Cuando llegué a Buenos Aires por primera vez, Miranda —mi novia argentina— estaba demasiado entusiasmada.
Tenía una lista interminable de cosas que teníamos por hacer: barrios que recorrer, cafés que visitar, museos, plazas, caminatas, planes, planes y más planes.
Días antes de vernos en el aeropuerto de Ezeiza me repetía, divertida y orgullosa, que no iba a encontrar mejor guía turística que ella. Le parecía romántico, casi cinematográfico, que un chico viajara solo a otro país para conocerla por primera vez. Como en esas comedias románticas donde todo sale bien y nadie termina al final roto.
Lo que Miranda no entendía bien es que yo no había cruzado fronteras por conocer Buenos Aires.
Crucé fronteras por ella.
Y si soy honesto, las únicas cuatro cosas que quería hacer en esa ciudad eran simples y urgentes: grabarme su olor para siempre, sentir sus labios sin prisa, hacerle el amor una y otra vez… y ver un partido de River Plate.
Ese último deseo que había mencionado —ver a River— para Miranda era directamente una provocación.
Un pecado capital.
Si en ese momento Miranda hubiese tenido que enumerar mis peores defectos, sin pensarlo habría puesto en primer lugar mi hinchaje por el equipo de la franja roja. Yo era de River. Ella, criada desde su uso de razón como Xeneize, amaba a Boca Juniors con una devoción heredada, casi genética: del abuelo al padre, del padre a ella.
Con ella aprendí algo esencial sobre los argentinos: se puede discutir de Dios, de política y hasta de historia, pero nunca de fútbol. El fútbol no se discute, se defiende.
Al tercer día por la noche, después de haber cumplido con los lugares turísticos obligatorios, Miranda se me tiró encima en la cama del Airbnb y me habló con una seriedad que, por alguna razón, me resultó extrañamente seductora.
—Amor, mañana temprano vamos a ir a ¨Caminito¨.
—¿Y qué hay ahí? —le pregunté, aunque ya sospechaba la respuesta.
—Es el barrio de Boca… —dijo, sonriendo apenas.
Me levanté de la cama riéndome.
—Miranda, no hay forma alguna de que yo vaya al estadio de Boca. Me niego completamente.
Se levantó de inmediato y empezó a perseguirme por todo el Airbnb para convencerme. Siempre me consideré una persona terca, pero Miranda tenía algo en la mirada que me desarmaba con una facilidad preocupante. Entre besos, risas y mi dignidad evaporándose lentamente, se me ocurrió una idea antes de rendirme del todo.
—Está bien —le dije, sujetándola de los hombros—. Mañana vamos al barrio de Boca.
—Te amo, Kai. Te amo —me dijo, sin dudarlo.
—Pero con una condición…
—La que sea.
—Me acompañas al estadio a ver River contra Fluminense por la Copa Libertadores la próxima semana.
La sonrisa se le borró al instante.
—Kai, si mi papá se entera de que fui a ver a River no me deshereda… me mata, boludo.
—No tiene por qué enterarse —le dije, riéndome, mientras ella intentaba escaparse de mi abrazo.
—No hay chance, Kai. Ninguna.-
—Piénsalo —le pedí—. Solo piénsalo ¿sí?
Me miró fijo durante unos segundos.
—Lo voy a pensar. Nada más.
Al día siguiente, después de caminar por el barrio de Boca, llegamos a la entrada del estadio. Miranda estaba completamente maravillada. Era la primera vez que lo veía tan de cerca. La miré y entendí que, para ella, ese lugar no era solo un estadio: era memoria, familia, goles gritados mirando la televisión mientras se abrazaba con su padre.
—¿Quieres entrar al museo? —le pregunté.
—No, boludo. Bastante ya con haberte hecho venir hasta acá. Además, es re caro Kai.
Me acerqué a su oreja y le hablé en voz baja.
—¿Te puedo contar un secreto que solo tiene que quedar entre nosotros?
—Decime.
—No lo voy a repetir nunca más… pero creo que me estoy volviendo un poquito hincha de Boca. —le mentí piadosamente.
Sonrió y me abrazó fuerte, como si acabara de ganar algo importante.
—Bueno… ¿entonces entramos al museo? —le pregunté.
—No, amor. No quiero que gastes por mí.
Metí la mano en el abrigo y saqué dos entradas.
—¿Entonces qué hacemos con estas dos?
—Qué pelotudo que sos —me dijo, riéndose, mientras me pegaba suave en el pecho.
