Capítulo 4: El ¿arte? de la guerra - Atrapado en la red
Dec 26, 2025

Capítulo 4:
El ¿arte? de la guerra.
Tinitus. Hormigueo en la cabeza. Dolor en el nudillo anular de la mano derecha. Presión fuerta y filosa en las muñecas. Un zumbido eléctrico que no es el de mi casa, éste parece estar en una frecuencia más alta. Una pequeña vibración. Distante pero constante. Un olor similar al aceite de motor con algunas notas de diesel mezclado con óxido. Un sabor metálico que conozco muy bien, pero compruebo para estar seguro: es sangre seca en mis labios.

No puedo ver nada pero puedo deducir y descartar. Por la presión y el filo al mover las muñecas, estoy maniatado; pero no hay sensación gélida del acero que suelen tener las esposas. Me inmovilizaron con precintos. Error de amateurs. Deja fuera de la hipótesis a algún organismo represor del estado, al menos por ahora. Usando toda la superficie de mi cuerpo como el tacto de una mano, compruebo que el piso donde me tiraron es liso y no tiene líneas o texturas que delaten baldosas o cerámicas. Ésto es suelo pintado. De a ratos, el zumbido eléctrico cambia la frecuencia y se escucha más grave. En ese momento, simultáneamente, se puede oir cómo las luces cliquean y la vibración lejana se aminora un poco. Apenas puedo ver entre los hilos de la tela que llevo encima, pero las luces parpadean también.
Me conozco a mí mismo; pero, ¿conozco a mi enemigo?
Hasta ahora sé lo siguiente:
- Hay una vibración distante que no se detiene hasta el momento en que el zumbido eléctrico baja un semitono y las luces cliquean.
- El suelo está pintado.
- Hay olor a óxido, combustible y aceite.
- Me ataron con precintos.
- Golpeé y me golpearon.
- No son profesionales.
- Por el momento, no serían fuerzas de seguridad.
- El trapo que me cubre el rostro oculta la visión pero es respirable. De momento me dejan vivir. Error crucial.
Estoy golpeado pero vivo. Y si estoy vivo, puedo pensar. Si puedo pensar, puedo planear. Si puedo planear, puedo salir. Si puedo salir, van a arrepentirse de haberme dejado con vida. Hipótesis basada en todo lo anterior: El piso pintado y los olores me ubican en un taller, abandonado, presumo. Cercano a una fábrica, lo que explica la vibración distante que de a ratos hace bajar la tensión eléctrica de acá; tal vez sea un balancín. Por el momento, creería que secuestrado pero no por una banda de profesionales ni por las fuerzas de seguridad. Hubo forcejeo y pelea. Me golpeé la cabeza fuerte porque estoy teniendo problemas para acordarme qué carajo pasó. Pero voy a salir de ésta como que me llamo Renzo Testapietra. Concentrate Renzo. Respirá, Es más fácil salir de esto que declararte a la mujer que te gusta.
Tengo los zapatos puestos. Perfecto. Sólo necesito esto de momento. Comienza el plan de contingencia.
Aunque tenga las manos atrás es muy posible cortar los precintos, solamente tengo que ponerme de rodillas con los talones en los glúteos. Están bastante apretados y ya siento como me hormiguean las manos como la estática del televisor cuando no recibe señal de la antena. Sólo necesito que pase el cordón de los zapatos. Si el tacto no me falla debe tener como mucho tres milímetros de espesor, como no uso cuero, el material tal vez sea más frágil pero que estén encerados ayudará un poco. Lucho un poco para desatarme ambos zapatos pero lo logro, combino esta tarea en simultáneo con afinar el oído para estar atento a pasos o voces que puedan indicarme que mis captores se acercan. Todo esto me recuerda a como los castores tumban los árboles: entre sets de mordidas se toman unos segundos para oír si el árbol cruje y con eso evitar que se les caiga encima. La naturaleza es sabia.

Con el índice y el mayor de la mano derecha hago pasar la punta de acetato del cordón por el estrecho hueco entre mi piel y la prisión de nylon que es el precinto. Primer milagro: pude hacer pasar un camello por el ojo de una aguja. Ahora viene la parte más complicada del truco, unir las puntas de ambos cordones con las manos maniatadas aún. Después de forcejear un poco, logro hacer el nudo. Ahora sí estamos a minutos de la libertad. Hay dos formas de hacer esto: la primera es frotar el precinto contra los cordones provocando fricción al subir las manos y moverlas hacia los lados, este método es muy útil cuando se tienen las manos atrás de la espalda. El segundo método es un poco más rápido y sencillo, con las manos atadas adelante podemos hacer un movimiento de pedaleo con los pies que provoca que los precintos se corten rapidísimo.
Acabo de darme cuenta que recuerdo todas estas técnicas pero aún no recuerdo qué fue lo que pasó hace unas horas y cómo terminé acá. Me empiezan a sonar alarmas internas. Tengo que salir lo antes posible. Podría tener daño cerebral o peor. La idea de que me hayan drogado contra mi voluntad me provoca un calor que me envuelve todo el cuerpo. Conozco este sentimiento muy bien: es la bronca de saber que no han respetado mis límites. Tengo que calmarme. Un cirujano no puede operar si está en un estado mental alterado. Yo tampoco me sirvo si me altero. Ya habrá tiempo para ajustar cuentas.
Listo, los precintos cortados. Tengo que rajar de acá. Como sea. Me saco la capucha de tela que me pusieron en la cabeza. Mi hipótesis era correcta, estoy en una especie de taller, galpón o hangar. Hay autos antiguos y algunos camiones viejos, destartalados. A mis 12 hay una puerta al fondo, a mis 3 hay dos cortinas metálicas, de esas que son como de negocio. Las ventanas están muy altas como para romper una y salir. Las cortinas no son viables, por más que se levanten con un motor eléctrico no será lo suficientemente rápido y el ruido alertará a todos de que estoy saliendo.
La puerta al fondo es un arma de doble filo. Es peligro y oportunidad.
Peligro: es la única entrada y salida, por lo cual ni bien salga, seré blanco fácil.
Oportunidad: es la única entrada y salida, por lo cual si alguien viene, tendrá que ser únicamente por ahí.
No tengo mucho tiempo para planear. Tengo que aprovechar para buscar algo contundente. Una herramienta, un trabavolante, una llave cruz, lo que sea apto para romperle la cabeza a alguien. No importa si quien viene es hombre, mujer, niño o anciano. Hostil es hostil. No quiero morir hoy. Pero también debo pensar en no matar. Aunque mis captores no me tengan la misma consideración.
Propuesta de plan de acción: hacer un ruido tremendo y esperar que venga alguien a chequear. Hay una eslinga de remolque y uno de los autos está sobre un crique. Piola, ya tengo mi distracción. Encuentro una llave inglesa de buen peso y tamaño. En una estantería encuentro una soga también. No me puedo equivocar: tengo que incapacitar, neutralizar. No asestar un golpe letal. Será lo más difícil de todo el asunto.
Recién me doy cuenta. La vibración lejana se detuvo, ya no baja la luz. Debí estar más atento, como el castor. Eso puede indicar que lo que sea que los mantenía ocupados ya se ha terminado. Tengo que esconderme y ejecutar el plan. El árbol me puede caer encima en cualquier momento.
Agarro la eslinga y la engancho al crique. Me coloco a unos metros de distancia y calculo cuánto me llevará llegar hasta la puerta para esconderme detrás. Parece posible. Respiro hondo y me preparo. Con bastante esfuerzo logro hacer caer el auto, que retumba como un trueno en todo el galpón y siento todo el techo vibrar mientras corro hacia la puerta. Es una puerta ancha y la distancia que hay entre la pared y el marco de la puerta es casualmente perfecta como para ocultarme ahí sin que la puerta me toque y delate mi presencia. Escucho un sonido acercándose pero no logro descrifrar qué es. La puerta se abre lentamente. Demasiado lento. ¡Casi me dan ganas de abrirla yo mismo para cortar la tensión! la puerta se abre casi hasta tocar la pared en cuya esquina me estoy escondiendo y logro espiar una larga sombra de estatura extraña y una forma que no distingo bien. La puerta empieza a cerrarse y al tiempo en que levanto la llave inglesa para golpear a traición, la puerta deja de obstruirme la vista y me da la imagen completa como un telón que se abre totalmente. Llegó el momento. David contra Goliat.
