Siempre tuve miedo a sentir
porque siempre sentí
de más,
de manera exagerada,
de manera excesiva,
de manera intensa,
intensa
como un café americano
y bien amargo
cuando pensaba
que nadie sentía
como yo.
Pero la verdad que
amo ser así,
amo ser el café más intenso
o el más dulce
o el más exagerado
o hasta el más raro,
amo todas las clases de café
que puedo llegar a ser,
así como amo
todas las clases de sentimientos
que puedo llegar a dar.
Me encuentro enamorada
y lo único que quiero
es que la maquina de café
rebose en el vaso
y así permitirle ser,
permitirle salir
rebosar,
exagerar,
caer,
explorar.
Amo estar enamorada,
amo sentirme llena de sentimientos,
amo que mi cafetería esté llena
o a veces vacía
pero siempre iluminada
por la mesa
en donde se encuentra ella
leyendo a Mario Benedetti
o a Gabriel García Márquez
mientras sonríe de lado,
con una mano agarrando el libro
y con la otra tocando sus cadenitas,
la mayoría de veces con ropa negra
porque los colores ya lo lleva al caminar,
siempre con el pelo atado
porque su pelo suelto brilla cada que lo libera.
Ella es mi sabor favorito de café
junto con una medialuna dulce
recién salida del horno.
Ella es la razón por la cual
me permití volver a abrir la cafetería.
Ella es la que me ayudo a reenconstruirla
y le agregó de su brillo en cada pequeña esquina.
Sí, siempre le tuve miedo a sentir
pero con ella a mi lado
ya no,
con ella a mi lado
nunca volvería a cerrar
mi cafetería.
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