La danza del tarrito caliente que va dando saltitos mientras gira entre sus manos. De pronto se queda dormido. A partir de ahí es el juego de la lanza, de la leche girando en forma de remolino a medida que se espesa.
La mira, la escucha. La despierta de la misma forma que duerme al tarro. Dice que las variables son bastante precisas: el color de los lentes, si lleva camisa o remera, los aros, el color de pelo. Entonces decide si una flor, un león o un libro. Videncia innata; nunca vi un cliente con queja, ni mala cara, como mucho algún que otro asombrado como si le hubiese leído la borra a una vida que se esbozaba en su cara. Sonrisa de medio tiempo, de coté, entre medio del esbozo y el guardado en el saco.
La uña golpea el metal, luego surca la cerámica y cambia el ritmo. Hace un corte en el medio lanzando el vapor para descomprimir a tempo exacto. El paño que frota la lanza da un pequeño silbido. No emite palabra.
Saludo de ojos, pregunta de ceja, respuesta de labio, de diente que asoma. Mueca de semibeso.
Sin embargo el pecado es inherente al cielo; y cada tanto la uña de su dedo meñique izquierdo no sabe resistirse a clavarse en la espuma, no puede evitar arrastrarse de a poco en el gesto cronometrado con la mirada ajena, hasta llegar a adormecerse justo arriba del labial rojo, y el reluciente color manteca brillante que decora sus paletas.
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