¡NO! ¡LA PUTA MADRE!. Se me escapa una puteada. Tiro la llave inglesa al piso y le tapo la boca.
-Mmmm! mdjdmsm!-
¿¡Por qué carajo tenía que venir un viejo en silla de ruedas!? ¡Sería más fácil si hubiera venido un tipo como yo, armado. Dispuesto a todo! Bueno. Quizás ese sea el punto. Sería más fácil cruzar el límite. Dicen que el diablo sirve la comida pero está en uno si comer o no. Y no es cuestión de hambre.

-Escuchame una cosa, yo me voy a ir. Pero no te puedo lastimar. Por más que me hayan cagado a palos y me tiraron acá. Necesito que NO grites cuando te saque la mano de la boca, si?-
El anciano asiente con la cabeza. Estaré volviéndome loco, pero elijo creer. Confío en que no alertará a los demás.
-¿Me podés decir qué carajo hago acá? ¿por qué me secuestraron? ¿quieren plata? ¡se las podría haber dado!-
"Ess... Es el pelotudo de mi hijo. Está loco. Di-dice que lo monitorea el gobierno y la élite"
-Me estás jodiendo. Esto tiene que ser una joda. Pusieron una cámara oculta por acá ¡seguro!-
"Te vio en la tele, dice que vos descubriste el plan maestro. Que hicieron copias digitales de nosotros"
¡No! ¡Nooooo! ¿cuántas veces tengo que explicarles que es ciencia ficción? Está hablando de mi libro: El Proyecto SosIAs. Aún no recuerdo como me secuestraron o cómo llegué acá pero me acuerdo muy bien de la entrevista que inspiró toda esta locura.
Ésa fue una de las entrevistas más polémicas que tuve. La recuerdo siempre porque generó un debate inmenso del que todavía no puedo escapar. Ese día el estudio de televisión estaba lleno. Habíamos hablado de los libros, los expliqué detalladamente. Hablamos de los rumores de romance. Los esquivé como un campeón en el ring. Pero percibía un crescendo oculto a punto de revelarse. Venía una piña más grande.
El periodista arrancó con una sonrisa cínica: "Se dice en las redes, Renzo, que detrás de esa imagen de 'paz y amor', estoicismo y defensa de los animales, escondés una stiletto automática en el bolsillo. Algunos dicen que es hipocresía. ¿Para qué necesita un pacífista un arma blanca?"
Me acomodé en el sillón. Sentía el peso real de la navaja en mi bolsillo derecho. Por un segundo, el estudio desapareció y volvió el olor al asfalto de febrero de 2019, el frío del cañón de la pistola contra mi frente y la bolsa de compra cayendo al suelo. Fue la vez que me asaltaron saliendo del supermercado y en el forcejeo casi logré sacarle el arma a uno de los ladrones. Respondí como siempre: con honestidad brutal. Un sincericidio en vivo.
-Mirá... la gente confunde ser pacífico con ser incapaz. Sería hipócrita si te dijera que no sé cómo usarla. Para mí no es un pedestal moral, es reconocer que ese pibe que me apuntó en 2019 y el animal que no quiero en mi plato compartimos lo mismo: un sistema nervioso que no quiere apagarse. Una voluntad de supervivencia.-
El periodista retrucó: "Pero casi le quitás el arma al asaltante. Eso no suena muy 'hermanado' con el otro."
Él miraba a cámara, el público reía. Continué exponiendo los hechos.
