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Bloqueo Emocional

May 20, 2026

80
Bloqueo Emocional
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París estaba lleno

de hombres difíciles de salvar,

almas consumidas lentamente

por el tiempo y la ciudad.

Pero entre todos ellos

existía alguien imposible de ignorar…

Lucien.

Así lo llamaban.

Un espectro entre la gente,

un fantasma bajo el sol,

de esos que caminan lento

como cargando una maldición.

Las personas murmuraban

al verlo pasar:

—Ese hombre tiene algo muerto…

algo difícil de explicar.

Porque jamás hablaba mucho,

ni sonreía al caminar,

y en sus ojos habitaba

una tristeza imposible de ocultar.

Todos soñaban con gloria,

con riqueza y posición,

con mujeres elegantes

esperándolos bajo algún balcón.

Pero Lucien estaba vacío.

Completamente apagado.

Desde joven amó el arte,

la tinta, el mar y el papel,

soñando con dibujar mapas

para hombres sedientos de recorrer.

Quiso estudiar cartografía,

darle rumbo a la inmensidad,

pero la pobreza destruye sueños

mucho antes de comenzar.

Así terminó en el campo,

trabajando hasta sangrar,

viendo morir lentamente

los años frente a su mirar.

Gastaba en vino y tabaco

lo poco que podía ahorrar,

intentando llenar el vacío

que jamás logró nombrar.

Su familia era modesta,

gente simple del lugar,

sus hermanas partirían con nobles

buscando una mejor vida al marchar.

Sus padres viajarían al este

para descansar en tranquilidad,

mientras Lucien seguía perdido

como un barco lejos del mar.

Y fue una noche cualquiera,

entre apuestas y oscuridad,

cuando el destino dejó un violín

reposando frente a él sobre el bar.

Un noble perdido y ebrio

lo había apostado sin pensar,

después de dejar su fortuna

entre excesos y placer fugaz.

Lucien ganó aquella apuesta

sin siquiera querer participar,

y arrastró el viejo violín

como quien carga un peso que jamás pidió llevar.

Mucho se hablaba en las calles

de músicos capaces de hechizar,

de hombres como Paganini

que hacían llorar con solo tocar.

Pero para un simple campesino

consumido por la necesidad,

aquellas historias parecían

fantasías demasiado lejanas para alcanzar.

Y aun así el violín quedó allí,

cubierto de polvo junto a la pared,

como si aguardara en silencio

el instante exacto para renacer.

Hasta que una tarde de lluvia,

al regresar exhausto del jornal,

Lucien encontró la casa vacía

y un frío difícil de soportar.

—Ven con nosotros…

o quédate aquí hasta desaparecer.

Y aquellas palabras cayeron

pesadas como hierro sobre la piel,

porque un hombre de veintitantos años

jamás supo qué rumbo escoger.

No sería noble ni héroe,

ni aprendió siquiera a vencer,

y aunque muchas veces quiso rendirse…

nunca tuvo el valor de caer.

Era un cobarde.

Uno demasiado perdido

para volver a renacer.

Terminó viviendo en un edificio

devorado por humedad,

donde dormían vagabundos,

mujeres de paso y artistas sin hogar.

Las paredes olían a tabaco,

las madrugadas a soledad,

y cada cuarto escondía

almas cansadas de naufragar.

El vecino junto a Lucien

jamás guardaba tranquilidad,

día y noche se escuchaban

melodías golpeando el lugar.

Cuerdas, copas y partituras,

pasos difíciles de descifrar,

como si dentro de aquella habitación

algo se negara rotundamente a morir jamás.

Y una noche consumido

por el humo y el malestar,

Lucien golpeó la puerta

exigiéndole callar.

Pero el anciano soltó una risa

difícil de descifrar:

—Muchacho pasa y escucha…

esto será inmortal.

Lucien cruzó lentamente

hacia aquella habitación,

donde dormían partituras

entre polvo y desolación.

El viejo parecía perdido,

consumido por el dolor,

uno de esos hombres rotos

que sobreviven por obligación.

Pero incluso entre el desastre

resultaba fácil notar

que aquellas manos cansadas

habían nacido para tocar.

Mientras la música crecía

dentro de aquel lugar,

algo tibio y desconocido

comenzó lentamente a despertar.

No era rabia.

Ni tristeza.

Ni ganas de escapar.

Era algo mucho más humano…

difícil de explicar.

Como si después de tantos años

pudiera volver a respirar.

Entonces corrió hacia su cuarto

sin siquiera pensar,

y volvió cargando el violín

que había ganado tiempo atrás.

—Toma… toca una pieza.

El anciano observó el instrumento

y negó con seriedad:

—No volveré a tocar otro violín…

sería traicionar a mi viola una vez más.

—¿Traicionar?

preguntó Lucien sin comprender.

A lo que el viejo responde:

—Fue el último regalo de mi esposa…

antes de desaparecer.

Decía que yo soñaba demasiado,

que jamás iba a cambiar,

y terminó abandonándome

junto a la música y el alcohol.

Las noches siguieron muriendo

entre tabernas y licor,

mientras Lucien y el anciano

bebían intentando olvidar el dolor.

Muchos lo llamaban loco,

un hombre sin cordura ya,

pero incluso los borrachos

respetaban su forma de tocar.

Porque aunque hubiese perdido la mente

y olvidado cómo descansar,

sus manos seguían haciendo

cosas imposibles de explicar.

Y en los momentos de silencio,

cuando el viejo no estaba más,

Lucien intentaba tocar el violín

a escondidas de la ciudad.

No era rápido ni virtuoso,

ni poseía habilidad,

sus movimientos eran torpes,

imperfectos al avanzar.

Pero había algo extraño…

cada vez que rozaba las cuerdas

comenzaba a llorar.

Reía.

Sollozaba.

Temblaba sin parar.

Como si todo aquello

que jamás logró expresar

escapara violentamente

junto a cada nota al sonar.

Las noches siguieron muriendo

entre humo, copas y licor,

hasta que Lucien perdió el campo,

el rumbo y la dirección.

El anciano le abrió la puerta:

—Quédate muchacho…

total cuánto más he de durar yo.

Y entre canciones mal tocadas

y partituras sin terminar,

Lucien empezó lentamente

a entregarle el alma al violín y al compás.

No buscaba gloria.

Ni riquezas.

Ni aplausos al tocar.

Solo quería sentir algo

capaz de hacerlo vibrar.

Porque al rozar aquellas cuerdas

el pecho dejaba de pesar,

pero al soltar el instrumento

todo volvía a lastimar.

Y mientras Lucien aprendía,

el anciano comenzó a empeorar.

Su cuerpo ya no respondía,

estaba cansado de luchar.

Hasta que una madrugada fría

simplemente no despertó más.

Lucien se quedó observándolo

sin saber cómo reaccionar.

No lloró.

No habló.

No sintió absolutamente nada.

Como si el vacío de siempre

hubiese vuelto a reclamar su lugar.

Entonces encontró entre papeles

una pieza sin terminar,

tomó el viejo violín…

y comenzó lentamente a tocar.

La melodía sonaba herida,

demasiado humana para ignorar,

como si cada nota arrastrara

años enteros de soledad.

Y por primera vez desde niño…

Lucien empezó a llorar.

Entonces caminó hasta la cantina

donde el viejo solía tocar,

y le suplicó al dueño:

—Déjame interpretar esta pieza…

solo una vez y nada más.

El hombre guardó silencio

antes de contestar:

—Está bien muchacho…

pero paga lo que el viejo quedó debiendo al marchar.

Lucien dejó sus últimas monedas

sobre la barra del bar,

después de meses consumidos

entre juerga, licor y soledad.

Sus manos temblaban.

Le costaba hasta respirar.

Pero dentro del pecho existía

una calma difícil de explicar.

Aquella noche en la cantina

solo había unas cuantas almas más,

algunas dormidas sobre las mesas,

otras demasiado ebrias para escuchar.

Entonces Lucien levantó el violín…

y comenzó lentamente a tocar.

Recordando las palabras del anciano:

—Si vas a hacerlo mal…

al menos hazlo con el alma y ya.

Las notas atravesaron el humo

haciendo al silencio temblar,

y hasta los hombres más perdidos

levantaron la vista al escuchar.

No era rápido.

Ni perfecto.

Ni intentaba impresionar.

Solo tocaba despacio…

como un hombre cansado de callar.

