eres carne, sí, pero no de la forma simple en la que el mundo entiende la carne. eres hambre. una de esas obsesiones silenciosas que crecen debajo de la piel hasta convertir el deseo en algo casi violento. a veces creo que podría reconocerte entre miles solamente por tu olor, como un animal siguiendo un rastro sagrado, condenado a encontrarte incluso en medio de la noche más oscura.
hay algo en ti que despierta mis instintos más extraños.
cada vez que mi boca roza tu piel siento una necesidad insoportable de acercarte más, de deshacer la distancia absurda entre tu cuerpo y el mío. como si besarte no bastara. como si mi deseo quisiera abrirse paso hasta tus huesos y quedarse ahí, escondido entre ellos para siempre.
quisiera consumirte lentamente, no por destrucción, sino por devoción.
hacerte parte de mí de una manera imposible de separar. aprender el sabor de cada centímetro de tu existencia hasta volverme adicto. porque hay algo profundamente cruel en quererte tanto: nunca parece suficiente. nunca siento que pueda tenerte lo bastante cerca.
a veces imagino tu corazón latiendo debajo de mi boca y pienso en lo frágil que sería el mundo si realmente pudiera acceder a todo lo que eres. si pudiera arrancarte los pensamientos uno por uno con los dientes, beberme cada secreto que escondes, habitar tu cuerpo como una fiebre hermosa de la que jamás quisieras curarte.
qué peligrosa se vuelve la ternura cuando se mezcla con el hambre.
porque contigo el amor deja de sentirse humano. se vuelve instinto. se vuelve necesidad. una clase de locura suave que sonríe antes de hundir los colmillos.
y aun así, no hay nada que desee más que perderme en ti hasta desaparecer.
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