—El problema es ella —dictaminó el verdugo—, son sus ojos insolentes.
Quizás era demasiado. Quizás debieron esperar una segunda opinión. Quizás escuchar las palabras de los otros, ajenos de la iglesia y de las costumbres sagradas. Sin embargo, para la familia, lo que determinaba el pastor era la norma.
Buscó con la mirada a sus padres sin comprender por qué tanto alboroto. Lo único que había hecho eran unos dibujos de sus pesadillas. Alguna vez escuchó que, si capturas lo que te hace mal, puedes derrotarlo y sacarlo de tu vida. Entonces, cada vez que soñaba con la oscuridad, tomaba un lápiz, dibujaba y lo guardaba al fondo de su cajón.
Tampoco entendía cómo los dibujos habían ido a parar al buró de su padre. Tenía que ser estúpida para dejarlos en ese lugar peligroso. Sin embargo, él se había encargado de darle una paliza y preguntarle en todos los tonos.
—¿¡Por qué dibujaste esto!? —bramó, dejándole el rostro lleno de saliva.
¿Cómo podría explicarlo? ¿Cómo podría poner en palabras lo que pasaba? La oscuridad lamiéndole el cuerpo y pasándole las garras por su figura, el miedo echando su aliento pesado en la base de la garganta, el horror colándose por la sangre expulsando sudor frío recorriendo su helada espalda. La conciencia se deslizaba hacia páramos inexplorados, para quedar a la merced de ellos.
—Por nada —mintió rápidamente, tocándose las magulladuras.
—Andai en puras weas—reclamó el padre, dejándola libre.
Quizás era cierto, pensó Lili, el problema era ella. Desde que los padres se habían unido a la iglesia, todo cambió radicalmente. Solía suspirar recordando el ayer, cuando el padre traía libros y cómics a la casa, mirándola enternecido mientras devoraba todas esas palabras en cosa de horas.
Antes, cuando la palabra de Dios aún no inundaba la casa, los padres habían sostenido su mano, la llevaban a algunos parques, paseaban por plazas y veían anime sobre magia y amor. Antes, los días eran eternos y rápidos, porque entre el colegio y los documentales, la vida era mucho más bonita e interesante.
Desde que el padre cayese de bruces en ese edificio de concreto y blanco, muchas cosas cambiaron. Sutilmente, las garras de la religión entraron, inofensivas al principio.
¿Qué tiene de malo preocuparse por el otro? ¿Qué tenía de malo orar en las noches? ¿Qué tenía de malo donar lo que no necesitaban?... Nada, al parecer.
La primera vez que vieron al pastor frente a la multitud predicando la palabra, Lili creyó estar frente a una alucinación colectiva. El hombre, con terno limpio, peinado perfecto, voz firme, una mano alzada y un micrófono en la otra, para decir:
—El espíritu me ha mandado a decir estas palabras. Soy el ungido de Dios.
Las personas alrededor de Lili comenzaron a danzar erráticamente, algunos cayeron al suelo, en medio de llanto y lenguas incomprensibles. Otros lanzaban aleluyas hacia los cielos, batiendo las palmas, en un éxtasis envidiable de seguridad espiritual. Y los más fervientes llevaban ese placer a límites insospechados, lanzándose al suelo, presas de convulsiones que la dejaron al borde del terror. Apretó la banca de madera en la que estaba sentada tan fuerte con sus pequeños dedos, que se marcaron sus uñas.
—¿Vamos a volver? —preguntó Lili despacio, pero una de las mujeres escuchó la pregunta y respondió con una amplia sonrisa.
—Obvio mi hermanita, el espíritu de Dios los escogió y los tiene para grandes cosas.
Quizás para el padre fue demasiado escuchar que era el elegido. Se derrumbó ante la perspectiva de ser especial. Entonces, devoró los preceptos, compró diferentes biblias, cortó la música secular y los dibujos animados, porque… no eran de Dios.
—Papá, ¿no podemos ver Pokémon?
—No, porque no es de Dios.
