Quizás enloquecer era mejor. Estaba en cuclillas y apoyada contra uno de los paredones de ladrillos. La vista perdida en el piso, viéndolo humedecerse de lágrimas, gota a gota. No tenía eje, no había horizonte. Tampoco abría la boca, por si el esqueleto se me quería escapar de nuevo.
De 16 almas perdidas, solo se distinguía una llorando por su madre. El resto recreaba el mantra para dormir de mi infancia: el ruido blanco del televisor cuando la programación termina.
La mano derecha temblaba por la fuerza ejercida, tenía la teoría de que si me separaba el cuero cabelludo del cráneo iba a aflojar el fuego. La izquierda, suspendida en el aire con unos cuantos mechones de pelo largo rubio.
La mano derecha casi lo lograba, empezaba a sentir ese anhelado alivio que desapareció al apenas pensar que lo sentía. La izquierda sostenía la ya arrancada evidencia del descenso. Creí que era todo, que había llegado el momento. La muerte de la cordura.
—¿Qué onda con vos, wacha? —levanté la vista para ver cuál alma se me dirigía. Una nueva, con cara de salir y mirada de volver.
—Todo mal.
—¿Hace cuánto llegaste?
—Seis horas.
Se sonrió con ternura.
—¿Te cuento algo?
Ella no conocía a Mariana ni a Samantha, pero las superaba. Hacía llorar al más bandido. Con cara de estar saliendo y mirada de estar volviendo, como la de quien cuenta una anécdota en una sobremesa, relataba la historia más aterradora, donde sin lugar a la ficción, con arte de cuentista, describía un escenario nauseabundo. Había un décimo, dedicado solo al universo de su realidad, pero era tan torcido que Dante prefirió reducirlos a 9.
Y en su arte me perdí. No recuerdo a la perfección el relato, solo sé que por su horror fue tan incómodo de escuchar que mi realidad torcida se volvió más reconfortante.
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