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Microcuento: Se encontraron

tomito

Sep 9, 2025

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A él siempre le había parecido que la luz tenía voluntad propia, una especie de capricho educado que se dejaba ver solo si uno sabía esperar y por eso sacaba fotos como quien conversa en voz baja, sin apurar nada, dejando que las cosas se acomoden solas; el sol pegando en un edificio al atardecer, el vapor de un plato, una sombra que cruza una mesa, ese instante en que todo parece a punto de decir algo y no lo dice.

Ella, en cambio, probaba el mundo con la boca y con los ojos, era bloggera, catadora de comida, pero también escribía sobre poesía, cuadros y miradas, como si el sabor, el verso y una pupila bien puesta pertenecieran a la misma familia secreta. En su blog no reseñaba platos: los traducía, los dejaba caer en palabras que después se mezclaban con un poema leído al pasar, con una pintura vista de reojo pero siempre con una forma particular de mirar que podía torcerle el rumbo a una tarde entera.

Se conocieron en un café que parecía uno más hasta que dejó de serlo. Él estaba sacando fotos, ella levantó la vista, y en ese cruce mínimo ocurrió algo que ninguno se tomó el trabajo de explicar, porque explicarlo hubiera sido estropearlo.

A partir de ahí empezaron a coincidir con una naturalidad sospechosa, como si la ciudad se hubiera puesto de acuerdo para sentarlos en mesas vecinas, alargarles las conversaciones y dejarles el tiempo justo antes de que alguien mirara el reloj.

Él la observaba probar cada plato con una concentración casi religiosa, como si temiera lastimar algo invisible, y ella lo miraba esperar la luz exacta antes de disparar, entendiendo que su manera de mirar era también una forma de escribir sin palabras.

Hablaban de comidas, de poemas que no terminaban de recordar, de cuadros que uno veía distinto según el día, y en ese ir y venir se iba armando una cercanía rara, una tensión amable, sostenida por gestos mínimos, por silencios que no pedían ser llenados y por manos que se quedaban cerca como si todavía estuvieran pensando si valía la pena tocar.

A él se le ocurría, a veces, que podría fotografiarla durante horas, pero también sabía —porque esas cosas se saben sin saber cómo— que algunas presencias se arruinan si se las enfoca demasiado.

Ella sentía que él veía zonas del mundo y de las propias personas que a los demás se les escapaban y que, al mirarla así, la leía sin subrayarla ni definirla, cosa que agradecía en silencio.

Después vino lo de siempre, que en realidad no es siempre lo mismo: dejaron de verse sin grandes escenas, sin frases finales que merecieran ser citadas. La vida siguió su curso, que no es recto ni justo, y cada uno volvió a lo suyo con una pequeña desviación interna. Él siguió sacando fotos, pero empezó a preguntarse a qué sabría una imagen y qué gusto tendría una sombra bien tomada. Ella siguió escribiendo, pero empezó a buscar la luz no solo en los platos o en los cuadros, sino en esas miradas que duran un segundo más de lo necesario y después se van.

No se pertenecieron, no se prometieron nada, pero se dejaron algo.

Y a veces —aunque no se diga— eso es lo que más se parece a un encuentro.

tomito

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