La herejía la convoca cuando redefine lo que ama. Porque la siempre promesa es de alguna forma amor. Entonces se queda ahí apretujada entre sus brazos y la mesa, porque sabe que no es ciertamente mesa pero le entra la duda sobre a quién pertenecen esos brazos.
Rasca con un palito entre las grietas de la madera, entonces la mesa aparece innegablemente sucia. La limpia, sopla, escarba más fuerte y profundo. Como creyendo que algo se le oculta, con la siempre sospecha de que frenar a tiempo sería quedar justo al límite de un descubrimiento revelador. Un antes y un después, como todo evento tiene, pero de alguna forma esta vez distinto. Pero al pensarlo lo deja, suelta el palito, se mete la mano en el bolsillo y saca una moneda. La tira al aire mientras la sigue con la mirada hasta que la pierde por detrás de la mesa, donde la visión ya no alcanza y tampoco le importa demasiado.
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