Pero lo que estremeció la cantina

no fue únicamente la melodía al sonar…

fue ver cómo aquel hombre frío

comenzaba a reír y llorar.

Y cuando terminó la pieza

más de veinte personas llenaban el lugar,

aplaudiendo sin comprender del todo

qué acababan de escuchar.

Pero Lucien,

al bajar el violín,

volvió de golpe a la realidad.

Seguía roto.

Sin dinero.

Sin hogar.

Entonces el dueño de la cantina

lo observó antes de hablar:

—Si continúas tocando así muchacho…

puedes quedarte a trabajar.

—Tengo un sótano vacío

y una botella para acompañar.

Lucien aceptó el trato…

sin saber que aquella noche

su vida acababa de cambiar.

Algunos meses pasaron

bajo la lluvia de París,

mientras Lucien cargaba cajas

desde el alba hasta el fin.

Durante el día parecía muerto,

un hombre difícil de distinguir,

pero en las noches el violín

lo hacía sobresalir.

Porque apenas rozaba las cuerdas

comenzaba a temblar,

llorando frente a desconocidos

como una bomba a punto de estallar.

Y el rumor cruzó la ciudad:

—Existe un maniático en un bar…

deberían escucharlo tocar.

Las calles hablaban de Lucien

con miedo y curiosidad,

decían que parecía un mendigo

intentando volverse inmortal.

No vestía como un virtuoso,

ni sabía cómo encajar,

era un borracho consumido

por tabaco y soledad.

Pero cuando el violín lloraba

todo el lugar quedaba en paz,

como si aquellas notas rotas

supieran dónde lastimar.

Y aun así nada bastaba.

Tenía todo lo humanamente vital

Pero algo dentro del pecho

comenzó lentamente a despertar.

 Escuchó historias

difíciles de imaginar:

decían que todo músico

debía primero tocar

frente al palacio de Versalles

si quería su nombre elevar.

Y después… Viena.

La cima imposible de alcanzar.

El lugar donde los grandes

lograban volverse eternidad.

Y para un campesino perdido

entre tabaco y amargura,

aquello parecía un sueño

demasiado lejano para intentar.

Y aun así viajó a Versalles

solo para verlo al pasar,

pero apenas cruzó la entrada

lo obligaron a irse.

Los guardias rieron al verlo,

como quien mira a alguien sin valor,

mientras el palacio brillaba

como un sueño imposible para un peón.

Algo despertó en Lucien

difícil de explicar,

porque por primera vez en años

sentía un rumbo al caminar.

Algún día tocaría allí…

aunque pareciera imposible

para alguien como él llegar ahí.

Aquella tarde volvió derrotado

sin rumbo por la ciudad,

hasta chocar accidentalmente

con una joven dama al pasar.

Las frutas cayeron al suelo,

y Lucien respondió sin pensar:

—Ten más cuidado al caminar.

Pero ella alzó la mirada

con extraña tranquilidad,

y en vez de enojo o desprecio

solo respondió:

—Disculpad.

Lucien siguió su camino

como si nada fuera especial,

pero algo dentro de aquella mujer

se negó rotundamente a olvidar.

Leya estaba casada

con un hombre de autoridad,

uno de esos nombres importantes

cercanos a la iglesia y la alta sociedad.

Pero jamás lo había amado.

La vida simplemente la empujó

hacia aquella realidad.

Y días después, durante una cena,

su esposo mencionó a Lucien al hablar:

—Existe un violinista en París…

uno completamente desequilibrado.

—Le llaman el maniático insensible…

la gente paga por verlo llorar.

Y algo brilló en los ojos de Leya

difícil de disimular.

—¿Cómo se llama?

preguntó casi sin pensar.

—Lucien.

—Trabaja en un bar miserable,

aunque algunos nobles lo quieren escuchar.

—¿Deseáis verlo tocar?

Y Leya aceptó en silencio

mientras se iba a arreglar,

sin entender por qué aquel nombre

seguía regresando a su mente sin parar 

Lucien llegó al restaurante

sin ganas siquiera de entrar,

hasta que entre la multitud elegante

reconoció a la mujer del mercado pasar.

Pero lo que realmente golpeó su pecho

fue observarla junto a su esposo caminar.

