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    “El Mensajero”

    El pronóstico anunciaba un día soleado y apacible, pero para el medio día ya no se podía estar bajo el sol.

    El calor era realmente agobiante, si esto seguía así, la cosecha estaría perdida.

    El arroyo apenas era un hilo de barro estancado, y en algunos lugares ni siquiera eso. Los animales morían prácticamente en pie por la falta de agua.

    Los árboles que rodeaban la casa apenas daban sombra; la tierra se veía cuarteada, resquebrajada; las plantas mustias, sin vida; las pocas flores que florecieron con el amanecer ya no tenían ni color.

    Todo estaba calmo, demasiada quietud no era buen augurio, algo le olía mal y no era precisamente la podredumbre de los animales muertos regados a lo largo del campo.

    La temperatura superaba los 40 °C a la sombra. No podía trabajar en esas condiciones por lo que decidió tomar una siesta, el aire estaba irrespirable, viciado.

    Con un trapo que encontró a mano se secó la transpiración que brotaba de su frente.

    Miro alrededor, y por primera vez en mucho tiempo se dio cuenta de que la habitación estaba casi vacía. Un crucifijo grande de madera, herencia de su abuela, colgaba en una de las paredes, en otra un reloj viejo que hacía tiempo no funcionaba y en la chimenea la fotografía de su familia.

    Con parsimonia se acercó hasta el lugar y la tomo entre las manos, no recordaba cuando había sido la última vez que la había mirado. Una sonrisa triste se dibujó en su rostro mientras veia la imagen de su esposa. Se la veía feliz, sonriente abrazando a sus dos pequeños.

    No podía apartar la vista del retrato de su mujer. Observó la cara de sus hijos y volvió a preguntarse si serían suyos.

    Siempre tendría esa duda. Duda que lo carcomía por dentro y no lo dejaba vivir en paz. Los recuerdos llegaron a él y se dejó invadir por la nostalgia.

    Los necesitaba. Extrañaba sus risas, sus llantos, la alegría de un hogar y más que nada el amor de su esposa.

    «… Si tan solo se hubiera controlado…» pensó, pero su mal carácter lo dominaba encegueciéndolo. Las dudas y los celos, también hicieron lo suyo conforme iban creciendo dentro de él. No supo cuando, pero se convirtió en un monstruo, un ser abominable que destruyo todo lo bueno que tenía.

    Después de la última golpiza, su esposa se quito la vida y en su desesperación, sabiendo de la locura con la que él arremetía cuando se emborrachaba, se llevó con ella a sus hijos.

    En el último tiempo sentía que la culpa y el remordimiento lo iban enloqueciendo de a poco, a veces era tal la angustia que lo embargaba que creía verla en la cocina, en el patio, en el jardín…Sí. En el jardín que Marta tanto amaba y que él, en un último acto de venganza quiso destruir una vez concluidos los funerales.

    Lo primero que hizo fue romper las flores, arrancando las plantas desde la raíz, desquitando en cada tallo, rama, hoja, toda su bronca y furia. Lo único que quería era aniquilarlo… Pero este seguía floreciendo, cómo cuando ella lo cuidaba. Cansado de no lograr su cometido se dio por vencido y dejandolo en paz, “llegado el momento morirían solas”, se convenció resignado.

    Ya pasaron dos años desde entonces.

    No se había dado cuenta, pero habían transcurrido unas cuantas horas desde que entró a la casa, los recuerdos lo hicieron olvidar de la siesta y del calor que lo ahogaba.

    Se acercó a la ventana y lo vio: ahí estaba, el mismo colibrí que venía todas las tardes, revoloteando alrededor de las flores marchitas, achicharradas por el sol, solo que está vez se quedó unos segundos suspendido en el aire, frente a él para luego salir disparado y perderse en el cielo, lejos de su vista. Con reminiscencia evoco la historia que Marta le contaba cada vez que uno de esos diminutos pajaritos multicolores aparecía por el jardín. “Algunos buscan almas para llevarlas al paraíso, pero no podemos atraparlos, porque si no mueren y esas almas se pierden; otros son mensajeros, vienen a decirte que todo está bien”.

    «Tal vez… tal vez Marta lo había perdonado y enviaba a su mensajero para que él, no se sienta tan culpable»… ya no pensaba con claridad, se dijo a sí mismo enojado. Estaba perdiendo la cordura.

    El calor seguía sofocante, pero ahora negros nubarrones aparecieron en el horizonte, se empezó a sentir una suave brisa y de golpe el tiempo cambio.

    El viento empezó a soplar con fuerza. Todavía tenía la fotografía en la mano cuando la puerta de entrada se abrió y una corriente de aire arremolinada se la arrebató sin que él pudiera hacer nada. Vio como se alejaba y caía sobre el jardín, la tormenta ya estaba sobre su cabeza, no quería perder lo único que le quedaba de su familia, por lo que salió en busca de su preciado tesoro.

    En ese momento las ventanas abiertas se azotaron con fuerza al cerrarse. Los cristales reventaron, haciéndose añicos, explotando con furia, quebrándose en millones de fragmentos, que se clavaron en su cuerpo en el instante mismo en que la recuperó. No le importó. Se dejó caer, aferrándose más a la imagen. «Él debía protegerlos» pensó antes de quedar inconsciente.

    La tormenta pasó, solo que Pedro no se levantó. Quien sabe cuánto tiempo estuvo agonizando en el jardín.

    Apenas podía abrir los ojos, tenía el sol sobre su cabeza. No sentía dolor, ni nada que le recuerde que estaba vivo. Pero él sabía, con la certeza que te da la proximidad de la muerte, que no le quedaba mucho tiempo.

    De pronto el colibrí apareció, se acercó y revoloteo sobre su cabeza, suspendido como lo hacía siempre, creyó escuchar que le decía: “Ya es hora”.

    En un último esfuerzo, con el último suspiro, estiró la mano y lo capturó. Seguro, Marta le quería decir que estaba bien, pero él no podía escucharla.

    Sintió como perdía el último aliento, como la vida lo estaba abandonando, y se aferró a ese diminuto ser.

    Cuando al fin murió, su mano se abrió, soltando el colibrí que cayó muerto al lado de la fotografía de Marta y sus hijos.

    Su alma no iría al paraíso.

    Fin

    Gisela Anahí Frias

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