mobile isologo
buscar...

Adivinar el destino

Dec 11, 2023

95
Adivinar el destino
Empieza a escribir gratis en quaderno

Soy el único que usa la pileta de mi edificio. Al menos cuando voy no me encuentro a ningún vecino. La pileta queda en el último piso, tiene una vista abierta a la copa de todos los árboles y techos de casas que rodean al edificio. En realidad el edificio es la oveja negra del barrio. Todavía no se sabe cómo fue que consiguieron los permisos para construirlo por más que sea de altura baja. Tal vez en unos años sea solo el principio del fin de las casas.

 Desde la terraza, el cielo es más celeste y parece estar más cerca mío. Vivo cerca del aeropuerto. Veo pasar los aviones que están próximos a aterrizar. Pasan ya con las ruedas bajas, ventanillas altas, cinturón de seguridad abrochado, asiento reclinado y prohibido el uso de dispositivos electrónicos. Los pasajeros no alcanzan a verme, pero yo sí, aunque sea un instante.

Cada cinco minutos, más o menos, pasa un nuevo avión. Los voy contando, la gran mayoría son de Aerolineas Argentinas. Pero es variado: JetSmart, Gol, FlyBondi. Cada avión que pasa, juego a adivinar el destino de origen. ¿Iguazu? ¿Córdoba? ¿Mendoza? ¿Río de Janeiro? ¿Salta? ¿Montevideo? ¿Bariloche? ¿Trelew?

A mi esposa le gustó la zona justamente por ser combinación de ambas cosas: parece un country, dijo, pero con salida al mundo. “Buah, mundo: de cabotaje…”, respondí y todavía me acuerdo su mirada fulminante. Ella siempre me sacó una vuelta de ventaja porque mientras yo me fastidiaba, ella se iba convenciendo cada vez más sobre el edificio, los vecinos, la cuadra, siempre encontraba un nuevo punto a favor del barrio que yo detestaba. Era lejos de mi trabajo, de mi gimnasio, no tiene cerca ni un café, una farmacia, un quiosco, una verdulería. Pero vivíamos en una bocanada de aire fresco del caos citadino. Con esto de los aviones, en verano, me entretenía bastante. Dejaba el teléfono y subía con un libro, antiparras y mi botella de agua. Cuando sentía el ruido del avión muy cerca, despegaba la vista del libro y la estiraba hacia adelante a ver qué avión pasaba por el cielo. Durante el año iba a poco a la pileta, ni al pequeño solárium que había al lado.

Hoy llegué cansado de la agencia y necesitaba ponerme hielo en la nuca, congelar el cerebro por un rato. Lo pensé mientras se abría el protón del garaje, pero cuando llegué no lo hice. Dejé el teléfono y me vine a la pileta. No hace calor como para meterse, es la humedad que me hace creer que sí. Voy con el menique y rompo la capa de agua que parece solida, impenetrable, se forma un oleaje pequeño como el dedo. Hay algo de viento que me revolea los rulos y pensamientos. Pasan aviones, aviones, aviones: ¿Jujuy? ¿Santiago del Estero? ¿Córdoba? Nunca lo voy a saber. Me apena que todavía no le haya encontrado una idea perfecta a semejante ambiente como para venderle un comercial a algún cliente. Agarré la reposera y la fui moviendo hasta encontrar a un ángulo perfecto para poder mirar más tiempo los aviones, desde que se asoman en el horizonte hasta que los pierdo de vista entre los edificios ya cruzando la avenida para estar, ahí sí, muy cerca de la pista. No tengo hora, tampoco me importa. Escucho a otro avión que se acerca. Sin todavía mirarlo tengo la sensación de que es de Gol. Río de Janeiro. Siento el ruido de las turbinas algo más suaves, como si fuera un avión solo de clase alta, más refinado. Pero el avión que pasa delante de mis ojos lo hace sin pedir permiso, a toda velocidad, con las ventanillas todas bajas. Me quedo congelado. Lo veo nítido, si me estiraba tal vez lo alcanzaba.

Y pienso, hago cuentas, me desespero: si hace tres días fue Rosh Hashaná… y faltan cuatro días para Iom Kipur... Y entonces, claro, recuerdo, lo digo casi susurrando: hoy es siete de octubre. Ya pasó un año de haber comprobado que el mundo era un lugar horrendo como siempre pensé, pero nunca tanto en esos niveles. Me doy cuenta que estoy con la boca abierta, la mandíbula flotando. Me invade la sensación de ser frágil, muy frágil. Me invade la soledad y el silencio.

El avión que acaba de volar es de una aerolínea israelí que tiene prohibido el ingreso a Argentina. ¿Por qué? ¿Cómo? Pienso en que yo solo vi ese avión pasar, aunque ahora ya habría aterrizado, supongo, pero tal vez solo sobrevoló. Me quedo paralizado mirando el cielo esperando a que otro avión me despejé mis dudas o me dé una respuesta que no llegaría.

Silencio de vuelta. Igual que un año atrás. Ni los pajaritos.

En eso, pasa un avión de Jetsmart con las ruedas bajas, ventanillas altas, cinturón de seguridad abrochado, asiento reclinado y prohibido el uso de dispositivos electrónicos.  Lo pierdo de vista. El eco del último avión se desvanece como mis pensamientos. Ya no hay más viento.

Corro hacia el ascensor para bajar hasta mi departamento. Algo está mal. Algo está muy mal. Pienso en bajar por las escaleras aunque no hace falta porque el ascensor se abre solo y se baja Maru. Los dos corremos a nuestro encuentro. Ella recién terminaba de llorar o hacía una pausa.

Apoya su cara entre mi cuello y el hombro.

Vuelve a llorar. Quiere decir algo, respira como si tomara impulso para largar las palabras.

Michael Josch

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión