IX - Microcentro.
Sin embargo no llegamos a tiempo. Atardecía en Buenos Aires, mientras empezaba a sospechar que el hecho de merecernos perdía sentido. Que habíamos vivido bastante —o lo suficiente—, y que ahora caminábamos sobre un filo angosto, casi una invitación a la deriva. Aun así no dejé de pensarte. Recuerdo cómo bailabas sobre la parecita que delimita la Reserva. Cómo saltabas de cantero en cantero en las plazas que bordean los diques de Puerto Madero, jugando a que el fin del mundo no era más que aquello que existía a ambos lados del cordón de la vereda. Ese equilibrio tan ridículo y perfecto.
Es acá en el centro donde mi sospecha se alimenta de todo: del cielo violáceo, de las ratas corriendo sospechozas hacia la boca de tormenta, de las baldosas flojas escupiendo agua sucia para todos lados. Como pude caminé errático entre retrovisores mal colocados y motos que cortaban el paso el paso de la vereda. Fui chocando con las paredes empapeladas, buscando signos perdidos o direcciones en los metales sucios, entre la ropa tirada. Me frene en la parada de la esquina donde se habían robado el foquito de la lámpara y sin embargo algo la alumbraba igual. Un arreglo improvisado de un trabajador con precario sueldo, cinta mal colocada, cables mal cortados. Y el viento de tormenta que llegó para despeinarme, precedido por el rugido de un motor desbocado y el chasquido de un paraguas que una nena abría sin explicación bajo el techo de la parada del 59.
La ausencia me obligó a inventarte.
Fui buscando una baranda con cierta vergüenza, tanteando de a poco mientras la ciudad empezó a desdibujarse. Me acerqué a la estación Obelisco Norte con la idea absurda de subirme a uno de sus carteles. Manteniendo la creencia intacta de que uno tiene que moverse para que algo se acomode: ya sea la melancolía, el recuerdo, o esas certezas que solo se aflojan con la edad. Buenos Aires lo sabía. Comenzaba a doblarse sobre sí misma como un telón cansado. Las oficinas dejaban caer su luz de a poco, mientras yo avanzaba con cuidado para no caer. Las persianas de los locales bajaban quejándose a lo lejos, y en Diagonal Norte, un hombre se quedó quieto para observarme. Descolocado, sacó una foto. Luego, se frotó el pecho y buscó un cigarrillo para disimular. Un bocinazo me agarró desprevenido y la ciudad aprovechó para devolverme a donde pertenezco. La lluvia torrencial explotó en el instante en que terminé acomodado entre papeles absurdos, entradas de teatros, boletos rotos y chicles descartados. No quedaba más que mirar al cielo, se lo veía tan hermoso y triste a la vez, que parecía necesitar que alguien lo definiera de un lado u otro. Dos cometiendo un crimen sin siquiera saberlo.
El humo de los autos parecía querer esbozarte por momentos. El olor a lluvia se acumulaba en las veredas. Mientras algunos amores buscaban refugio. Corriendo de la mano hasta algún recoveco entre Lavalle y sus memorias vandalizadas. En barandas escritas, en maderas de bancos y carteles repletos de nombres en conjunto. Otros, bajaban recién del colectivo y abrían sus paraguas coreografiados. Por detrás, algunos permanecían intactos en una cafetería porteña. Leyendo libros de todo tipo. Mientras yo me refugiaba bajo el techito de una librería, viendo tu nombre escrito en la tapa de una novela de filosofía que nunca terminaste de leer. Los más resignados, caminaban bajo la lluvia cargando músicas que apenas recuerdo. Que vos, estoy seguro, sabrías de memoria. Tanto como todos aquellos datos absurdos que absorbías con solo oler de lejos los libros. Ya fueran los que te llevabas a préstamo de la Biblioteca Nacional. O los que cargabas religiosamente a todas partes para hablar del cuerpo en términos técnicos, diseccionados, e incomprensibles. Me aparecen recuerdos involuntarios. Nos quedábamos atontados y maravillados al ver tu capacidad quirúrgica de hacer brotar palabras raras y clasificaciones imposibles; incluso en los rincones más recónditos del Rosedal. Donde sabías distinguir a las Rosas Sevillanas, de las Rosas Strauss, que se diferenciaban notoriamente de las Rosas Elinas. Y cuando intentabas explicar cómo es que conocías estos datos, te daba vergüenza admitir que solo era una decepción: un mal trago de cuando buscaste un nombre científico para una flor que solo se componía de la palabra “Rosa”, sumada al lugar donde se había descubierto, o al nombre de quien la bautizó. Pero no te dolía. Te permitías decepcionarte lo suficiente unos segundos antes de volver a olerlas de cerca. Acariciando sus pétalos con una sutileza casi ritual. Un manejo absurdo del cuidado, dejándote ser hasta el punto exacto en que retirarse sería la única opción válida para no romperles el alma al medio. Y paradójicamente, no puedo evitar pensar en las veces que caminamos al costado de los estanques que rodean el Planetario. Minados de patos y gansos, o de gansos y patos intercalados, o de patogansos como les decías. Según lo que sintieras en ese instante en que la terminología violenta se iba diluyendo a cada pedacito de pan que desperdigabas por el camino.
