La noche vino descalza a llamar a mi ventana. Traía tu nombre prendido en los labios, como si los ángeles gitanos hubieran aprendido a decirlo entre el temblor de una guitarra vieja. —No abrí la puerta, descorrí la sangre porque perteneces a mis venas—
¿Quién te sembró en el cielo antes de sembrarte en mi destino? ¿Quién limó la plata de la luna hasta darle la forma de tu rostro? Desde que te conozco, el firmamento anda incompleto. La noche levanta sus manos vacías buscándote, sin saber que la luna escapó para dormirse entre mis abrazos.
Cuando pronuncio tu nombre, los olivos dejan caer un puñado de silencio sobre la tierra, y los ríos olvidan correr para mirarse en tus ojos. Hasta el viento, ese gitano sin patria, se quita el sombrero cuando pasas, porque reconoce en tu luz el antiguo resplandor con que Dios encendió el primer milagro.
No te amo con el amor breve de las rosas, que entregan su sangre a la primera helada. Te amo como el olivo ama la tierra negra, hundiendo sus raíces donde nadie las ve, bebiendo silencio para levantar el cielo con sus ramas, para entregarles eternidad.
Si alguna noche el cielo quisiera devolverte a sus balcones de plata, iría descalzo por todos los caminos, con el corazón abierto como una granada madura, a discutirle el milagro. Le diría que la luna ya no le pertenece, porque aprendió el idioma de los besos y olvidó la lengua fría de los astros.
Qué pobreza la del cielo desde que te marchaste de su vastedad.
Qué riqueza la de mi pecho desde que viniste a habitarlo.
Ahora comprendo por qué la noche se viste de negro; es una viuda que aún llora a su luna perdida. Y yo, en cambio, me visto de esperanza, porque cada vez que tus manos encuentran las mías, el universo vuelve a encenderse como un campo de jazmines bajo la lluvia.
No dejes nunca de llamarte Luna, y que de tu boca jamás dejen de brotar flores.
Porque mientras exista ese nombre, la plata tendrá memoria, los olivos seguirán levantando sus brazos hacia el cielo y mi corazón sabrá que, aunque el mundo se quede sin estrellas, aún habrá una luz capaz de salvar todas mis noches.
Tú eres la luna que el cielo perdió en una noche de jazmines para que yo encontrara lo que ningún hombre alcanza; una eternidad hecha de besos, un amor con olor a tierra mojada y una compañía tan honda que hasta la soledad, al verte, se quitó el luto y echó a cantar entre los olivos.
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