En mi rincón favorito,
te espero.
El aire arde con aroma a café,
pero algo agrio lo corroe,
un resto rancio que ensombrece los sentidos.
Hay bullicio de sombras sin rostro,
y, sin embargo, ningún tintineo
golpea la cerámica agrietada.
Nos encontramos sin armaduras.
Palabras oxidadas caen alrededor de tu silla.
Tu mirada no pregunta,
exige.
Yo, que aún no sé abrazar lo que me incomoda,
desarmo la brisa con un chiste oscuro.
Te digo: “No te preocupes, el karma me alcanzó”.
Te entrego la memoria del desamor que me consumió.
Certeza.
La crueldad que una vez di
ahora se torna reflejo.
Sostenes mi mano sobre la mesa.
Tu piel arrastra calma.
Mis dedos, en cambio, queman.
Condenados
por no haber sostenido la ternura
que aquella vez me diste.
Para cuando la espuma del café
se hace fantasma
y la penumbra nos envuelve,
vos lloras por ella.
Yo lloro
por haber llegado tarde
a todos los universos
donde alguna vez me amaste.
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