De pronto mi mano suelta el cigarro —que no sé cuándo agarré—, en un acto reflejo para frenar al pecho que parece desbocarse. La ciudad se expande por todas partes, o quizá soy yo quien se comprime en el centro. La avenida Corrientes se cuela por la punta del zapato y comienza a apretarme los dedos hasta hacerlos arder. Me veo en los vidrios de una pizzería porteña donde ya no hacemos muecas absurdas mientras sufrimos la espera.
Entonces Buenos Aires se me vuelve falsa e inestable. Algo le falta, algo más que yo. Es un modelo frágil, un entorno que se comprime y se esconde para no mostrarse, una mentira vagamente armada. Una réplica hecha a escala de tu mano, con diagonales torcidas y veredas que se deshacen si las mirás fijo. Ahí me encuentra, resistiéndome a perderme en ella o en vos, da igual. Y aparece la taquicardia de media tarde cada vez que espero respuesta. Cada vez que pienso en Olivos y nuestros encuentros para probar medialunas nuevas, o cuando intento conjugar este cielo opaco con lo último que dijiste. Rueda una lata de Coca Zero y me golpea el tobillo. ¿Ves que efectivamente conspira, So?
Vuelve esta melancolía barata repitiéndose como ese error infantil del que nunca aprendo. Una ciudad que intenta no levantar sospechas y que, a la vez, hace agua por todas partes (y la lluvia, como otra de tus mentiras). Como si me hubiera vuelto lo suficientemente ingenuo como para no descifrar el juego. Brotan cábalas de mi amor más profundo. La latita sigue rodando, las palomas se alborotan porque un nene pasa corriendo con los brazos abiertos de par en par. Un paso. Un giro. Dirección opuesta. Un ritual para que la desgracia no se cuele con esta lluvia. Vos sabés que no quiero, So. Y que siempre te quise como quiero a estas cosas: en dirección opuesta y con miedo a perderme.
Un despliegue de extranjeros me cortó el paso. Me acomodé entre ellos. Fui uno más. Y temí confesar que hubiese querido creerte. Por suerte lo dije entre los suecos que recién bajaban del último micro. A pesar de los errores vagos —las faltas de ortografía de ciertos carteles, los nombres absurdos de algunas plazas o la intersección imposible de varias avenidas— quería perderme entre tus calles. Seguir renombrando los bares de trasnoche en esa contraparte amanecida; un poco borracha, o apenas sobria, como te gustaba decir. Y aun así siempre llegaba al centro por cualquier camino, sabiendo que estaba agazapado en la palma de tu mano. Hubiese preferido no frenarme. No descolocarme con el ruido de los que cortan el pasto un domingo a las dos de la tarde rompiendo la siesta. Habría querido rozar el límite de mi cordura para ver si aún conservaba tu perfume.
Es que todo duele siempre un poco, Sofía. Me faltó de fondo el eco de tu voz que acotaba “todo el tiempo”. Como si fuese necesario remarcarlo. Y bien podrías sumarte a esa manía de cortar el pasto a horas desubicadas; porque se te da muy bien. Te fascina pasar la bordeadora por encima de la cursilería barata, por encima de cualquier intento de chamuyo porteño —ése que tanto te molesta—. El que intenta enlazarte mientras vacilo entre mi desesperanza y un anhelo furioso. Desbocado. Donde todo excede lo justo y apenas un poco más.
Sueño en estos mediodías con que quieras volver tangible al amor. No digo posible, porque sería violento. Llevarlo a pasear un rato sin destino, como la moneda del subte que nunca dejo en la mesa de casa y siempre viaja conmigo. Aunque no sirva de nada. Viaja igual, como vos. Como las pintadas en marcador rojo indeleble de la estación Facultad de Medicina. Como los baños rotos y cerrados a los que nunca pudimos entrar, siempre resguardados con claves o candados.
Aun así, guardo mi amor austero en el bolsillo. Con cuidado de que no se confunda con el cigarro ni se escape por un agujero del pantalón hacia ese espacio indeterminado entre las telas. También se resiste; también le encanta. Y reaparece, de la nada, inesperado como un chispazo violento capaz de volar la central de Edenor. Es peligroso. Porque, a pesar del chamuyo porteño, todavía no miento. Mientras sigo sumido en este mundo que, con solo empujarlo un poco, deja caer las luces del escenario. Recobré la cordura al estrellarme contra un poste: el farol cedió con un golpe seco y cayó al piso, explotando en mil pedazos
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