Algo parecido al disgusto

cruzó su mirada fugaz.

Antes de tocar observó la sala

repleta de lujo y falsedad,

y entonces levantó lentamente el violín

con una violencia imposible de ocultar.

—Esta pieza es nueva…

murmuró sin mirar atrás.

Y las notas comenzaron a romper

la calma superficial del lugar.

No era música elegante.

Era rabia.

Dolor queriendo escapar.

El violín gritaba con fuerza

demasiado brutal para un restaurante de sociedad.

Pero mientras algunos aplaudían fascinados

viendo el espectáculo comenzar,

otros observaban horrorizados

aquel hombre llorando sin parar.

Porque Lucien no tocaba para entretener.

Tocaba como alguien intentando sobrevivir.

Y Leya quedó inmóvil observándolo

sin siquiera poder respirar,

como si por primera vez en años

alguien estuviese siendo real.

Cuando la presentación terminó

ella pidió inmediatamente bajar

a conocer al hombre

que había hecho llorar al restaurante entero al tocar.

Detrás del bullicio y las luces,

apartado del lugar,

Lucien fumaba en silencio

bebiendo sin siquiera mirar.

El esposo lo observó con desprecio

antes de extender la mano y hablar:

—Mucho gusto.

—Ella es mi esposa, Leya…

quería conocerlo en persona nada más.

Lucien levantó apenas la mirada.

—¿Les gustó la pieza?

Leya asintió en silencio

sin saber qué contestar,

porque aún seguía sintiendo

las notas dentro del pecho vibrar.

—Jamás escuché algo así…

murmuró con honestidad.

Pero Lucien únicamente bebió

antes de responder sin emoción:

—Entonces escucharon demasiado mal.

El esposo soltó una risa incómoda,

Leya no dejó de observar,

como si intentara entender

por qué aquel hombre sonaba tan roto al hablar.

—Buenas noches.

Y Lucien se marchó del restaurante

como si nada importara realmente al final.

Pero al regresar a la cantina

algo comenzó a sentirse mal,

un cansancio silencioso…

un dolor difícil de ignorar.

Al día siguiente un médico

le habló con absoluta frialdad:

—Tu hígado comienza a pudrirse…

si continúas así no vivirás mucho más.

Pero Lucien soltó una risa

sin siquiera pestañear,

como si escuchar la muerte

ya no lograra impresionarlo más.

Y aunque fingió no escucharlo,

algo empezó a cambiar,

porque en el fondo temía

no dejar nada detrás.

Entonces comenzó a encerrarse

sin descansar,

escribiendo pieza tras pieza

sin volver siquiera a mirar el sol entrar.

Hasta que una tarde el dueño

lo llamó para hablar:

—Necesito que toques mañana

en una reunión particular.

—La organiza el sacristán más importante de Francia…

y pagarán bastante más.

Lucien aceptó con desgano

como aceptaba todo lo demás,

y al cruzar aquellas puertas

volvió a verla una vez más.

—Hola…

murmuró apenas,

con cierta incomodidad.

Pero ella no dijo nada.

Y por primera vez en mucho tiempo…

Lucien sintió el peso de su frialdad.

Durante horas ayudó en silencio

intentando acercarse un poco más,

buscando cualquier excusa absurda

para volverla a escuchar hablar.

Hasta que entonces una inmensa cortina

comenzó despacio a levantarse detrás…

Y allí estaba Leya.

Cubierta por un vestido

imposible de describir,

como si la luna esa noche

hubiese aprendido a existir.

Lucien quedó inmóvil.

Por primera vez en años

sintió algo distinto vibrar.

No era ansiedad.

No era tristeza.

Ni aquel vacío imposible de callar.

Era un deseo prohibido…

demasiado difícil de controlar.

Porque aquella mujer casada,

ajena e imposible de alcanzar,

acababa de despertar en él

algo demasiado humano para ignorar.

La observó acercarse lentamente

entre velas y oscuridad,

y con una torpeza impropia de Lucien

terminó comenzando a hablar:

—Disculpe usted, gran dama…

—Pero necesito decir la verdad.

—Es usted la mujer más hermosa

que mis ojos han logrado mirar.

—Se ve tan libre entre toda esta gente…

que nada de lo que digo parece importar.