—Pero si somos la creación de Él —comentó, recordando lo que dijeron en la iglesia—, a su imagen y semejanza. Entonces, ¿por qué nos dio la habilidad de dibujar? ¿Para qué crear algo que fuese malo?
Ante aquella respuesta, el padre levantó el brazo. Lili no alcanzó a cubrirse, porque él jamás le había pegado hasta ese día. El golpe resonó en su oído, del cual salió un pequeño hilo de sangre.
—¡Insolente, con las cosas de Dios no se juega!
Desde ese día, el espíritu del rechazo vagó por las habitaciones del hogar. El padre rehusó vacunarlas, porque, según lo que dijeron en la iglesia, el demonio estaba presente en las inyecciones que entregaba ese gobierno, tan lejano de su palabra y bendición. Insistía en que el camino correcto estaba en el candidato que decía que las mujeres debían estar en casa y servir a los hombres y no trabajar, que dos hombres no podían adoptar un niño porque era antinatural. Lili no alcanzaba a comprender cómo todos sus pantalones desaparecieron, siendo reemplazados por largas faldas de colores oscuros; los libros también se fueron, siendo reemplazados por jornadas eternas ayudando a su madre en la cocina o en los quehaceres del hogar, todo debía estar dispuesto y ordenado para cuando él llegara.
Eso ni siquiera sería lo peor.
Varios “hermanos” habían decidido pasarse por la casa. El padre les abría la puerta, convencido de que estaba siendo bendecido por las visitas. En esos momentos, la casa entera se volcaba a la mera servidumbre. Desde la mañana, ir al supermercado para dejar la despensa llenísima. Llevar a cocinar los diversos platillos, ojalá ollas enteras para aplacar el hambre de los hermanos. Finalizar para limpiar todo el desastre que dejaban los hombres después de sus devocionales.
El pastor también se dejaba caer de tanto en tanto. No le gustaba nada de Lili: su manera de caminar, de hablar y mirar. Decía que tenía la mirada perversa, los gestos calculados y la malicia rondando debajo de los vestidos oscuros. Ella trataba de mantenerse encerrada en su habitación, pero el padre la sacaba de los cabellos, obligándola a ejercer su rol de servidumbre, porque qué iría a decir el pastor.
Desde esos días, Lili estaba en un estado catatónico, quedándose dormida en los rincones, soñando con las garras negras, absorbida por la oscuridad, atemorizada de sus propias sábanas. Odiaba las noches, donde los monstruos la encontraban con su camisón, aprovechándose de explorar esa tierra virgen e inmaculada.
Durante el día, aparecía y desaparecía en lugares. La otra tomaba su lugar, hablando en lenguas y siendo sumisa, abría y cerraba los ojos, curiosa e insaciable, presa de ese nuevo poder que la elevaba y la alejaba de los horrores de la vida cotidiana. El yo real, en una burbuja intocable donde aún quedaban espacios para leer cuentos y ver televisión.
El pastor fue el primero en dictaminar que estaba endemoniada o hechizada.
—Mírale las marcas que tiene —le mostró los rasguños del brazo de Lili—. Una niña decente jamás tendría esto en su cuerpo.
La niña quería gritar, esfumarse y desaparecer en medio de la nada. Quería decir la verdad, pero se le escabullía bajo la garganta y la piel mutilada, convirtiéndola en una sombra de lo que fue. Además, tampoco entendía qué sucedía en esos espacios de tiempo en blanco, donde el ser se escurría para no sentir dolor.
—Hay que ungirla —dictaminó el pastor —, el Señor hará la obra.
Lili buscó el significado de esa palabra en el computador de su colegio. Vio innumerables videos, películas y relatos donde se hablaba de la extracción del ser demoníaco que habitaba en su interior. Ella fue al baño para mirarse el cuerpo con ojo clínico, sin encontrar nada que evidenciara una intromisión. Se tocó el bajo vientre, encontrando algo duro dentro de ella. Se asustó; ese debía ser el demonio del que todos hablaban. Aquel ser que la hacía dormir y olvidar lo que pasaba por las noches.
No supo qué decir cuando llegó al hogar. La sombra de la madre la recibió con un abrazo frío, sirviendo un poco de comida insípida en su plato, explicando que el ungimiento se haría en un par de horas más.
