La vida, con su manera tan efímera de ser, nos enseña qué tan cotidiano es un saludo y qué tan importante puede ser un adiós.
Quizás no llega con un abrazo, ni con una charla. No llega en una tarde cualquiera, con las cosas resueltas. A veces llega en una noticia, en un momento difícil. En una tarde cualquiera que, sin avisarnos, puede convertirse en un calvario.
Qué extraño es descubrir la importancia de algo cuando ya no podemos volver a vivirlo.
Hoy la tarde parecía cálida. El cielo vestía unos colores hermosos y el ruido de la ciudad parecía llevar una calma diferente. Me quedé observando aquella obra de arte que estaba siendo pintada sobre nosotros.
Como si alguien se hubiera acordado del cielo que te gustaba mirar y del que, de alguna manera, me enseñaste a ver.
A mí me gustaba el cielo, pero vos le añadiste tu poesía. Dejaste en mi mundo tu manera de mirar las cosas.
Por un instante sentí que alguien lo estaba dibujando especialmente para nosotros.
Y mientras lo miraba, una lágrima cayó por mi mejilla.
No la detuve.
La dejé existir, porque quizás también tenía algo que decir. Quizás llevaba dentro todo aquello que todavía no sé poner en palabras.
Estoy aprendiendo a convivir con la ausencia sin permitir que ella me quite la belleza de lo que todavía permanece.
Porque aunque la vida sea efímera, hay personas que consiguen quedarse un poco más.
En una canción. En una conversación. En un mate compartido. En un cielo.
Y mientras alguien las recuerde, quizás nunca se hayan ido del todo.
Me tocó desearle paz a una persona que ya no voy a volver a ver, pero que voy a seguir sintiendo.
Alguien que guardó silencio durante demasiado tiempo.
Hay personas que caminan por la vida cargando sentimientos pesados, palabras al borde de explotar, y aun así aprenden a vivir como si no necesitaran contarlas.
No porque sus palabras no existan.
No porque no sientan.
Sino porque, durante demasiado tiempo, no encontraron a alguien a quien poder decirle:
“Mirame. Me está pasando esto.”
Yo puedo pasar horas sin hablar. Días. Quizás semanas enteras.
Pero, por alguna razón, las personas se acercan a hablarme de sus problemas. Y yo me quedo.
Acompaño.
Procuro quedarme, no solamente para escuchar sus palabras, sino también aquello que intentan esconder entre ellas.
Pregunto.
Recuerdo.
Presto atención.
Porque para los demás quizás sea una pregunta insignificante. Pero para esa persona puede ser un peso que lleva días, meses o quizás años esperando que alguien tenga la paciencia de preguntarle cómo está de verdad.
Cuando la comodidad se convierte en parte de la conversación. Cuando alguien encuentra la libertad de expresarse sin sentirse juzgado. Cuando sus sentimientos pueden existir sin tener que medirlos por lo exagerados que parecen.
Hay algo dentro de mí que se queda pensando:
¿Cuánto necesitaba esto?
Quizás no yo.
Ella.
Él.
Esa persona.
Y dentro de todo eso existe una esperanza bastante sencilla, pero extrañamente difícil de encontrar.
Escuchar a alguien también es una forma de decirle:
“Tu existencia no me es indiferente.”
Ya no necesitamos ser fuertes. Menos a estas alturas.
A veces solamente necesitamos a alguien que se siente a nuestro lado mientras intentamos entender por qué estamos cansados de ser fuertes.
Porque todos, incluso aquellos que aparentamos no necesitar a nadie, merecemos alguna vez sentarnos frente a otra persona y descubrir, con un asombro casi infantil, que alguien quiere saber qué llevamos dentro.
No necesito haber sido imprescindible.
Me basta con haber sido, aunque sea durante una conversación, el lugar donde alguien pudo dejar de cargar consigo mismo.
Quizás eso sea parte de lo que me dejó tu ausencia.
No pude acompañarte en todo aquello que llevabas dentro. Y quizás nunca sepa cuánto necesitabas que alguien te preguntara cómo estabas de verdad.
Pero hoy entiendo algo.
Que un pasado en el que no pude acompañar no tiene por qué convertirse en un presente donde vuelva a mirar hacia otro lado.
Si alguna vez alguien se sienta frente a mí con el corazón lleno y las palabras temblándole en la boca, quiero quedarme.
Quiero escuchar.
Quiero preguntar.
Quiero que, aunque sea por un momento, esa persona pueda sentir que no tiene que cargar sola con todo lo que lleva dentro.
Quizás no podamos cambiar todos los adioses.
Quizás nunca sepamos cuándo llegará el último.
Pero todavía podemos elegir cómo vivimos los saludos que nos quedan.
Y si algo quiero llevarme de vos, es eso:
seguir mirando el cielo.
Seguir escuchando.
Seguir estando.
Porque mientras alguien encuentre un lugar donde poder decir “mirá, me está pasando esto”, quizás todavía exista una pequeña manera de hacer que la vida pese un poco menos.
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