Leya sonrió apenas,

con cierta tristeza al contestar:

—Y tú te ves tan apagado…

tan cansado de respirar.

Conversaron durante horas

apartados del salón principal,

mientras las voces y las copas

parecían desaparecer detrás.

Ella preguntó por su música.

Él por aquel matrimonio desigual.

Y poco a poco comprendieron

que compartían más heridas de las que podían imaginar.

Porque Leya también vivía rota,

aunque supiera disimular,

como un ave cubierta de oro

incapaz de escapar.

—Estoy condenada…

murmuró mirando el suelo al hablar.

—Como si llevara grilletes

abrazándome los brazos al caminar.

—No puedo abandonar al sacristán…

mi madre y mi hermana dependen de esta estabilidad.

Lucien la observó en silencio

antes de responder con honestidad:

—Qué triste suena eso…

—A mí me abandonaron

todos aquellos que alguna vez logré amar.

Y ambos soltaron una risa incómoda

demasiado frágil para durar.

Porque los dos entendían perfectamente

lo que era sobrevivir sin libertad.

Lucien jamás había amado.

Ni siquiera sabía cómo empezar.

Las únicas mujeres que tocaron su cuerpo

lo hicieron por deseo y nada más.

Pero aquella noche algo distinto lo motivo a actuar

Tomó el rostro de Leya

sin detenerse a pensar,

y terminó besándola

como quien teme dejar de soñar.

Ella respondió apenas unos segundos

antes de intentar escapar.

—Vete…

—Debes interpretar tu pieza…

esto no debió pasar.

—Yo nunca he sido libre, Lucien…

ni creo llegar a serlo jamás.

Él bajó entonces la mirada

antes de contestar:

—Nunca fui libre tampoco…

solo aprendí a disimular.

—Viví cargando un vacío

difícil de soportar.

—Y cuando conocí a mi maestro

comprendí una verdad…

—Si seguía viviendo de esa forma

iba a terminar mal.

Leya lo miró en silencio

con una tristeza familiar,

y antes de verlo alejarse

susurró con suavidad:

—Yo también cargo mis guerras…

desde mucho tiempo atrás.

—Pero cada mañana me obligo

a querer un día más.

—Quiero conocer Versalles…

caminarlo hasta el final.

—Quiero sentir que mi vida

vale algo de verdad.

Entonces tomó la mano de Lucien

con evidente fragilidad:

—Prométeme que algún día llegarás allí.

Lucien sintió el pecho temblar

sin poderlo evitar,

y tras un largo silencio

respondió casi a punto de llorar:

—Lo prometo.

—Voy a lograrlo…

aunque me cueste llegar.

—Por ti…

—Por mí…

—Por esta necesidad absurda

de algún día escapar.

Y aquella noche Lucien dejó la fiesta

sin siquiera tocar.

Mintió diciendo que el dolor del hígado

volvía a empeorar.

Pero la verdad era más simple…

tenía celos de verla con alguien más.

Se encerró dentro del sótano del bar

durante días sin descansar,

dejando atrás los viejos hábitos

que antes solía necesitar.

Y entre partituras vacías

comenzó lentamente a crear

la pieza más sensible de su vida…

nacida de un amor fugaz.

Cada nota llevaba escondido

aquello que jamás pudo expresar.

Ese deseo imposible de alcanzar.

Hasta que una noche el dueño del bar

terminó entrando sin llamar.

—Muchacho, si no vuelves a tocar

no podrás seguir viviendo acá.

Lucien levantó lentamente la mirada,

y por primera vez en mucho tiempo

pareció volver a brillar.

—Esta noche tocaré de nuevo…

murmuró con una extraña emoción al hablar.

Y cuando subió nuevamente al escenario

el bar estaba repleto de verdad,

lleno de damas, caballeros

y niños escondidos intentando mirar.

Lucien tomó el violín

mientras el lugar comenzaba a guardar silencio.

—Esta pieza…

murmuró con la voz quebrada.

—Se llama “Bloqueo Emocional”.

Y entonces comenzó a tocar.

Las notas parecían hablar,

arrastrando, tristeza, rabia,

celos, deseo y felicidad

Era como escuchar un corazón humano

rompiéndose lentamente al sonar.

Algunos comenzaron a llorar.

Otros simplemente dejaron de hablar.

