Botánica.
Abr 17, 2026
El vitró que pinta de verdes y azules al gato, adormecido centro de mesa con tres o cuatro tonos distintos. Mancha de barrios, calle y mudanza, conjunción de varios felinos luchando por no alcanzar el desvelo.
Y una cena que se configura sola en el espacio ausente, en lo que el carpintero olvidó recortar de la mesa.
Se para, se estira, mueve un poquito un vaso que ella frena por instinto. Lo acomoda, lo acaricia, vuelve al teléfono a mano izquierda, y al tenedor de mano derecha.
Camina, se estira, se frena arriba de un anotador para observar la letra desprolija, para notar los manchones de tinta, para rasgar un poco una falta.
Se encrespa, se asombra, parece no reconocer la letra.
Botánica a dos juegos; a setenta y tres tonos de verdes que él mira entre la bebida de hierbas y las suficientes macetas en la ventana.
Reconoce algunas especies. Para cuando estas se vuelven las suficientes empieza a ver más de un gato, a tambalearse con la inercia y terminar por recostarse en el hombro de ella para encontrar la calma.
Ella lo mira, se contiene a tocar su pelo, queda la mano perpleja y desconocida en el aire. Termina por esconderla y evita levantarse para no molestarlo. Al cabo de unos instantes se da cuenta de que tampoco podría, y ahora su cabeza en el hombro también se vuelve refugio y decide inventar otra forma de acariciarle.
Pelo con pelo, amalgama de cabezas, juego de broche y los rulos, de tonos caoba volviendo uno nuevo del que no habrá registro.
Miran descolocados, a lo lejos, a una TV que se quedó enmudecida mostrando algunos conciertos. Ella agarra una maceta y juega con una hojita, cuenta los filamentos. Él se enfoca en la pantalla e intenta comprender quién estaría cantando.
De pronto el susurro que se escapa de sus labios carmín decorados con manteca de cacao se sintoniza perfecto con aquel video de fondo.
Un efecto que dura un mísero instante, el suficiente como para pensar en un intercambio de ojos, sin tener la certeza de un acto de magia o simple juego de borrachos. O cambio de almohadón, confundir el nombre de los gatos o centrar tanto los dos pares de ojos para fundirse en el mismo que usa la boca del otro.
De pronto un silencio abrumador se apodera de la sala. Los cuerpos se repelen, uno con la excusa de buscar un cargador a la derecha. El otro buscando un pullover a la izquierda. Y la idea conjunta de dejar habitable el espacio justo en el medio.
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