-Ahí está el error. En ese momento, el sistema nos redujo a ambos a nuestra forma más básica. Éramos dos máquinas biológicas peleando por algo: yo por defender mi integridad física y el asaltante por arrebatarme las cosas. Es verdad lo que decís y yo mismo lo digo siempre que cuento la anécdota: estuve a punto de quitar el arma y al mismo tiempo que veía los ojos abiertos de par en par a través del visor del casco del asaltante (quien en ese instante supo exactamente que su vida estaba en juego) sentí un golpe en la nuca que me apagó las luces y antes de caer al suelo, mi cuerpo me sostuvo y me despertó de nuevo por la adrenalina. Cuando abrí los ojos, el que me había pegado estaba intentando arrancar la moto sin éxito y le gritó al que estaba armado "ya fue, matalo!". Pude ver en sus ojos un ápice de duda y en ese instante sentí que debía correr para no darle chance.-
En ese momento, el periodista me miraba con una expresión extraña, como si le estuviera hablando en un idioma desconocido. La opción lógica: seguir explicando mi perspectiva.
-De esto saco dos cosas: Si yo hubiera logrado quitarle el arma, ¿hubiera dudado o le hubiera vaciado el cargador encima? Lo digo sin caretearla, ésa pregunta me atormenta. Porque es de dominio público que yo practico tiro con armas y arco también. Y cuando tengo un arma en las manos me pregunto: ¿quién soy yo para juzgar si alguien continúa o no viviendo? Para muchos es muy fácil responderlo porque necesitan simplificar la realidad para que sea más digerible. A algunos les alcanza con que sea morocho y tenga gorra. A otros les alcanza con que tenga una bandera diferente o que ame a alguien de su mismo sexo o le rece a un dios distinto al suyo para justificar un crimen.-
Creí que explicar las cosas evitaría malentendidos, pero me equivoqué. El público murmuraba, un panelista interrumpía desde la comodidad de su silla para señalar que yo estaba haciendo política. Proseguí para intentar hacerles entender el punto.
-¿Y si ése asaltante dudó porque se enfrentó a la misma pregunta? El tango se baila de a dos. Él dudó y yo corrí no solo para salvarme, sino para evitar que la persona que sostenía el arma y me apuntaba mientras el otro gritaba "matalo!" cargue con un asesinato. Incluso aunque yo sobreviviera, esa persona cruzaría un umbral del que no se vuelve. Al menos, no entero. Quizás luego de eso lo cruzó con otra persona, pero cuando me tocó a mí, hice todo lo que estaba en mis manos para evitarlo.-
El periodista seguía mirándome con esa expresión de alguien que no entiende lo que le estás diciendo. O tal vez no está obteniendo la respuesta que esperaba. Hice algo que pasó a la historia como una inmolación en vivo y directo. Una pesadilla publicitaria. Panem et circenses. ¡Déjenlos comer torta! «Qu'ils mangent de la brioche»
-Pero si lo que te preocupa no es este debate complejo, te concedo el clip viral.-
Metí la mano en el bolsillo, saqué la navaja y la activé. Con el sonido del resorte y la hoja golpeando contra el tope del sistema de apertura automática, el periodista se echó hacia atrás en su silla. El estudio quedó en un silencio anecoico. Acto seguido la coloqué en la mesa y señalé.
-Esto es la verdad. Esto es lo real. Si, llevo una navaja encima siempre. ¿por qué? porque busco la respuesta a esta pregunta: soy pacífico o inofensivo?-
Agarré la navaja por el extremo filoso y se la ofrecí al periodista, que en una especie de trance casi en piloto automático la tomó y la empuñó instintivamente. Continué la exposición de mi punto de vista.

-Si en una situación de riesgo uno tiene a mano una herramienta para causar daño pero se abstiene de usarla para herir, ¿qué es? Si tuvieras un ladrón enfrente que puede poner fin a tu vida y tienes la navaja en la mano, ¿qué harías?-
A todo esto, la gente de la sala de control no sabía si mandar a un corte o dejar que siga. Los publicistas y relacionistas públicos abrían un whiskey mientras yo seguía y seguía.