La agarré de la mano y entramos.
Una semana después de mi llegada empecé a sentir que tenía los días contados.
Sin darme cuenta, ya estaba viviendo en cuenta regresiva. Sabía que pronto iba a tener que volver a mi país y esa certeza me pesaba más de lo que quería admitir.
Esa tarde Miranda me llevó al museo de arte ¨MALBA¨. Caminamos despacio entre cuadros que yo apenas miraba, porque lo único que podía pensar era en lo poco que quedaba. Al salir, nos perdimos por las calles de Palermo y entramos a una cervecería.
Con el pasar de las copas, se me hizo inevitable llorar en silencio. No quería alejarme de ella. No todavía. No así.
Le dije que iba a la barra a pedir más cervezas. Ella se quedó en la mesa.
Lo que no supe en ese momento —y supe mucho después— es que Miranda, al notar mi tristeza, agarró mi celular a escondidas. Mientras yo hablaba con la cajera, ella grabó un video.
Tiempo después del viaje lo encontré en mi galería.
En el video aparece Miranda. Se la ve tierna, pero también divertida, haciendo muecas raras, como si quisiera distraer al mundo de algo serio. Sonríe y dice:
—Esto es para Kaito, que está llorando. Está triste porque dice que se va a regresar a Perú en unos días… y que me va a extrañar.
Hace una pausa, sonríe, y agrega:
—¡Y eso está mal! Porque nos vamos a volver a ver.
Entonces gira la cámara y me enfoca a mí de lejos, probando los shots de degustación que me había dado la cajera.
—Qué borracho… qué lindo —dice, riéndose—. Lo amo.
Cada vez que vuelvo a ver ese video me pasa lo mismo:
sonrío inevitablemente.
Y por un segundo quiero volver a estar ahí,
sin pensar en nada más.
En mi penúltimo día en Buenos Aires, Miranda estaba feliz. No hacía falta que me lo dijera. Se le notaba en los ojos, en la forma en que caminaba a mi lado, satisfecha de haber cumplido casi por completo su misión de guía turística.
Estábamos en la pizzería Güerrín, luchando por terminar el último slice gigante de pizza, cuando aproveché el momento.
—Amor… en cuatro horas juega River contra Fluminense —le dije, mirándola fijo, serio—. ¿Me acompañarás?
Me sostuvo la mirada unos segundos.
—Kai… no me hagas esto —dijo, casi suplicando—. ¿No que te estabas volviendo hincha de Boca?
—Shh… yo nunca dije eso —me reí.
—Sos un Xeneize en el clóset, boludo. Acéptalo.
—Basta, Miranda —le pedí—. Me gustaría que vengas conmigo.
Sonrió con ternura.
—Andá al partido, amor. Yo te espero.
—¿Y qué vas a hacer mientras?
—Ordenar el departamento… mientras vuelves —suspiró—. Ojalá pierdan.
—Trato justo —me reí—. Igual vamos a ganar por goleada.
Salimos de la pizzería Güerrín y caminamos por la avenida Corrientes, rodeados de carteles iluminados y teatros resplandecientes. Le pregunté si alguna vez había ido a algún teatro de esa avenida.
—Nunca —me dijo—. Creo que hay una obra con Luis Brandoni… Parque Lezama. Pero no nos da el tiempo, amor. Hoy vas al estadio y mañana ya nos vamos al aeropuerto.
Seguimos caminando unos metros más. Yo pensaba en el partido. En la tribuna. En la camiseta que me pondría. Y, sin saber exactamente por qué, me detuve. La tomé de las manos.
—Vamos —le dije.
—¿A dónde? —preguntó, asustada.
—Al teatro.
—¿Y River?
—¿No te dije que soy fanático de Luis Brandoni? —mentí. En ese momento ni sabía quién era.
Esa noche no fui a ver a River.
Preferí quedarme ahí, sentado a su lado, mirándola reír con cada escena, volteando más hacia ella que hacia el escenario. Hoy no recuerdo de qué trataba la obra. Recuerdo su sonrisa. Nada más.
Esa noche River le ganó 2 a 0 a Fluminense.
Pero para mí, en plena avenida Corrientes, Boca le ganó a River 3 a 0.
Con un gol de cabeza de Martín Palermo, uno de mitad de cancha de Juan Román Riquelme y uno, en el último minuto, de Guillermo Barros Schelotto.
Supongo que, después de todo,
sí tenía algo de Xeneize.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión