Boacandas de amor.XIV. principios y finales.
Aug 5, 2026

Hay historias que nacen con la inocencia de un primer saludo. Vos llegaste así, como las primeras brisas en agosto, con la timidez de tu voz y la parla de tus ojos. Qué increíble era verlos. Como si todo a mi alrededor guardara silencio, respetando ese momento en el que nuestras miradas cruzaban límites, casi pecando. Casi por la lujuria de querer que tus ojos, por más tuyos que fueran, simplemente me vieran de la misma manera.
Es increíble cómo una persona que llega un día cualquiera aparece disfrazada de casualidad, dejando por delante una historia que todavía no conoce. No te veía, no porque no quisiera, sino porque aún no te conocía. Y hoy en día dudo si en realidad existís o si solo sos la fantasía de un sueño mío.
A veces los amores —no siempre, digo; casi siempre— llegan con un hermoso libro lleno de páginas de vida y de amor, pero escasos de cierres. Dejando la duda, el porqué. Como si nunca hubiera existido algo de por medio. Los finales casi siempre llegan vestidos de silencio.
Lo más difícil no fue perderte. Lo más difícil fue no saber cuándo te había perdido. Cuándo pasaste de ser la alegría de mi semana a un domingo taciturno. Hay despedidas que llegan en una conversación sincera, entre abrazos y lágrimas. Otras, en cambio, llegan con mensajes sin responder y palabras que esperan respuestas que nunca aparecen.
Me pregunté muchas veces cómo sería volver a verte.
Y nunca te imaginé volviendo para quedarte.
Siempre te imaginé llegando con esa tristeza que tienen las personas cuando saben que la última conversación ya no cambia la historia, pero sí puede cambiar el recuerdo.
Hay despedidas que salvan el amor.
No porque lo devuelvan.
Sino porque le permiten descansar.
En el anhelo de las respuestas a mis preguntas no te veo quedándote conmigo. Te veo como quien golpea la puerta cabizbajo para no espantar, llegando con el mismo silencio con el que un día se despidió.
Te dejo pasar.
Contame tu porqué. Solo eso te pido. Despedite de mí. Dame tus razones. Contame tus miedos y respondeme las preguntas importantes, las únicas que de verdad me importan.
Después, dame un abrazo. Sé bien que para que dos almas se toquen solo hacen falta cinco segundos. Abrazame seis, quizás siete. Así, cuando llegues a tu casa y te falte un abrazo, abras el armario y sepas dónde esconderte: en los segundos que te regalé de más.
Quizás el mate se enfríe entre tantas palabras.
No importa.
Hay silencios que también saben cebar despedidas.
A veces simplemente necesito eso: las explicaciones que nunca llegaron. No busco culpables. Tampoco regresar a un lugar que ya no me pertenece, o por lo menos a mí. Pero, de corazón, te pediría una última vez, cara a cara, que te sientes frente a mí. Compartamos un mate. Contame la verdad, aunque duela.
Porque el dolor dicho de frente se llora distinto al dolor que nace de la duda.
Hay lágrimas que limpian.
La vida, en sí, es eso: aprender a aceptar que existen principios como flores de primavera y finales como tormentas de invierno.
Y aun así, con las buenas y con las malas, sigo creyendo que valió la pena abrir ese libro. No por el gusto amargo que dejó cuando fui yo quien tuvo que cerrarlo, sino por la experiencia vivida. Porque sin sufrir no se vive.
Qué lindo es haber tenido a alguien de quien cueste despedirse. Ahí, quizás, se esconda el sentido de la vida.
No te digo chau.
Sería muy rencoroso.
Te digo...
Hasta pronto, amor.
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