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Baldomero Baldasi

Abr 13, 2025

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Baldomero Baldasi
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  • ¿Lo de todos los días, don? - preguntó el mozo con la inercia de siempre.

  • Hoy no - contestó Baldomero Baldasi rompiendo con la rutina de añares mientras se acomodaba en el mismo banco de madera de siempre, que ya se había amoldado a la forma de su cuerpo. Llevaba un abrigo de piel, que bien podría ser de caniche.

  • ¡¿Cómo que no?!

  • Hoy no tengo plata - replicó Baldomero derrotado, las palabras cayeron al suelo como una bolsa de papas, de papas lavadas.

  • ¿Pero qué pasó?

  • Verás - dijo sacándose el gorro de lana - me quedé pelado.

  • ¿Y eso qué tiene que ver?

  • Que yo siempre trabajé como modelo de pelo, mi vida todos estos años consistió en imponer modas capilares y grabar publicidades millonarias de acondicionadores y tinturas; todas con mi exuberante melena como centro de atención, y ahora todo ha terminado.

  • No sé qué decirle.

  • Nada que decir, no es culpa suya, pero es cierto que no tengo con qué pagarle.

  • Yo me hago cargo - interrumpió el anciano detrás, levantándose - yo me hago cargo de pagarle el café, no se preocupe.

  • Pero no tengo trabajo para devolverle el favor - se lamentó Baldasi.

  • Descuide, no busco dinero a cambio, quiero algo mucho mejor.

  • ¿Qué cosa? - replicó llevándose la mano a la cabeza por costumbre, el mozo miraba atento.

  • Quiero que me deje acariciarle la pelada - demandó el viejo morboso.

A Baldomero se le frunció el cuero cabelludo y el mozo se llevó la mano a la boca.

  • ¿En serio me lo dice?

  • Por supuesto, siempre he admirado su cabellera tupida y hasta he sentido celos de usted, es por eso que al verlo calvo me gustaría saborear la victoria sobando su cabeza - cerró con un movimiento de dedos ondulante.

Doblemente abatido ahora, Baldasi recordó aquella publicidad que había grabado en sus años de máxima melena, la del acondicionador con fragancia a lluvia tropical nocturna. Él entraba en cámara lenta a una peluquería con un ventilador industrial apuntándole al flequillo. Mujeres y hombres por igual se desmayaban a su paso y hasta le ofrecieron una suma absurda de dinero para permitir que una marca japonesa lo usara como mascota oficial y él la rechazó.

Baldasi era un hombre derecho y que no se vendía, pero ahora escuchaba ofertas. Levantó la mirada sin prisa y sintiendo como los últimos hilos de su alma caían al suelo como una bolsa de papas, de papas sucias; acabó cediendo ante la humillante propuesta.

Y así siguió la rutina de Baldomero Baldasi, día tras día, sentado frente al café que jamás probaba, observando la danza sinuosa del vapor, sintiendo los dedos del viejo recorrerle la calva como un violín mudo, sirviendo de apoyamanos.

El mozo balconeaba la secuencia desde el mostrador mientras lustraba unas copas. Atento, como esperando su turno.

Aprendió a soportarlo. Incluso a esperarlo. A veces, en la ducha, se frotaba la cabeza sin darse cuenta, como si buscara borrar huellas ajenas. Extrañando aquella intimidad descabellada, la cercanía del vetusto y sus manos arrugadas. Un romance a flor de piel.

A veces pasaba frente a una vidriera y buscaba su reflejo, esperando algún día encontrarse lanudo y brillante, pero lo único que hallaba era la sombra de un hombre que alguna vez fue una marca registrada.

Lo que antes fue vanidad, ahora era terreno baldío. Donde hubo espuma y gloria, quedaban caricias con olor a alcanfor.

Y mientras el anciano frotaba en círculos como quién lustra una reliquia; recorriendo un bosque fantasma, Baldomero pensaba que quizá el verdadero precio del éxito no era la caída, sino tener que pagar el café soportando caricias a la memoria.

Jeremías Guedes

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