Salgo a caminar al parque que está frente a mi casa, privilegio citadino, porque una presión en el pecho, que puede ser hormonal, existencial ansiosa, o simplemente la altura del año, no me permite relajarme dentro de este cuerpo que menstrúa. Es domingo y el reloj se pausa brevemente cuando cruzo el umbral que separa el parque de la vereda; veo un niño jugar a la pelota y me asalta esa nostalgia. La de querer volver a ser niña; de volver a correr ligeramente las calles de tierras de unas sierras pequeñas, que pueden medir dos cuadras o dos montañas; de volver a ese olvido del tiempo que es el juego; de volver a recovecos placenteros de una existencia inabarcable y singular, como cualquier existencia.
Sigo caminando hasta llegar a una feria que se organiza todos los fines de semana, a la que casi nunca puedo ir porque también asisto a ferias todos los fines de semana a vender mis productos. Aprovecho la amenaza de lluvia que colma la ciudad, quizás yo tampoco pueda vender nada y salgo como para hacer andar una rueda imaginaria que se me antoja la economía, una ideal, circular, platónica, en la que comprando un poco, aporto a que se mueva algo y de ese movimiento me llegue un poco. Me compro una camisa roja y verde, sincopada con la navidad que se aproxima pero no tan obvia, aunque los colores llamativos provocarán que me puedan ver desde el 3I/Atlas. Ojalá que sí. Y si quieren, que me lleven. Un rato no más, así después vuelvo a seguir pintando y dibujando.
Insisto en la caminata ya un poco más contenta pero aún con esta presión en el pecho, al medio, entre las tetas, y también un poco en la cintura. Los ojos me arden y me provoca querer llorar sin motivos aparentes. Aunque si una busca encuentra motivos de sobra para llorar en este momento histórico, o en cualquier momento histórico en verdad, lo que siempre requirió inteligencia callejera es ser feliz o intentar contentarse con estar viva. Porque no alcanzan las estrategias para eso y siempre hay que estar renovándolas hasta el hartazgo. Por suerte una risa provocada en una boca ajena nos salva de la falsa mansedumbre de los días y de las noches; y si esa risa es provocada por una, elixir de esta existencia que prefiero compartida cuarentamil veces mil.
Antes de la salida a caminar estuve escuchando al Rocco Carbone, junto con La Inca y al Robi Robanocivh en un programa que emite la Futurock los domingo, dirigido por Fede Vázquez. Antes de eso, estuve subyugada a la lectura del Aleph, preguntandome además porqué llegué tan tarde a esa lectura. Tantas voces y tantas palabras dando vuelta por el éter, articulando ideas que son de ahora pero que no tienen tiempo porque pueden ser de hace 2 siglos, o podrán serlo, me devuelve a ese volver constante de la marea que lleva y trae cosas todos los tiempos. Llegué tarde como si realmente existiera tal cosa para una lectura. Y en la radio las discusiones de qué hacer, de cómo inventarse, de salir a charlar con lx otrx distinto, de tender puentes para construir una patria, me resultan ideas vetustas renovadas con la fuerza de la lluvia veraniega. Se me ocurre que hace milenios estamos discutiendo sobre lo mismo.
Ante tan anarquista pensamiento, evoco sin premeditación, la fantasía de una próxima revolución proletaria planetaria; un movimiento pone-bombas en los servidores de internet y de la IA, que le quite aunque sea un ápice de poder a los tecnofeudales que gobiernan en este momento el globo terráqueo. Una fantasía que seguramente en breve iré a ver al cine, filmada en 4K, comiendo pochoclos o nachos con queso, comodamente sentada en una butaca frente alguna pantalla comercial.
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Rocío Giménez Ferradás
Hola! Soy dibujante pero las palabras son un jardin en el que refugio el pensar
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