Alguien parecido a tú vino a mi noche. Te espero esta noche y las siguientes y las siguientes. La cadencia de tu visita inoportuna con tu cara que lejos de sonreirme me mira con la frialdad que solo es tuya, que me hace tuya. Y yo, esta noche y las venideras, a merced del amparo tibio de tu abrazo que espero, que pido, que ruego con ahínco cerrando mis ojos y me esfuerzo con un bisbiseo religioso entre los labios: Siénteme, por favor. Siéntame a tu lado, envuélveme de la invención que me hice de tu abrasadora ternura que imploro. Te sigo implorando. Siénteme. Esta noche, las demás noches, te aguardo, te quiero, te suspiro desde la garganta. ¡Quiero gritar tu nombre! Tu pecho sobre el mío esta noche y las demás noches y si ya no será hoy ni mañana, que no sea nunca. No ha sido. No ha sido nunca, tu voz se diluye en la melodía de murmullos nocturnos. No es tu voz, sí lo es, se parece, vino a mí y te llamé querido, te llamé te extraño, te llamé te quiero.
Estoy cayendo. Me hundo en el resquicio angosto, asfixiante, sin pulmones me deja, humo de cigarro, de lo que no seremos. Tu cara, otra vez tu cara, con los detalles que memoricé y se me negó amainar en soplido. Tu cara dormida, serena, cuando no me miras pero que quiero besar. Tu lunar. Boca, labios, beso-posa-ternura-quema. Abrís los ojos, me ves mirarte. Te veo mirar que me ves mirarte. Mirás más allá de mí -por favor- la oscuridad honda y, lo que te parece según yo mi fútil sentir, el conjunto de enredos emocionales que no supe ni quise desengarzar del pecho, del estómago y las entrañas. Te descubro encontrándome, tu espíritu roza el mío, se acarician en una fotografía interminable. Por fin, por fin creo que te toco, me sientes -por favor- nos alcanzamos hasta el isinuante alborear.
Esta noche, solo esta noche. Tu latido, el hálito de vida que me falta, palpitando bajo mi mejilla que descansa ingenuamente en tu pecho. La piel quema, huele, el rastro de sudor conserva aún. Tengo ganas de lamerte, te digo para las risas, bajito, pero solo me suspirás; hubiera preferido un gruñido. Sé que sos vos: mudo, quieto, mío. El índice bordea tu mentón, te voy a suplicar otro beso, un último beso hasta la noche y las demás, las siguientes, las que me voy a inventar cuando te extrañe y reclame al cielo todo lo que no somos.
Otra vez. Bocas-labios-suspiros. Te extraño. Enmudeces. Te extraño, dije, te quiero. Sonrío. Sombrío inquietante miras. Sé que no sos mío, pienso, ni esta que tuvimos ni las siguientes. Beso-posa-lágrima enfriándose con el rayo de sol incipiente. Las nubes dispersas desdibujan un rostro. Me ves cerrar los ojos, pedir por los dos pero sobre todo por vos, me ves atiborrarme de una ilusión que me sabe agridulce y se desprende amarga por el paladar. Florecen las súplicas en murmullos y cachetes sonrosados. Tú callas. No te vayas.
La luz arde en los párpados. La sábana marcada en el rostro. Hay olor a humo impregnado en la piel, en la almohada. Caerá la noche, alguien parecido a ti regresará, tal vez, para no dejarme inconclusa. Tic tac. Minutos, silencio, soledad. Te extraño, te extraño. Tal vez te encuentre en las nubes.
He llorado.
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