Porque aquella melodía no parecía música…

Parecía el alma de Lucien

desangrándose frente a la ciudad

La presentación terminó entre lágrimas y conmoción, y aquella noche el nombre de Lucien alcanzó por fin la corte.

Pero él apenas lo notó.

Bajó del escenario en silencio, guardó el violín sin hablar, y terminó durmiendo en el sótano demasiado exhausto para pensar.

Hasta que una voz furiosa lo obligó a reaccionar:

—¡Despierta de una vez idiota! ¡La corte te mandó a buscar!

Lucien abrió los ojos lentamente, todavía sin reaccionar, mientras varios guardias elegantes lo observaban con seriedad.

—Ponte tu mejor traje.

—Desean escucharte tocar.

Por un instante creyó que se trataba de otra broma más, uno de esos sueños absurdos destinados siempre a terminar mal.

Pero al subir al carruaje un comentario lo hizo temblar:

—El sacristán y su esposa también asistirán.

Desde aquella noche

no volvió a verla jamás.

Nunca intentó buscarla,

ni arrastrarla a su realidad,

porque incluso alguien como Lucien

sabía cuándo callar.

Y aun así su mente inquieta

comenzó lentamente a imaginar

qué ocurriría si entraba al palacio

y se atrevía a buscarla.

Pensó en enormes corredores,

en salones imposibles de alcanzar,

y en la absurda posibilidad

de volverla a encontrar.

Entonces llegaron a Versalles.

Y Lucien quedó inmóvil

sin saber cómo reaccionar.

El palacio parecía eterno,

imposible de dimensionar,

como si hubiese sido construido

solo para hacerlo sentir menos al mirar.

Y aun así…

nada de aquello conseguía impresionarlo de verdad.

Porque mientras cruzaba jardines

y escuchaba murmullos resonar,

solo podía pensar en Leya

y en si volvería a verla una vez más.

En aquella joven

que devolvió algo de humanidad

a un hombre consumido

por años enteros de frialdad.

Lo guiaron entre galerías eternas,

candelabros y mármol imperial,

hasta que una voz atravesó el silencio:

—La corte espera escuchar.

Lucien sostuvo el violín despacio

intentando aparentar calma,

aunque el pulso le traicionaba

golpeándole fuerte dentro del alma.

Salió frente a toda la corte.

Los rostros parecían distantes.

Las voces difíciles de descifrar.

Y entre toda aquella multitud

solo distinguió a Leya

junto a un enorme ventanal.

Entonces comenzó la pieza.

Las notas avanzaban lentas,

quebradas, cargadas de pesar,

como si cada acorde arrastrara

años enteros de vacío y tempestad.

Algunos quedaron fascinados.

Otros desviaban la mirada al escuchar.

Porque Lucien no tocaba con elegancia…

tocaba con hambre y necesidad.

Y Leya ocultó el rostro

mientras intentaba no llorar,

porque aquellas notas rotas

parecían hechas para lastimar.

Y justo cuando la pieza

rozaba su punto más visceral,

una cuerda del violín rasgo el momento 

silenciando la corte real.

Los murmullos comenzaron de inmediato.

Los nobles reaccionaron con crueldad.

Lucien inclinó la cabeza

intentando explicar:

—Solo necesito unos minutos…

permítanme continuar.

Pero nadie quiso escucharlo ya.

Entonces dejó el escenario

sin siquiera mirar atrás,

atravesando largos pasillos

sin poderse calmar.

Sus manos temblaban

ante la idea de buscar,

aquello que amaba

y no lograba olvidar.

Pasó por viejos salones,

por escaleras y murmullos al pasar,

hasta encontrarla escondida

frente al jardín central.

Lucien respiró despacio

antes de atreverse a preguntar:

—¿Te gustó la pieza?

Ella levantó la mirada,

pero le costó contestar:

—Debo marcharme…

—Mi esposo no puede verme junto a ti,

va a sospechar.

Y entonces Lucien dio un paso

sin detenerse a pensar:

—Leya…

—Es momento de escapar.

Ella frunció apenas el ceño.

—¿Escapar?

—A Viena.

—A Praga.

—A cualquier lugar

donde podamos comenzar.

—Viviremos de mi música,

o trabajaré en el jornal.

