Hacía unos días, casi de forma impulsiva, comencé de la nada a reproducir un tema de una banda musical que hacía bastante no escuchaba: una melodía que en mi cabeza me transportó automáticamente a un momento de mi vida muy especial y, también, a una persona en particular.
Cada tema que sonaba era reconocido por mi piel y todo mi cuerpo, haciéndome sentir enlazado entre una especie de nostalgia y placer, mezclado en una nueva y confusa vieja realidad.
Casi con algo de obsesión y tentación, no me era fácil dejar de escuchar cada racha melódica, adentrándome con asombro al comienzo de la próxima canción: aquellas que me hacían viajar mágicamente entre presente y pasado con una intensidad y velocidad inusuales y vertiginosas.
Este estado de tránsito intenso duró unas dos o tres semanas y culminó en el instante mismo de recibir un mensaje de la vivaz persona en cuestión el día de mi cumpleaños número 46, después de casi 6 años —más exactamente 70 meses— de nuestro último contacto:
«Hola, ¿cómo estás? Tanto tiempo. Si no me equivoco, hoy es tu cumple y quería saludarte y desearte un hermoso día. Espero que estés muy bien».
Automáticamente se me erizó la piel. ¿Cómo podía ser que, después de haber escuchado y revivido hace algunos pocos días cada momento de esa etapa de mi vida, recibiera el mensaje de la persona sentida dentro de mí? La sorpresa me quitó el aire y el aliento. Mi cabeza se ausentó de la reunión de mi festejo por unos segundos, mirando a la nada, buscando en algún rincón entender qué estaba sucediendo. No hubo caso: mentalmente no llegué a ninguna conclusión, solo busqué verificar con certeza la pantalla de mi teléfono móvil e, incrédulo, volví a leer el mensaje una vez más, y ahí seguía, más real aún.
Me atreví a contestar y agradecer el saludo:
«Hola, tanto tiempo. Y sí, es hoy mi cumple y la verdad me sorprende para bien recibir este mensaje. Gracias nuevamente por recordarme. Yo estoy bien, espero que vos también».
Pasaron unos días más y toda esa magia se desvaneció en mi rutina, aunque la euforia y adrenalina de esa «casualidad», cual conejo blanco a perseguir, seguían pulsando con curiosidad en mí. Entonces me dispuse y me atreví a desafiar a la realidad con una segunda oportunidad.
En este caso, y después de elegir la banda que acompañó otra época también de importancia en mi historia vincular, afiné con precisión el álbum con más peso emocional dentro de mí. Así sonó durante repetidos días esa música-vehículo hacia mis seres tan queridos; entre vaivenes de emociones variadas, la usé como puente directo al reencuentro con mi pasado, hoy presente.
Y así sucedió, esta vez por mail:
«Hola, ¿cómo estás? Sé que hace años no sé nada de vos, tampoco sé si esto va a llegar, pero sentí muchas ganas de escribirte para que sepas que te recuerdo con el mejor sentir de mi corazón, y de paso darte las gracias por haber sido tan especial en mi vida. Gracias por transformarme en una mejor persona; sin vos no hubiese llegado a donde hoy me encuentro. Nuevamente, gracias».
La magia ya no era tan liviana en mí; es decir, el miedo caló un poco, encendiendo un llamado de atención hacia un posible descubrimiento de la llave de materialización de las personas lejanas en mi actualidad.
Viví en esta sintonía de atracción poco menos de un año, creando situaciones mágicas y atrayendo como un juego a mi presente a quien quisiese, a libre albedrío: todos aquellos que fueron responsables de mi crecimiento personal, acompañantes de mi historia de vida, gente y personas que con tan solo poner los acordes perfectos vibrantes en mi corazón llegaban a mi presente sin parar. Podía preguntar todo aquello que nunca pude entender y así cerrar ciclos sin confusión; tuve respuestas a tantas preguntas inconclusas por mis desapariciones repentinas. Emails, visitas, encuentros cara a cara, llantos, risas, enojos y alegrías formaron parte de mis interminables días de poco dormir, donde crecía el agotamiento. Enajenado en mi realidad, seguí abusando de mi superpoder, perdiéndome en mi pasado sin lograr conectar con el presente, pero sí con todos aquellos que algo tenían de responsabilidad en mi ser y mi existencia.
Con tantos seres en simultáneo, llegué a confundir lo real de la fantasía. Con la misma fuerza y confundido como con el primer tema, sentí que ya no estaba acá. Me desesperé al quedarme sin más melodías por reproducir; sentía que algo más me faltaba para concluir mi viaje de reciprocidades. No había jugado el juego entero, tenía la certeza absoluta de que ahora el que tenía que viajar era yo. Y así, la última canción venía de lejos y bajo el hechicero susurro de la voz de mi abuela, como compás y llamado final hacia una nueva realidad, tan solo para decirme bajito:
«Gracias por cuidarme tanto. Siempre supe que en algún momento te lo iba a poder decir tan cerquita, con la canción de cuna que tanto te gustaba y te calmaba para entrar en tus sueños más hermosos».
PD: Vivir en el pasado puede enloquecerte.
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