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Búho

Oct 5, 2025

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Búho
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Tenía los ojos más grandes, negros, profundos y misteriosos que vislumbrara en su vida. Se quedaba esperando su aparición por el umbral de la puerta, con el cabello castaño revuelto y las pecas en su rostro moreno. Se quedaba sentada en su puesto, apenas escribiendo pequeñas notas en sus cuadernos, atenta a cada uno de los movimientos de los presentes. Había algo indescifrable en sus movimientos letárgicos, en la lentitud de sus gestos y la suavidad en sus palabras.

Pocas veces parecía despegarse de sus ensoñaciones constantes. Emma sostenía el lápiz entre sus dedos blancos, quedando embriagada ante su propia mística. A veces, se quedaba quieta, girando el cuello, escuchando voces del ayer que le hablaban de pueblos enterrados en el olvido.

—Se te cayó —le dijo un desconocido, y ella depositó su mirada gigante en el objeto que le pasaban.

—Gracias—dijo en un ulular de voz.

Desde atrás, Enrique se quedó con la cadencia de esa palabra. Cada día esperaba encontrar un nuevo detalle de ella que le permitiera clarificar quién era en realidad. Sin embargo, Emma era tan reservada con él como con el resto. Incapaz de sostener una conversación, Enrique se quedaba paralizado en su puesto, con las ideas de ella revoloteando en su cabeza obsesiva.

El chico trató de desviar la obsesión. Pero, cuando se acostaba en su cama, tratando de conciliar el sueño, quedaba preso de terribles presentimientos. Por la ventana, un búho se quedaba parado, tratando de ingresar a su espacio, tocando el vidrio con el pico. Enrique se quedaba hipnotizado del terror, acorralado entre las sábanas, convencido de que en algún lugar había visto ese color de orbes oscuras y tormentosas.

Durmió mal, se quedó soñando con espacios oscuros y cortinas susurrantes. Llegó a la sala, tratando de volver a la realidad con el contacto de los otros. Posó los dedos sobre el pupitre de Emma, descubriendo un aroma a almendras emanando de ese espacio. Pasó los dedos lentamente y, por el borde del pupitre, vio algo blanco asomarse tímidamente.

Se retiró de un salto, frotándose la cara con las manos. Después, tragó aire para calmar sus temblores. Se agachó con lentitud y agarró el objeto con sus dedos.

Una pluma.

Una larga pluma de color blanco se asomaba por debajo del pupitre de Emma.

—¿Disculpa? —consultó un susurro expectante detrás de él.

—¡Perdón!—respondió, ocultando la pluma detrás de su espalda.

Era Emma. Con su uniforme recién planchado, las calcetines blancos largos, el aroma a nueces y los grandes ojos negros.

«Ya he visto esto antes», pensó él, haciendo un gesto con la cabeza para despedirse. Emma se quedó fija, con el rostro clavado en los pasos de él.

Con la llegada de la noche, Enrique se quedó con la pluma entre sus dedos. Eran demasiados pensamientos teóricos, aullidos brutales en medio de su cabeza y presentimientos de sangre coagulada. Parado frente a la ventana, llamando a la extraña ave con todos sus sentidos.

Cuando sonaron las campanas de la medianoche, el chico se rindió. Dejó la pluma sobre el dintel de la ventana y se retiró a dormir. Estaba arreglando su cama, cuando el sonido de la ventana abierta lo sobresaltó. La figura de una mujer alada, con manchas de sangre en el rostro y ojos enormes entró. En vez de brazos, tenía garras, las cuales usó para tomar la pluma abandonada.

Se le soltaron las sábanas; el grito se quedó atorado en su garganta. Quiso moverse, pero el andar hipnótico de la arpía lo tenía clavado en el piso. Sobre todo, porque en medio del salvajismo animal, pudo reconocer su rostro juvenil.

Era Emma. Con su aroma a nueces, el andar pausado y su inherente elegancia que desprendía solo al existir.

—Ladrón —fue la única palabra que dijo la fantástica criatura, antes de desaparecer en las sombras, con la pluma entre sus garras


Mabel Hervia

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