—Mamá —consultó por última vez—, ¿soy mala?
La mujer de peinado apretado, vestido oscuro y piel ceniza no le dijo nada ante aquella sentencia. Lili ingirió la comida lentamente, tratando de empujar el llanto hacia sus pies, donde nadie pudiese encontrarlo. Convencida de que el demonio se incubaba en su interior, sin decidir qué hacer o cómo enfrentarlo.
Se encerró en su pieza, revisando la Biblia metódicamente. Las mujeres aparecían retratadas como seres llenos de luz o de maldad infinita, siendo las segundas las que más aparecían por las páginas de bordes dorados.
—Entonces ¿somos las malas?
—No.
—¿Estás segura?
—Segurísima—susurró en su oído—. Hay una promesa de Dios.
Se quedó con la sensación de seguridad, abandonando su cuerpo ante la otra, abrazando la inconsciencia, esperando cómo los minutos se desbordaban en el reloj. Abrieron la puerta; era su padre que entraba para realizar la unción.
—Ni siquiera debes moverte —le dijo entre dientes—. Ya es una vergüenza hacer que el pastor te tenga que ver así.
Lili no despegó el cuerpo del colchón. La otra esperaba, flotando en el aire, escabulléndose a través de las paredes. Llegó el pastor con el aceite, la Biblia, el manual de liberación y todas las oraciones que conocía.
—Y tomarás el aceite de la unción y ungirás el tabernáculo, y todo lo que está en él; y lo santificarás con todos sus utensilios, y será santo —musitó el hombre canoso para comenzar.
La mirada llena de codicia y las manos manchadas tocaron a la niña por todas partes, para dejarla repleta de la sustancia deslizante. Quizás qué pensamientos lo abordaron en ese momento, porque sus ojos estaban repletos del poder que tenía.
La otra, desde el cielo, mirando con asco los gestos, los gritos del padre, los cantos de la madre y las oraciones del pastor.
—Te ordeno que abandones este cuerpo, te ato y te reprendo —dijo con tal convicción que el mundo guardó silencio.
Lili, desde la cama, no despegaba sus ojos de la presencia que flotaba. Oró con todas sus fuerzas para que el suplicio se terminase, que se alejaran las manos de su cuerpo, que volviese el padre que tanto amó. Sin embargo, sabía que no era merecedora de tales milagros, porque ella era un ser lleno de maldad en cada uno de los poros.
Era su culpa por el cuerpo que tenía, por los pasos que daba, por las palabras que decía. Todo ello orillaba a los hermanos a caer en falta, taparle la boca y recorrerla con la lengua. Ella jamás volvería al terreno inocente, nunca sería como los niños que jugaban con Jesús.
La otra, con los sentimientos de culpa, flotando en el espacio, ese lugar donde las caricias no llegaban, juntó las manos y oró. Pidió por ese justiciero, lleno de luz, que amaba a todos los niños por igual, que decía que tenían que acercarse a él. Lili nunca tuvo la oportunidad de creer en él, pero ella sí lo haría si la salvaba de tanta perversión disfrazada de santidad.
Un extraño calor inundó el lugar. La niña, desde su posición, sintió una tibieza inundar su cuerpo, tan grande y acogedora como nunca. Le hizo recordar las tardes de anime e idas al parque, las comidas tranquilas en casa, papá leyéndole cuentos y mamá cantándole canciones que escuchaban por radio.
En cambio, los otros estaban en constante emoción. El padre comenzó a hablar en lenguas, detallando los pecados de su hija; el hermano cantó más fuerte las alabanzas a Dios. El pastor se levantó, extendiendo las manos hacia el techo para decir:
—El Espíritu Santo ha venido —dijo en un éxtasis implacable—. Ha venido para castigar a los impuros.
Después de decir esa oración, el padre, el pastor y el otro hermano se convirtieron en cenizas que se las llevó el viento. Lili, con una mancha roja entre sus piernas, tocó su vientre sintiéndose completamente vacía.
El ungimiento había sido exitoso.
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