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Bocanadas de amor.X.el hogar qué aprendí a habitar.

Jul 28, 2026

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Bocanadas de amor.X.el hogar qué aprendí a habitar.
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Una vez más me senté en el comedor de casa. La imagen puede ser la misma, pero el sentimiento tiene algo distinto.

Soy yo sentado, el mate inclinado esperando que aciente la yerba para poder arrancar la mateada. La música de fondo sonando cabizbaja, no quiero ruido, solo algo de compañía. El mate, por ejemplo, ya es protagonista de mi tarde.

Sin una sola palabra puede ser más compañero que cualquier alma llena de dudas. No es ese el problema, pero disfruto más el silencio. Será por su calidad o por lo mucho que me costó tenerlo conmigo.

A veces me olvido de mirar esta habitación. Me acostumbré tanto a buscar lo que falta, que pocas veces observo lo que quedó. Esta mesa estuvo presente en días donde mi propia compañía pesaba, donde sentarme conmigo mismo parecía una tarea difícil. Y hoy estoy acá, simplemente tomando un mate, sin querer escapar de mis pensamientos.

Quizás no me doy cuenta de que esta calma también es una construcción. Que cada pared de esta casa guarda una parte de mí que aprendió a resistir. Que el silencio que antes parecía vacío, ahora es un lugar donde puedo encontrarme.

Suspiro... como quien recién termina una jornada laboral y llega a casa a descansar. Miro por la ventana y veo el sol cómo cae, dejando llegar una noche más donde a veces, no siempre en mi presente, suelen aparecer dudas.

Quizás ahora no me juzgan como lo hicieron siempre. Solo aparecen para recordarme que dudar es parte de mi existir.

No da por descartado el hecho de que dudar siempre me sabe a nostalgia, a recuerdos, a personas, a momentos.

Los recuerdos... A veces, con mi propia compañía, suelo sonreír un poco con imágenes pasadas de personas que ya no están, pero siguen habitando en mi memoria.

Disfruto de mi calma, de mi paz. Será tanta la serenidad que es casi inaudible el ruido del mundo fuera de estas cuatro paredes, que tanto me costó construir.

Relajo los hombros, levanto la cabeza, escucho algo. ¿Qué es? El timbre. Alguien llama a la puerta.

¿Quién será? ¿Quién volvió?

Escucho su voz. Me trae recuerdos de quién fui con su alma. Bailamos en los mismos acordes.

Me levanto como quien quiere asomarse para ver quién genera el ruido que asusta a mi calma. Me detengo... miro hacia la puerta y hacia atrás al mismo tiempo.

La casa está en orden. Las paredes ya no se humedecen. Quizás porque ya no se acuerdan de lo que es llorar. El comedor está cálido. Ya no quiere sentir el frío de la exigencia por un amor que no me es correspondido.

El mate siendo la conciencia me mira como quien juzga sus propias acciones antes de hacerlas. Cierro los ojos, escucho el silencio, escucho mi corazón latir.

Ya conoce quién pudo haber estado afuera. No la ve, pero su corazón late al ritmo del mío.

Destrabo la puerta, no para dejarla abierta, sino para que quien quiera entrar conozca cómo abrirla. Con la misma paz con la que la cerré. No por miedo, no por cobardía, sino para cuidarme.

Porque los corazones sensibles, apasionados y puros tienen que estar bien cuidados del caos que se encuentra afuera.

El mate se había enfriado un poco durante esos segundos de duda, pero seguía siendo mi mate. Seguía esperándome.

Y quizás esa era la enseñanza más simple de todas: algunas cosas pueden detenerse por un momento, pero no dejan de pertenecernos.

Me vuelvo a sentar frente al mate. No me gustó el ruido del timbre sonar dentro de mi calma. No me fijé tampoco quién era, porque sabía que no era la persona indicada.

Porque quien quiera entrar a mi hogar sabrá que mi paz no se negocia, que mi silencio es sagrado y que mi calma es mi plenitud.

Quien entre y sepa entrar se llevará lo que con su corazón pueda ver.

Mi amor.

Alfredo Ballejo

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