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Boacandas de amor.XII. los moustros también fueron niños.

Jul 30, 2026

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Boacandas de amor.XII. los moustros también fueron niños.
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Dicen que el primer enemigo de un niño es un padre sin sanar.

Más que escribirlo, fue una experiencia. Aprendí, a las malas, que las heridas tienen su propia voz y que, a veces, hablan mucho más fuerte que el amor.

Se escuchaba cómo bajaba del auto recién llegando de trabajar. Traía consigo una noche fresca de otoño. Se sentaba en la mesa, suspiraba...

No llegó él.

Llegaron sus conflictos, sus frustraciones, sus derrotas, sus miedos, su odio.

Yo era chico, no entendía lo que me decía, pero sí sentía su rencor conmigo. Como si una casa construida desde un temblor se tratase, me preguntaba muy seguido por qué su amor parecía un castigo.

¿Por qué no me abrazabas, papá?

Eras mi héroe.

Como todo niño, desde la inocencia, uno no toma la frustración de su padre como ajena, sino como propia, cargando con la culpa de un adulto que no supo entender cómo ser padre o, quizás, que nunca tuvo a alguien que le enseñara.

Nadie me explicó que los monstruos no siempre nacen monstruos.

A veces fueron niños también.

Niños que nadie abrazó cuando estaban rotos, cuando cargaban la misma culpa que me heredaron, el mismo miedo que me inculcaron.

Niños que, con el pasar de las estaciones, de los años, de primaveras y veranos, fueron creciendo. Adultos convertidos y transformados en su propio pasado, repitiendo escenarios que, bajo promesas transparentes, habían jurado no ser.

Alguna vez fui la misma víctima del monstruo que me lastimaba. No entendía por qué tanto dolor, por qué causar lágrimas a quien te ama, a quien te quiere, a quien te valora.

Después, minuciosamente, vi lo que muchos pasan por alto.

El monstruo también tenía sus propias cicatrices, porque él también sufrió.

Pero, a diferencia de él, prefiero transformar mi dolor para que los que vienen puedan vivir más.

Por eso escribo.

Para resolver mis dudas, para entender mis preguntas que vienen con los años, acumuladas como las cartas en el buzón de una casa que ya está abandonada.

No podía responderlas. No podía darle protagonismo a ese dolor. Estaba sobreviviendo a un pasado incierto, lleno de oscuridad.

Por eso escribo.

Porque me niego, me niego rotundamente, a que mi pasado se herede como un legado familiar. A que mis tormentas arrasen con la felicidad de mis futuros hijos.

Me niego a ser el eco de todo aquello que me rompió.

Me veo en fotos viejas de ese niño que lloraba. A veces me gusta verlo en mi conciencia. Todavía tiene las manos sucias de haber estado jugando.

Lo abrazo.

Le enseño qué es la calma. Le explico, en su brevedad, que no tenía la culpa. Que merecía ternura y no guerras. Que tenía que aprender a sonreír y no a llorar en silencio.

Merecías un "te amo", pequeño.

Sin miedo a pensar que vendría algo detrás de esas palabras.

Cuando dejo de llorar, cuando la habitación vuelve al silencio, el gato sigue ronroneando y el viento sopla en mi ventana.

Mientras el mate se enfría al costado de mi ser, guardo mi calma.

Entiendo mis preguntas. Respondo mis incógnitas. Aclaro algo que durante muchos años me costó comprender:

El primer enemigo de un niño es un padre que, sin tener la culpa de sus propias heridas, tampoco supo recibir amor.

Durante mucho tiempo pensé que sanar significaba olvidar.

Pensé que cerrar una herida era dejar de sentir dolor cuando alguien pronunciaba su nombre, que avanzar era dejar atrás todo aquello que alguna vez me rompió.

Pero con los años entendí algo diferente.

Sanar no era borrar mi historia, porque mi historia también me pertenece.

Sanar era poder mirar al niño que fui y decirle:

"Perdón por haber tardado tanto en venir a buscarte."

Perdón por todas las veces que pensaste que no eras suficiente. Por todas las noches en las que buscaste respuestas que nadie te dio. Por creer que tenías que ser fuerte cuando lo único que necesitabas era un abrazo.

Hoy te miro y entiendo que nunca fuiste el problema.

Eras solamente un niño intentando encontrar amor en un lugar donde a veces había más heridas que palabras.

También aprendí a mirar al hombre que me hizo daño.

No para justificarlo. No para decir que estuvo bien.

Sino para entender que muchas veces las personas entregan aquello con lo que fueron construidas.

Su dolor explica muchas cosas, pero nunca tuvo derecho a convertirse en mi destino.

Y ahí entendí que la verdadera victoria no era olvidar lo que pasó.

Era que mi pasado dejara de decidir quién soy.

Porque yo no soy sus errores.

No soy sus miedos.

No soy sus heridas.

Soy la persona que decidió detener una historia que venía repitiéndose desde antes de que yo llegara.

Soy el abrazo que aquel niño necesitó.

Soy la calma después de la tormenta.

Soy la prueba de que una herida puede convertirse en una cicatriz, y que una cicatriz no es solamente una marca de dolor; también es la prueba de que algo sobrevivió.

Quizás mis cuentos, mis capítulos, mis cicatrices y mi historia tengan su tragedia. Pero no completa el hecho de decir: hasta acá llegó esto.

Mis hijos no van a heredar mis dolores, mis frustraciones ni mis castigos.

Van a recibir lo que nunca tuve en mis manos: el calor de un padre ejemplar, el sol de un verano, la confianza construida a base de amor y una familia que pueda sentirse como un hogar.

Porque la forma más profunda de cerrar una herida es no heredarla.

Y quizás esa sea mi mayor victoria:

No cambiar el pasado.

Sino impedir que vuelva a repetirse.

Alfredo Ballejo

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