—Pero prometo cuidarte

hasta el final.

Algo dentro de Leya

parecia quebrarse al escuchar.

—¿Y mi madre?

—¿Y mi hermana?

—¿Qué será de ellas si decido escapar?

Su voz tembló de rabia

mientras volvía a reclamar:

—¿Crees que soporté toda esta vida

para huir con alguien sin nada? 

Entonces sacó un pequeño sobre

y lo empujó sin mirar:

—Toma esto y desaparece.

—O llamaré a los guardias

si decides continuar.

Su voz comenzaba a romperse.

La de él también.

Y Lucien entendió al final:

ella deseaba seguirlo…

pero no podía dejarlo todo atrás.

Lucien salió del palacio

sin saber hacia dónde andar.

Las luces del centro de París

comenzaban a titilar.

Quiso volver al humo,

al veneno de siempre, 

pero solo encendió un cigarro…

el último que iba a fumar.

Llevaba el pequeño sobre

apretado contra el gabán.

Pensó en arrojarlo al fuego,

pero terminó por mirar.

La carta era corta y sencilla

Amo a mi madre y a mi hermana.

Todo lo hice por ellas y nada más.

Quisiera escapar contigo…

pero no sé si la culpa me dejará.

Espérame mañana.

En la estación central.

Y si no llego a las doce…

prométeme que te irás.”

Lucien quemó la carta

viendo las cenizas volar.

Su violín quedó en el palacio.

Su vida también, quizá.

Con las pocas monedas

que conservaba al caminar,

pasó la noche en la estación

esperando verla llegar.

El amanecer arribo despacio.

Y con él comenzaron los rumores al pasar.

El dueño de la cantina

lo había acusado ante la ciudad.

Decían que había traicionado a la corte.

Que era enemigo de Francia y un blasfemó más 

Los guardias comenzaron a buscarlo.

“El maniático del violín.”

Así lo empezaron a llamar.

Lucien se ocultó entre la gente

mientras las horas corrían sin parar.

Cada sonido entre la multitud

lo obligaba a voltear.

Pero Leya nunca llegaba.

Y el reloj seguía avanzando

sin piedad.

Entonces compró dos boletos.

Y en uno escribió, sus últimas palabras a Leya 

Le entregó el boleto a una empleada

antes de subir al vagón final.

Aquella mujer conocía a Lucien.

Lo había escuchado tocar

durante noches enteras

en cantinas junto al boulevard.

Por eso aceptó ayudarlo

sin decir una palabra más.

El tren comenzó a moverse.

Y Lucien observó París

desapareciendo detrás.

Ya no era el mismo hombre

que vivió en pena allí.

Había tristeza en sus ojos, sí…

pero algo parecido a la paz también.

Horas después, Leya llegó corriendo

hasta la estación central.

No a tiempo.

Pero llegó.

La empleada se acercó despacio

y le entregó el boleto al pasar:

—Te lo dejó el violinista

antes de marchar.

Leya lo tomó en silencio

sin atreverse a mirar.

Y al leer aquellas líneas

sus ojos comenzaron a brillar.

“Iré a Graz.

Trabajaré donde pueda

hasta volver a empezar.

Te esperaré en la estación

cada mañana al despertar.

Y si un día decides huir…

prométeme que allí me buscarás.”

Leya guardó el boleto

con una sonrisa difícil de ocultar,

decidida a reunir el valor

que no alcanzó a juntar.

Mientras tanto, en Graz,  

Lucien volvía cada mañana al andén central,  

esperando entre la niebla  

ver aquel rostro una vez más.  

Nadie sabe qué ocurrió después.  

Pero cuentan quienes lo vieron pasar

que una mañana Lucien sonrió

al ver un tren avanzar.

Porque entre la multitud

creyó verla llegar.

Y desde aquel amanecer

nadie volvió a verlo esperar.

Tal vez huyeron juntos.

Tal vez lograron escapar.

O quizá el destino, cansado al fin

de verlos sufrir y naufragar,

cerró las puertas del pasado

y los dejó comenzar.

Lejos del ruido de Francia…

donde nadie pudiera volverlos a separar.

Su última función sonaba así:

https://on.soundcloud.com/GHVEy73ueRJgX80HpC

Nicolas Olarte

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