir.

¿o me lancé desde la azotea? 

no, supuestamente ese fue Luis, el anterior portero

Solían confundirse los decesos; a veces se intercambiaban. El más pesimista quería una mejor-peor muerte, y el accidentado por una estupidez imploraba morir como un héroe. 

No había reglas en el Reino de los Muertos, y nunca las iba a haber. 

Nadie asustaba a los huéspedes. ¿Por qué hacerlo? Tanto se molestó en vida, como para continuar de muerto. Es un estereotipo que se tiene de ley inamovible, y, aun así, los fantasmas no pierden tiempo en eso. Pueden materializarse ante los vivos, pero suelen realizarlo en situaciones que lo ameriten. Frente a molestias, falta de respeto, e ira sobre todo. Sí, de vez en cuando hay algún bromista hambriento —el famoso caso del Hotel Overlook, por ejemplo—; sin embargo, la manifestación requiere un excesivo gasto de fuerza espiritual, y aunque no tenían nada mejor que hacer, los difuntos preferían mantenerse equilibrados en su limbo personal.

En cambio, la comunicación entre ánimas era fácil. No había letras, palabras, idiomas; solo energías. Bastaba un cruce de miradas para comprenderse unos a otros, pero casi nunca se encontraban motivos que justificaran dichas conversaciones. Cada uno estaba demasiado ofuscado en su propia desdicha; nadie deseaba seguir comprendiendo la mundanidad del día a día perpetuo.

Ya no más preguntas que buscan revelar misterios, la verdad era clara y decepcionante: 

Lo que había después de la muerte era una monótona repetición.

¿Dios? 

Nunca se presentaba.

¿Y el otro que camina por debajo?
Bueno, hay algo oscuro fuera de nuestra superficie terrenal. Lo sentimos cuando estamos vivos, pero no prestamos atención al acecho que ejerce sobre la incorpórea. 

Error, grave error. 

Las tinieblas no están arriba o abajo. Nos acorralan a cada instante, y a veces pueden desgarrar su mundo para ingresar al nuestro. Tanto interno como externo.

Él lo supo en cuanto vio entrar al hombre en la habitación. 

Usaba un sombrero redondo, de fina y límpida lana negra. Sobretodo amarronado y opaco, del mismo tono que los guantes de cuero. Bastón con agarre de bronce —similar a la forma de la cabeza de un martillo— y lentes tornasolados, que reflejaban la realidad bañada en tinte cerúleo-gélido, como accesorios.  Su nariz puntiaguda le resaltaba el rostro al igual que una estatua milenaria y poderosa. Algunos mechones colorados se podían vislumbrar debajo del ala del sombrero, en combinación con su densa y cuidada barba. 

elegante, con todas las letras y el sentido del término

El ambiente se había vuelto denso ni bien el individuo cruzó el umbral de la puerta. Recordaba la palabra que definía el sentimiento. De manera difusa, casi tan rápido como un parpadeo; una memoria que se asume extinta. 

Creyendo que

por dos segundos reviviste

algo había regresado. 

Ansiedad. 

Una vieja amiga del ser humano, olvidada por las almas. Aquel tipo se la había traído desde el cementerio del subconsciente de los vivos, sin invitación ni aviso. 

El hotelero pasó después que del sujeto, para luego indicarle todas las ‘comodidades’ que tendría a su disposición en ese cuarto sucumbido por mugre y humedad. 

Respondiendo a la lujosa y mentirosa venta, el hombre del sombrero desenfundó una sonrisa cargada de dientes ambarinos. Emanaban un brillo peculiar, como si alguien estuviera iluminando con una lámpara de tungsteno desde lo profundo de sus fauces. 

—Perfecto, perfecto. Es bellísimo… ¿Qué te parece, Renato? —Ni bien concluyó la pregunta, viró su cabeza hacia él, quebrantando hasta el último deje de sentido en aquella nebulosa realidad. 

Espíritu.

Renato.

Ese era su nombre. 

Es

aunque esté muerto, sigo siendo alguien

su nombre.

El visitante había arrastrado lo pretérito con un leve movimiento y una sencilla pregunta. Sí, existían personas que podían contactarse con los seres del más allá, e incluso conocer detalles de sus vidas anteriores, pero esto no tenía precedente alguno. Le habló como un amigo de la infancia, vio directo al alma —él en toda su esencia—, heló las energías que vibran alrededor del éter que rodeaba su espíritu. 

Lo que sucedió no debía haber ocurrido y, sin embargo, pasó.

no hay reglas

Luego de efectuar su interrogante, el hombre del sombrero continuó charlando con el hotelero, el cual, cabe aclarar, ni se percató de la intervención con Renato. Agradeció por el servicio y lo invitó indirectamente a retirarse. 

