Una cama puede ser significado de sueño o muerte, en mi caso era de dolor y vida.
Rosa me solicitaba pujar fuerte para que la cabeza del niño saliera de forma inmediata de mi cuerpo desnudo, lleno de sudor.
En Buenavista no se superaba la cantidad de doscientos habitantes, para la suerte de nosotros Rosa llevaba años ayudando a las mujeres a parir. Ella se encargaba de la tarea difícil; guiar las posturas del cuerpo adolorido, además de auxiliar anímicamente a quienes requeríamos de su servicio. Se acompañaba de sus dos hijas; Antonia y Emma, quienes serían herederas del mandamiento.
El dolor se apropia de mí, percibo como mis piernas se debilitan y poco a poco mi cuerpo se hunde en el colchón donde hace meses Juan me acariciaba el vientre.
Por la ventana se ve a tres mujeres que suben el cerro, llevan consigo cubetas, van a recolectar el agua suficiente para darle de beber y asear a los suyos durante lo que resta de semana.
El sol cae de lleno sobre la casa, así de solido cayó hace semanas el cuerpo de mi Juan. Nos llegó la noticia de que unos hombres le habrían despojado la vida en el transcurso de una disputa de terrenos, lo velamos en la sala. Mamá dice que el bebé sintió la ida de su parte y eso explica por qué pretende salir de mi cuerpo a falta de un mes para completar el ciclo de un embarazo bien estimado.
Desconozco de qué materia puede ser el alma de un recién nacido, pero a veces pienso que compartimos el mismo corazón, así que él también sintió el cuerpo romperse cuando me enteré de la noticia de Juan.
Mi cuerpo está cansado, soy más bulto que persona, quisiera regresar el tiempo a mis años de juventud, donde sabía lo que era correr y casi podría asegurar que un día despegué los pies del suelo y me mantuve en el espacio vacío durante segundo. Pero no, a quien algún día amé ya no está, y a quien estoy a punto de amar se resiste a dar la cara.
Rosa sugirió tener una tina cerca, la cantidad de sudor y fluidos sería mejor dirigirlos a un recipiente, pronosticaba un accidente si el suelo se mantenía mojado.
La cama se hundía, más que extraer a un hijo de mi interior parecía que me sumaban individuos, el dolor me apretaba los hombros y me incomodaba la espalda.
En eso sentí la mano de Juan acariciándome los brazos, estábamos ahí, en el sillón de la casa de sus padres, cuando llevábamos saliendo unas cuantas semanas. Era un hombre amable, me pidió nuestro primer beso de forma caballerosa, yo accedí con el rostro maquillado de pena. Mientras Rosa me pedía que acelerara la respiración para ejercer fuerza en mi pelvis, percibí la respiración de él cerca de mi oído. En aquella ocasión me invitó a cabalgar, era de noche y la feria de Buenavista, a lo lejos, destacaba como una pequeña luciérnaga en medio de la oscuridad. Veíamos las estrellas mientras su corcel nos llevaba a quien sabe dónde. Llevábamos un año de novios y era la primera vez que nos escapábamos de nuestras responsabilidades con la feria del pueblo, donde él era el musico y yo una de las damas encargadas del coro parroquial.
Terminamos a kilómetros de distancia, acampando en medio de la nada, con el mundo buscándonos y dios observándonos. Hicimos el amor, por primera vez en la vida sentí lo que era hacer el amor. Así que fuimos un par de estrellas que explotaron. Nadie nos vio y qué importa, el mundo no tiene ojos para los grandes sucesos del amor.
Pero al amor y a mi cama les hace falta un soporte extra, ya es Emma quien se sentó a lado de mi cabeza para limpiar el sudor de mi frente y darme palabras de ánimo que poco percibía.
El dolor se acrecienta, poco a poco siento cómo el niño quiere salir, Juan me aprieta el brazo y me levanta la voz, el veneno de la serpiente no tardaría en recorrer mi cuerpo. Se quitó la playera y la amarró en mi bicep para evitar la propagación de la sustancia. Fue justamente Rosa quien nos atendía aquella madrugada; hirvió agua en un cántaro y fue echándola en mi cuerpo para mejorar la circulación de la sangre, y en una especia de absorción situó sus labios en la mordida, succiono el veneno y fue escupiéndolo en un tarro de metal. Le pedimos a los santos que el veneno no haya entrado en otras partes del cuerpo, no fue así, a pesar del dolor Juan me pidió que me casara con él una semana después.
Me embellecí con el vestido de la abuela y de mi madre, un velo con rosas de primavera que mis hermanos pequeños fueron a recoger al jardín próximo.
Mi madre regó el geranio, mi padre sacrificó a nuestro mejor ternero para los recién casados.
La boda fue noticia en toda Buenavista. Llevaron a un grupo de jaraberos llamados los gavilanes, rociamos las calles para que no se levantara la tierra y en la iglesia de San Bartolomé los cantores se anidaron bajo el umbral para la bienvenida.
Juan me hizo una promesa; nunca se iría de mi lado. Toda la noche fue baile y asombro. En algún instante de la felicidad se piensa que nada tendrá fin, que la muerte es un cuento y los destinos una fantasía, esa noche sentía que todo sería para siempre; él me amaba, yo lo amaba, la prueba de esto que nos mirábamos a los ojos mientras el mundo nos rodeaba. No hace falta una caja de pruebas para saber que alguien te ama, basta con sentirlo, una certeza genuina, y yo la tenía.
La tristeza también es una casa si la sabes habitar. Juan ya no está, a lo lejos se escucha al niño gritar, las horas trascurrieron con la indiferencia que les caracteriza, dejando rastros de sudor y dolor en mi cama. La observo desde el cuarto de baño, me han metido en una tina para tener contacto el agua fresca, mientras a mi hijo lo limpian y lo envuelven en una sábana blanca. Todos perplejos se quedan mirando la escena, mis familiares se agrupan alrededor del niño, lo ven de cerca; su cabello, su rostro hinchado, su boca que chilla sus primeros sonidos en este mundo hostil. Ahí está Juan, sentado en la cama, nadie lo percibe, tan real con su playera azul marino, su sombrero, sus huaraches. Me mira fijamente, ve a su hijo, una última vista a quien sigue siendo la mujer que tanto lo ama, y se marcha tras la puerta de la habitación.
Estoy desnuda no por falta de prendas sobre mi cuerpo, estoy desnuda porque estoy herida de amor. Esas heridas nunca cicatrizan. Son aberturas vivas.
Entregan al niño a brazos de su madre, lo defiendo como si alguien buscase hacerle daño. Por un momento juraría que me lanza una mirada cómplice, después inicia la hora de la siesta, mis brazos son lecho para su pequeño cuerpo. Así se viene a la vida; con dolor.
Pienso en el hombre al que amé. Gracias a que lo extraño siento este dolor, y gracias a que siento este dolor sé que estoy viva.
La noche es la noche, y a lo lejos se ven a tres mujeres bajando del cerro con cubetas llenas de agua para darle de beber a los monstruos del mañana.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.
.jpeg-increased-ezjiW4)

Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión