¿Cómo se clausura una casa
cuando te has llevado
los únicos mapas de mi memoria?
Mis días más intactos
suceden en tu custodia.
Sí, he estado bebiendo.
Una liturgia oxidada, un peso en la voz.
Pero ¿acaso el estupor en mi lengua
invalida
el derecho a invocar nuestro fantasma?
Con la orfandad de quien aguarda en la vereda,
inerme,
esperando el rescate
de un viaje prometido.
Desarmaré mi arquitectura.
Si mi contorno ya no te abriga,
aprenderé el hábito de ser otro.
Me vaciaré de mí
con tal de caber
en tu centro.
Cambiaré.
Solo para que el tiempo, en su ceguera,
vuelva a repetirnos.
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