—Necesito descansar, tuve un viaje muy largo. El camino al Cielo está lleno de buenas intenciones —dijo el sujeto. 

El hotelero sonrió ante lo que asumió como un cumplido a su hotel de mala muerte. 

—Un placer…

—Charu, dígame Charu.

El hotelero se marchó con una sonrisa imbécil, preso de su ingenua felicidad creada a base de mentiras. 

Una vez cerrada la puerta, Charu volvió a dirigir la mirada hacia Renato. 

—Vos no te mataste acá, por lo tanto, esta habitación me pertenece. —Después agregó de forma indolente—: Te ahorcaste en el depósito del subsuelo. No encontraron tu cuerpo hasta pasada una semana. Cuando terminaron de desatar el nudo de la soga, caíste como una bolsa blanda, llena de vísceras podridas. 

El fantasma no supo qué contestar. Ni siquiera sabía cómo hablarle a la inquietante presencia que tenía frente a sí. Algo en su interior dictaba que no estaba diseñado para hacerlo; era una lógica imposible dentro de lo incierto. 

—Ahora, necesito reposar antes de que empiece la fiesta. 

Renato levitó hasta salir de la habitación, casi por inercia, como la manzana que cae desde lo alto por orden de una ley que debe cumplirse a rajatabla. 

Las voces sonaron en el hotel; ánimas susurrando entre paredes, por los pasillos y a través de las tuberías. Preguntaban quién era el intruso, qué quería, de dónde venía. Renato solo supo contar lo que vivió —si es que esa es la palabra correcta a utilizar en su caso— y no era mucho. 

Todos podían sentirlo. Las ánimas del hotel hacían temblar los focos de luz en las habitaciones ante una incógnita nueva en su rol como espíritus: la presencia de lo desconocido, y su inherente miedo hacia él.  

Charu recorría el lugar ni bien caía el dios Sol. Caminaba, con paso parsimonioso, a la vez que mostraba su tan llamativa sonrisa. Nadie se atrevía a acercarse. Él no parecía tener problema; simplemente silbaba una dulce melodía a medida que marchaba. 

Una guardia expectante con intenciones que parecían ilusorias. 

El fantasma de un niño fue el primero en romper el hielo. Las personas que parten de muy jóvenes suelen ser almas inocentes, sin maldad —exceptuando algunos casos—, y el pequeño era una de ellas. El muerto que había degollado a su pareja en el cuarto piso, para luego suicidarse con la misma navaja, vio todo. 

Estaba siguiendo el recorrido de una pequeña pelota por el hall de entrada. Se movía por sí sola, rebotando sin hacer ruido. El chico flotaba con todas las fuerzas que su espíritu le permitía, con ansias de atrapar aquel pedazo de infancia. El suicida del cuarto piso observaba, atento, desde un sillón. Cuando el niño giró y entró en un ascensor que acababa de abrirse, continuando su inocente búsqueda, decidió tomar cartas en el asunto. Se levantó y fue a su encuentro. 

Antes de que las puertas cerraran y consumieran al niño, pudo verlos. El pequeño flotaba lentamente, suspendido, yendo de arriba a abajo con total parsimonia; Charu lo abrazaba gentilmente, a la vez que susurraba en su oído. El fantasma suicida no lograba escuchar palabra alguna, tan solo un murmullo, el cual se le hizo completamente seductor. Una esencia gobernaba en el tono y la consonancia de lo dicho, despertando cada fibra de su ser. Anhelaba entrar al ascensor, formar parte del secreto. Charu clavó su mirada en él, guiñó un ojo y la boca de lobo que se disfrazaba de elevador mordió el aire con sus colmillos metálicos. 

Sabían que el pánico se estaba apoderando de ellos. Nadie quería cruzarse con el hombre del sombrero; aquel que por la noche venía a buscarte. Cuando el reloj marcaba la hora de los muertos, las almas se refugiaban en su lugar de despedida, recreando la misma pose en que habían perecido. Sin embargo, la voz embelesada llamaba, prometiendo algo por lo que seguir; devorando el terror durante un breve período de eternidad, para luego renacer como esperanza. 

Entonces, empezaron a desaparecer.

El hotel siempre había estado poblado de fantasmas. No eran multitud, pero sí suficiente cantidad para considerar al edificio como embrujado. Todo lugar de tránsito humano tiene sus muertos guardados en el armario, sótano, depósito e inclusive tanque de agua, y este no era la excepción. 

Sin embargo, eso cambió de la noche a la mañana.

El suicida que atestiguó el suceso del niño se esfumó de repente. Nadie se dio cuenta, o al menos fingieron su falta de atención. 

el miedo individual siempre supera al colectivo. 

