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CARNE VIVA

ramiro#32

Jul 17, 2025

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CARNE VIVA
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Cuando volvió, nadie se sorprendió. Nadie lloró ni gritó por ver resucitar a mi hermano de entre los muertos.

Mi madre aflojó los abrazos y el viejo rosario marrón se le cayó al piso gastado. Recuerdo que estaba bajo la mesa, con la mitad de la cara sucia y tapada, porque no podía creer que mi hermano se había vuelto una pesadilla de carne podrida, huesos rotos y olor a putrefacción. Sangre a fierro.

Cuando apareció en la puerta, descalzo y tambaleándose, los murmullos del barrio se callaron. Silencio total. Ese silencio que yo conocía bien: el que viene antes del trueno en una tormenta.

Hinchado, lleno de barro seco, hecho mierda.

El mismo corderoy desteñido, la camiseta de Boca.

La piel colgándole del cuello como una servilleta mojada.

Un ojo cerrado, como si me guiñara.

Era un ser extraño. No hablaba. Solo hacía un ruido incómodo. Como el de la heladera en plena siesta de verano.

Y sin embargo, era Ariel.

Mi hermano.

El que me hacía reír con canciones pop.

El que se fue una noche a bailar y volvió en un cajón.

Mamá dijo que era un milagro. Que nuestras oraciones lo habían traído. Que había que agradecer.

Mi padre decía que había que tener cuidado. Que esa cosa no era normal.

A mí no me importó nada.

Yo lo vi y lo abracé. No me dio miedo.

En mi corta vida, siempre le tuve más miedo a los vivos que a los muertos.

Olía peor que cualquier cosa podrida. Como si se le estuviera pudriendo el alma. Pero yo lo abracé igual.

Nunca dijo una palabra. Solo se sentaba en el comedor a ver tele.

A veces le daba de comer, pero era inútil: la comida se le caía por las costillas y yo tenía que limpiar. Era torpe. Y eso me hacía reír.

—Se está cayendo —dijo una vez mi prima.

—No se está cayendo, está cambiando la piel —le dije. Como las mariposas. O las víboras.

Lo empecé a cuidar yo.

Le lavaba los pies en una palangana con agua tibia y sal.

Le hablaba de cosas lindas.

Le corté las uñas porque estaban largas y blandas como gomita.

Una noche se le cayó un dedo y lo guardé en una cajita donde antes tenía las figuritas de Billiken. No le dije nada. Me dio vergüenza que se diera cuenta.

Mamá cada vez lo miraba menos.

Yo cada vez más.

Era mío.

Mi hermano que estaba muerto pero ya no.

Mi perro enfermo.

Mi santo en descomposición.

Una vez se metió en mi cama.

No me preguntó. Se acostó y me abrazó.

El cuerpo le hacía ruido, como si tuviera una bolsa de supermercado adentro.

Le puse la mano en el pecho. Lo tenía abierto, caliente.

Le dije que se quedara.

Le dije que no importaba nada, que lo iba a cuidar siempre. Que lo quería.

Él soltó un quejido.

A la mañana siguiente ya no estaba.

Mamá dijo que por fin había descansado.

Mi padre colocó una traba en la puerta.

Yo me quedé callada.

No quise preguntar dónde lo habían puesto. Ni si lo volvieron a enterrar.

Solo abrí mi caja de figuritas y acaricié el dedo, todavía envuelto en la servilleta.

Nunca me atreví a tirarlo.

A veces, cuando me despierto de la siesta, siento que alguien se sienta en la punta de la cama.

No pesa mucho.

Pero deja olor.

Yo no digo nada. Me hago la dormida.

Descanso en paz.

Y me quedo así, quietita, esperando. Esperando poder volver a poner la mano en su putrefacto corazón.

ramiro

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