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    Una mala venta

     

     

     

     

     

    —¡Idiota!... ¡¿Cómo has podido fiarles a unos extraños?!

    —Es que eran personas tan cultas y refinadas que me parecieron lo suficientemente confiables para fiarles y así ganarlos como clientes permanentes.

    —¡Sabes bien que nuestra política es no vender al fiado!... se vende y se cobra... te lo he repetido infinidad de veces: «¡se vende y se cobra!» Los animales que esas personas llevaron eran los más caros y tú ni siquiera conoces sus nombres... ¿cómo piensas cobrarles si nunca más regresan por el negocio?

    El joven vendedor bajó la cabeza y apenado por su error solo atinó a contestar:

    —No lo sé, padre... se veían tan serios, tan importantes y educados que confié en ellos cuando me dijeron que debían cumplir una misión de gran importancia y que necesitaban mi ayuda para poder llevarla a cabo.

    —¡Importante es mantener el negocio con ganancias y no andar haciendo caridad con el único capital que tenemos, si me hubiese dado cuenta de tu ingenuidad te hubiese enviado a cuidar las cabras y los camellos!

    —Pero ellos me prometieron que cuando encontraran a la persona que buscan y le entregaran su recado regresarían y me pagarían el doble del precio que valen los animales...

    —¡Y tú les creíste...! ¡Vaya ingenuo...! En el mundo de los negocios lo primero que debes aprender es a ser desconfiado y a estar alerta, o nunca podrás dedicarte ni siquiera a la venta de tierra en bolsas... ¡si tu abuelo viviera te hubiese echado a patadas en el trasero!

    —Entonces, padre... ¿cómo puedo subsanar este error?

    —Si en el transcurso de treinta días los extraños no aparecen por el negocio, deberás trabajar gratis por el resto del año hasta recuperar el monto de lo que has regalado —respondió el anciano, que luego de hacer una pausa y con tono de resignación exclamó:

    —Veo que no puedo dejarte al frente del negocio ni siquiera por una hora, Yussuf...

    El muchacho no atinó a decir nada, abrumado por su aparente gran error.

     

     

    Días después, casi al final de la jornada golpearon la puerta del negocio y al abrir, el anciano se encontró con unos desconocidos parados a unos metros de la puerta y detrás de ellos los animales que el muchacho les había vendido de fiado. Entonces uno de ellos adelantándose exclamó:

    —Buenas tardes buen hombre, buscamos al joven que hace unos días tuvo la gentileza de ayudarnos.

    Estupefacto, el anciano solo atinó a exclamar:

    —¡Yussuf... te buscan tus clientes!

    Cuando vino Yussuf el desconocido le dijo:

    —Buenas tardes, muchacho. Hemos regresado para cumplir con lo pactado... aquí tienes el triple del valor de los animales.

    —Pero señor, ustedes me dijeron que me pagarían el doble, no el triple de su valor.

    —Es verdad... pero el precio original es por tu buena voluntad, el doble por tu confianza y el triple lo acabas de ganar por tu honradez... y no debes rechazar la oferta pues no se trata de una cuestión de precio sino del valor de tu actitud.

    —¡Gracias buen señor, que Dios se lo reconozca!

    —Ya lo ha hecho hijo... ya lo ha hecho... ¡Gracias igual!... Y no te deseo buena suerte porque auguro que por tu don de gente la tendrás y de sobra.

    Acto seguido y luego de saludar con un leve movimiento de cabeza al anciano que aún los miraba atónito, los desconocidos emprendieron de nuevo la marcha. Cuando habían andado solo unos metros, Yussuf exclamó:

    —¡Esperen, hombres justos...! Al menos díganme sus nombres.

    —Tienes derecho a eso: mi nombre es Baltasar y mis amigos son Melchor y Gaspar... ¡Para servirte!

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

    Roberto Dario Salica

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