Decía ser distinto,
pero solo sabía mutar su piel
según el reflejo en los ojos ajenos.
Un camaleón, sí, Pero no de esos que cambian para sobrevivir,
sino de los que se borran para agradar.
Alguien que no se puede respetar.
No era adaptación,
era ausencia vestida de presencia.
Una sombra que se amoldaba al contorno de cualquiera, una voz que repetía lo que otro quería oír.
Validación: su única brújula.
Aplausos vacíos, su alimento diario.
Triste es el ser que no sabe existir si no lo miran,
que se desdibuja para encajar,
que solo se siente alguien
cuando alguien más lo llena de sentido.
Invisible,
hasta que se camufla en el deseo ajeno.
Vacío,
hasta que otro le presta una forma.
Y si quieres saber cómo eres,
míralo.
Porque se convierte en lo que ves,
en lo que anhelas,
en lo que temes.
Autenticidad es lo único que no hallarás.
Porque en él,
nadie habita.
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