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    Nahuelito - El niño pez

    Oct 4, 2023

    Nahuelito - El niño pez
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    El gato se acerca lentamente al niño, sube hasta el respaldar de una silla y abre su boca cuando está a centímetros del pequeño. El olor rancio de su aleta se esparce en el ambiente mal ventilado y hace que el animal se relama. 

    La mujer que sostiene al niño, baja su mirada y ve al cazador a punto de dar el zarpazo. Lo aleja con movimientos cortos y codazos que da en el aire acompañados de un “shh” entrecortado. El gato hace un maullido de desagrado y se refugia en un rincón, mirándola con odio. 

    La sacudida hace que el bebé se despierte. La madre baila en el lugar para tranquilizarlo. Lo coloca en su hombro y ve como una mosca gigante sobrevuela la extremidad. La aleja con la misma táctica que usó con el felino. La mosca se posa en la silla de comer del bebé y queda quieta. 

    La madre con su mano corre algunos adornos pasados de moda que están en el centro de la mesa e improvisa un lugar para acostar al niño con unas toallas descoloridas que encuentra sobre una mesada. Lo acuesta con cuidado sobre el montón de telas. Saca la pava del fuego y pone el agua tibia dentro de una jarra transparente. Toma un frasco de la alacena, vigilando al niño que se mueve mirando hacia el techo. Abre el recipiente, lo huele y tira el contenido dentro del agua. El granulado se disuelve al instante. Con una cuchara de madera lo revuelve con fuerza. Mete su mano para comprobar la temperatura y empapa un pequeño trapo marrón. Lo estruja y lo pasa suavemente sobre una de las extremidades del niño. Recorre con cuidado cada cartílago. El niño sonríe y se tranquiliza. El color de la aleta se vuelve a tornasolar. Con una de las toallas la seca cuidadosamente, las escamas que rodean el hombro vuelven a brillar. El niño balbucea y mueve su cabeza de un lado hacia otro, mientras la mujer realiza la misma acción en la otra aleta. El gato sigiloso, camina hasta donde están ellos. Con un salto ágil queda al lado del niño. La madre lo acaricia en la cabeza y este ronronea. Huele al niño y se acuesta en un rincón. La madre agarra otro frasco de la alacena, pero éste es opaco. Desenrosca la tapa y mete sus yemas. Una crema espesa y verdosa chorrea de sus uñas y sus nudillos. Antes que siga deslizándose por sus dedos, la coloca sobre la aleta y la esparce con movimientos circulares mientras la sopla. Esto le provoca cosquillas al niño que sigue en movimiento. La crema desaparece entre las venas azules y violetas. La mujer se agacha y saca un gran libro lleno de polvo de abajo de la mesa. Lo tiene que levantar con sus dos manos debido al peso de las hojas amarillentas. Lo limpia con una palma y lo coloca cerca del niño, pero más cerca del gato que sigue durmiendo. Lo abre y lo hojea con rapidez hasta que frena en una página llena de dibujos de peces de distintos tamaños, con anotaciones en pequeños recuadros. Lo recorre con su dedo hasta que encuentra un dibujo parecido al miembro del niño. Da dos golpes sobre la hoja asintiendo que aquel dibujo es igual a lo que tiene delante de sus ojos. Toma una de las aletas del niño con suavidad, la mira a trasluz y la cubre con otra capa de crema. Lentamente van apareciendo pequeños dedos, que se mueven de forma independiente. Las uniones desaparecen. Las uñas y las huellas digitales son visibles. La madre toma la pequeña mano y sonríe complaciente. Levanta al niño y le saca la remera,

    pinchándose con pequeñas membranas que salen de su diminuta columna vertebral. Mete la mano dentro del frasco abierto y la pasa con rapidez sobre la espalda del pequeño. Al instante los pinches desaparecen, y la mujer comienza a llorar de felicidad. Levanta al pequeño sobre sus hombros, mientras lo hace bailar en el aire. El niño sonríe y deja entrever unos dientes puntiagudos separados con forma triangular. Mientras mueve los deditos que salen del muñón con rapidez. 

    La mujer sonriente acuesta al niño sobre la mesa para cambiarlo. El gato se asusta al sentir el peso del cuerpo del niño sobre las maderas. Se levanta violentamente y en medio de su carrera para salvarse, golpea la jarra con agua salada, derramando todo el contenido en las toallas donde está el niño. Al contacto con la humedad, la mano se vuelve aleta nuevamente. La madre se desespera e intenta sacar al niño de ahí pero ya era tarde. Su pecho, su espalda y hasta la parte de atrás de la cabeza están cubiertos por escamas duras. Con desesperación busca una toalla seca que cuelga de una silla y lo cubre. Lo levanta nuevamente y frota la tela rugosa, pero no sucede nada. El gato se limpia las patas saladas en un rincón. El niño llora y la madre también. La mosca sobrevuela otra vez al niño.

    Paula Dreyer

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