-Camus propuso que la pregunta más grande de la filosofía es juzgar si la propia vida vale la pena ser vivida. Yo redoblo la apuesta: ¿somos capaces de juzgar si las vidas ajenas valen la pena ser vividas? Uno puede apoyarse en la violencia para proteger la propia vida pero tiene que ser plenamente conciente que no se sale ileso de una situación así. Para mí, es como tener una pierna rota y caminar sin bastón. Prefiero caminar por mi cuenta a pesar del dolor que eso conlleva.-
La gente en sus casas debatía en familia mientras cenan. Aparecían algunos mensajes y comentarios de redes en pantalla. Luego me enteré que un famoso streamer llamado ALPHFA reaccionó en vivo a la entrevista mientras buscaba navajas en una plataforma de E-commerce, no entendió nada del debate excepto que las navajas se ven geniales y que él debía tener una. Traté de plantear un debate, tal vez despertar una o dos consciencias y terminé aumentando la venta de navajas por accidente. Incluso me ofrecieron publicitarlas luego. Traté de cerrar la idea para que entiendan que no venía de un lugar negativo, sino de un lugar genuino.

-Conozco mucha gente que no consume animales y dice ser paz y amor o buena vibra pero cree que el ser humano debe ser erradicado. Yo no creo en el amor por descarte. No amo a los animales porque odio a los humanos. Amo a los animales y elijo no consumirlos porque me hermana el hecho de que compartimos sistema nervioso, podemos sentir dolor y tenemos voluntad de supervivencia. Pero también amo a los humanos porque sé del amor que somos capaces de dar y de todo el bien que podemos hacer cuando el sistema no nos está reduciendo a la supervivencia y distrayéndonos para que peleemos entre nosotros.-
El público murmuraba, algunos a favor, otros en contra. Las redes estallaban. Detractores y apologistas. La pregunta hace eco en millones de personas. Ramificaciones que se extendieron incluso hasta hoy. Hasta este preciso momento. Yo hablando con el padre de mi captor.
-¿Cómo carajo me encontraron?-
"Hay un chico, esos que hacen videos en vivo... que dice que encontró la dirección de tu casa... Y el enfermo de mi hijo te fue a buscar junto a su grupo de mongos antes de que ese pibe vaya. Le-le ganó de mano."
-¿Usted está metido también?-
"No, escuché el ruido y vine a ver porque a veces se reúnen acá."
-Estuve a punto de romperle la cabeza, ¿se da cuenta? me desperté acá, golpeado y atado con precintos. CON UNA CAPUCHA Y TODO.-
"Perdón, pibe. Mi hijo no está bien. Necesita ayuda. Me cansé de denunciarlo y yo así como estoy no puedo hacer mucho. Estamos encerrados acá. Yo tampoco puedo salir. Él dice que no camino porque me pusieron un chip con las vacunas y si salgo nos van rastrear y encontrar."
Respiro hondo. Tiene razón. Este pobre viejo es tan rehén como yo. No solo tendré que encontrar la manera de salir de acá, también tengo que sacar a este hombre. No puedo dejarlo acá.
-Ésto es lo que vamos a hacer: voy a agarrar la llave con la que yo planeaba golpearlo a usted y me la voy a frotar en la herida de mi cabeza. Me va a atar al paragolpes del auto con esta misma soga con la que pensaba atarlo y cuando venga su hijo dígale que me quise escapar. Que forcejeamos, me noqueó con la llave y me ató nuevamente.-
"Pe-pero soy un viejo en silla de ruedas ¡no se lo va a creer!"
-¡Su hijo cree que usted tiene un chip, leyó mis libros y cree que la tierra fue creada por seres sintéticos exiliados de otro planeta, que pueden descargar su inteligencia artificial en cuerpos orgánicos y que yo conozco a la élite que hace clones de nosotros en mundos virtuales!-
"Bueno, ti-tiene razón"
Preparamos la escena y esperamos. Voy a necesitar más que ingenio y suerte para salir de ésta. Si creyera en dios, estaría rezando.
Me viene el recuerdo de cuando Nat me ponía agua bendita en la frente antes de darme un beso de despedida cuando me iba de su casa. Ella sabía que yo no creía en nada. Yo sabía que esa gota de agua no era distinta del agua de una canilla. Pero lo que lo convertía en un ritual de intimidad cotidiana era esa transubstanciación del agua en un amor que blinda contra todo lo malo que existe.
Me sirve el tótem nostálgico de la memoria. Hoy será mi relicario en la trinchera.

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