Es inevitable sentir a través de mi piel,
esa sensación de inutilidad.
Esa misma sensación que me arrastra a la humillación,
el llanto y la depresión,
una y otra vez.
Es desalentador sentirse siempre como un contenedor.
Ser siempre esa caja vacía que acumula la mugre de los demás,
la emocionalmente desplazada,
físicamente olvidada.
Es como si, todo este tiempo, hubiera vivido en una mentira.
Como si todo el tiempo estuviera buscando salir de aquella caja de cristal,
porque pareciera que desde afuera,
nadie nunca me ve.
No me ven, no me escuchan,
soy inmune a su contacto.
Soy inmune a su amor.
Intenté entretenerlos, divertirlos mientras pude.
Estuve atenta, fui observadora, detallista,
presté mi oreja, los analicé con atención,
hasta junté migajas,
y escribí una carta.
Siempre buscando su satisfacción,
siempre estar ahí, por si me necesitaban.
Pero esa atención y ese amor nunca llegaron.
El tiempo pasó y aquellos abrazos que tanto anhelaba jamás se concretaron.
Siempre dejo la puerta abierta antes de escuchar el golpe,
siempre sirvo la mesa antes de saber si alguien va a venir.
Siempre siendo la buena,
siempre ofreciéndome como si eso alcanzara.
Y al final del día solo soy eso: un entretenimiento más.
El problema real radica en mí misma,
entonces me pregunto: ¿Qué es lo que hago tan mal?
¿Podría alguien diagnosticar mi problema?
Entonces en la guardia me dicen:
—Es que estás dando de más.
Sobrepasé los límites, llené un vaso de más.
Lo hice mal, fallé.
Y ahora solo me queda soportar el castigo agonizante de ver cómo los demás,
solo buscan lo mismo en alguien más.
Podría haber cocinado todas las tortas del mundo,
haber comprado los moños más lindos,
haber doblado y colocado las servilletas más lindas sobre el mantel,
ese mantel de seda especial que convierte una mesa corriente,
en una belleza particular.
Podría haber escrito, limpiado, ordenado, decorado;
haber tomado cualquier acción complaciente, y aún así nunca hubiera recibido visitas.
Nadie nunca llega.
Entonces solo queda quedarme allí sola, arreglada, sentada,
esperando el día en que alguien por fin toque mi puerta y me diga:
“Acá estoy. Vine por vos.”
El dolor llega inmediatamente luego de que la decepción pase por la puerta,
pero jamás es tan doloroso como la tristeza del esfuerzo.
Del constante intentar, de la constante sobrevivencia por, por fin, ser vista y aceptada,
por pertenecer,
por tener una miserable pizca de calor.
Ya no hay nada que hacer.
Ya no hay más planes que seguir,
pero allí me encuentro, sobrepensando estrategias,
analizando, anticipando acciones que jamás llegarán.
Poniendo de mi, de mi energía.
Guardando un lugar en mi mesa,
abrazándome a la silla vacía.
Pero yo sigo siendo un ser insignificante, un ser vacío con un lindo vestido,
en la punta de la sala, sin más nada que ofrecer.
Ya no hay droga ni endulzante que ayude a satisfacer la ira y el dolor,
que adormezca algo de lo que va surgiendo en mi interior.
Solo queda una única verdad a la cual aferrarme: la soledad.
Ella nunca te deja en banda, jamás te soltará.
Siempre es mejor planificar junto a ella que esperar algo de los demás.
Aunque en el fondo, realmente, no la quiero.
Quisiera poder decírselo, pero no puedo.
No quiero estar con ella, no quiero sentirme sola.
El odio en mí es tan grande como la cantidad de amor que tengo para dar.
En partes iguales, conviven junto a mí.
Mi cabeza se vuelve un torbellino de pensamientos,
de frases a medio terminar,
de un millón de posibilidades de lo que se podría dar,
pero ninguna es real. Ninguna se naturaliza.
Entonces, las sensaciones físicas vuelven.
Y los pensamientos sobre él también.
Como quisiera estar con vos.
Te extraño.
¿Dónde estás?
¿Vos también pensás en mí?
Y entonces pienso:
entre toda esta mierda, este chico debe ser lo único bueno que tengo hoy.
Cuando surge el caos y mi boca se abre para vomitar todo mi dolor,
entonces pienso en vos.
Es ahí donde realmente entiendo el punto de estar viva.
Porque con vos vale la pena.
Disfruto mucho de vos, de tu existencia y tu presencia.
De escucharte.
De memorizar tus gestos.
De imaginar cómo sería tu calor, mano a mano conmigo, en contacto,
latiendo ambos a la vez.
Me gustaría invitarte al cine, e incluso lo intenté.
Pero creo que ya no hay más planes por delante,
ya no hay necesidad de insistir,
porque estoy segura de que pronto dejaré de existir.
Y solo seré en tu vida,
un recuerdo más,
tan fugaz que ni siquiera me podrás volver a pensar.
Ojalá nunca te aburras de mí,
de mi insistencia,
de mi locura,
de mis problemas.
De escuchar todo eso que me atormenta.
Incluso cuando pierdo la cordura,
incluso cuando comienzo a dejarme llevar por el dolor,
cuando digo cosas hirientes,
y siento miedo de que me dejes.
Ojalá nunca te canses de mí,
ni te hartes, ni me abandones como lo hacen todos siempre.
Porque hoy sos lo único que me recuerda que estoy viva.
Y decido estar acá a pesar de todo,
a pesar de que nadie me quiere,
a pesar de que nadie se quede,
a pesar de que nadie me elige completamente.
Solo me recuerdan que al final del día, solo quedamos ella y yo.
En momentos así, solo pienso en ella y vos.
Y si tal vez, existiera la mínima posibilidad de cambiar el rumbo de mi vida,
tal vez no me sentiría tan estúpida como ahora.
Tal vez podría tomar el valor,
y pedirte que te quedes conmigo,
a pesar de lo que digan.
Que juntos podríamos pelear contra ella,
contra esa maldita sensación de vacío infernal con la que convivimos
día tras día,
y pareciera jamás tener final.
Yo no te amo,
ni siquiera me gustás,
pero anhelo tu compañía.
Verte y no tocarte es un trago amargo del que no me creo poder recuperar.
Pero aún así me mantengo firme, por si alguna vez me necesitás.
¿Viste cómo es?
Siempre vuelvo a esa caja de cristal.
Esa prisión angustiante, en donde busco ser complaciente de todos tus caprichos.
Sedienta de amor y cariño,
pero lo suficientemente fuerte para aguantar un poco más,
para aguantar por tu calor.
Ya escribí una carta, tal vez pronto sean dos.
¿Vos sí me podés ver a través de ese cristal?
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