Luego, la pareja que apareció asfixiada en el baño, continuó el portero, el político baleado junto a su amante, la estafadora que sucumbió ante un derrame cerebral; pobres infelices que dejaron el cascarón de carne que los recubría en aquel antro derruido que hospedaba a los olvidados. Todos fueron cayendo como botellas vetustas y vacías dentro de un bar abandonado hace décadas.

Después de tanto tiempo volvían a sentirse vivos.

El último día de lo eterno, Renato experimentó la razón. Algo palpitó entre las venas de las paredes, el aire convulsionó en su aura, un grito de felicidad y horror lo atrajo hasta la única habitación en desuso del hotel. 

Las llamas se habían adueñado del cubículo; ahí donde una madre murió sofocada mientras dormía junto a su bebé. Escapaban del padre de la criatura, quien había jurado venganza por un motivo sin sentido, ya olvidado. Como es costumbre, el destino estuvo del lado de los injustos campeones y fue expulsada del mundo. 

Siempre la escuchaba llorar a medianoche; hora en que se despidió de su hijo, el cual fue rescatado por puro azar, quedando inconclusa su posterior fatalidad: el Hombre de la Bolsa o la Vida. 

ambos pueden considerarse bestias de pesadilla

A veces ese mismo destino paga con intereses desgarradores. 

ya no llora, simplemente retorna a su recuerdo 

no

lo resucita 

Advirtió las sensaciones, sentimientos, dolores, placeres, que sufría y disfrutaba en aquel momento. El alarido no aseguraba nada, tan solo prometía aquello que devoró al resto de los fantasmas del hotel, y Renato moría de nuevo por saber en qué consistía.

El lugar era oscuridad. Las llamas habían vomitado negrura en las paredes, el suelo, el techo y las ventanas; ningún rincón quedó exento de ruina. Todos los muebles permanecían en el mismo espacio que supieron ocupar cuando estaban sanos, solo que ahora se encontraban chamuscados y rotos; madera carcomida y asolada por los años. 

Pese a que la habitación marcaba su existencia, petrificada en las cenizas del tiempo, ni bien Renato invadió sus dominios, lo infinito concluyó para siempre. 

La mujer flotaba a escasos metros del colchón calcinado. Tenía la mirada fija en una enorme mancha infausta que se dibujaba por encima de ella. Sonreía y lloraba a la vez. Pero no había felicidad en esos ojos, al menos de manera total. Su expresión se debatía en una encrucijada de sentimientos, donde la alegría se fusionaba, en una mutación carnal y violenta, con la tristeza. 

Esa alma en pena no lograba procesar lo que estaba sucediendo; oyendo, para ser más específicos, debido a que, como pudo percatarse Renato a los pocos segundos, Charu se encontraba agazapado en las sombras, emitiendo el ahora tan famoso y temido susurro. 

Fueron las esferas azules que habitaban en sus retinas las que lo delataron. Llamas glaciares, frío prendido fuego. Lo miraban desde las profundas tinieblas, como si lo estuvieran esperando hace siglos. Y, tal vez, siempre fue así. 

Charu apareció junto a él, sobre el costado derecho. Ahora no podía verlo, pero no era necesario; lo sentía, adentro, en toda su esencia. Cada letra pronunciada que emitió a continuación caló en la materia que compone lo que suponemos y aún no conocemos. 

—Conocí a un tipo, muchos años atrás, que me dijo algo esclarecedor, una frase superior a la que cualquier otra criatura celestial desearía formular. Ustedes pueden ser muy inteligentes cuando se lo proponen. Antes de irse, manifestó su simple, llana, y no por ello vacua, idea. Era genial, es genial, y lo será eternamente. 

Renato escuchó las palabras.

la vida es un infierno, y la dulce noche serena de la muerte absoluta es la aniquilación del infierno.

El cuarto de hotel ya no existía. Frente al ánima se alzaba un reflejo, el propio, sin espejo de por medio. Estaba enfrentado a todo lo que había sido material e inmaterialmente. 

Charu le recordó su historia. Nacimiento, desarrollo y defunción. La cara de su madre, el progenitor que lo sometía a golpes, decepción propia, extravío de consciencia; terror y miedo, hasta no dar más. 

Miró sus propios ojos por vez última, comprendiendo el motivo y la razón. 

Ya no habría perdición, desidia, preguntas sin respuestas, y respuestas sin verdades. 

Toda realidad tiene un fin, y ese era el suyo.

el de todos

El psicopompo sonrió y la luz brilló de sus fauces.

Rayos ocres y alquitranados se adueñaron del alma. 

El brillo cegaba y maravillaba a Renato. 

Por un único momento de su existencia, fue feliz.

Y después no hubo nada.

Juan Ignacio Villano

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