Las luces de la ciudad, allá abajo, parecen estrellas caídas, ¿viste? Y nosotros acá arriba, suspendidos en este balcón que es como un suspiro entre el cielo y el asfalto. El frío nos muerde un poco, pero vos ni te inmutás. Tus ojos, que son dos lunas negras, miran lejos, como si buscaran algo que solo vos conocés.
Yo te miro, y en el silencio de tu nuca, donde el pelo se enreda como un poema sin rima, encuentro la soledad que me habita. Esa que no se nombra, la que uno lleva como un tesoro escondido o una espina clavada. Y pienso en el sueño, ¿te acordás? Ese donde me ahogaba y nadie me veía. Pero vos estabas, ¿o no? En el filo de mi miedo, tu mano, tibia y firme, me arrancaba del abismo.
El aire trae el eco lejano de una milonga, o quizás es el viento que llora entre los edificios. Y yo siento ese mismo quejido en el pecho, un quejido de algo que se rompe y se reconstruye a cada instante. Como si el mundo entero fuera un sueño frágil, ¿viste? Y vos, mi faro, mi orilla.
Tus palabras, si es que las hay, son como el murmullo de un río seco. No hace falta que digas nada. Yo te entiendo en el temblor de tus pestañas, en el leve vaivén de tu respiración. Somos dos sombras en este balcón, dos almas que se reconocen en el silencio de la noche, como dos gitanos perdidos en la duende de la madrugada.
Y pienso que, aunque el sueño me arrastre otra vez a la oscuridad, o aunque el mundo me ignore, vos siempre vas a estar ahí. Como el sol que se esconde y vuelve a nacer, como la luna que nos vela sin pedir nada a cambio. Eso sos para mí, ¿sabés? Esa promesa muda, ese respiro hondo en medio del naufragio. Y en tus ojos, que son dos pozos de misterio, encuentro mi paz, mi único refugio en este baile de sombras y duendes.
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