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Azul

Sep 3, 2026

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Azul
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Los ojos azules se veían desde la esquina. Eran enormes, y rodeados de una sien oscura y reseca, se me hacían aún más penetrantes. Los pómulos apuntaban huesudos al piso, donde parecía jugar una partida de damas contra sí mismo, moviendo piedritas cuidadosamente. Le faltaba un zapato. Y una de sus rodillas asomaba, con descaro, a través de un agujero del pantalón. Nunca lo había escuchado hablar, aunque siempre lo veía merodear la costanera. El río fluía más abajo, y entre los edificios altos que albergaban oficinas modernas y otras no tanto, y algún que otro adinerado presuntuoso, él permanecía sentado en alguno de los bancos de madera. A veces sobre alguna parecita, pero siempre observando el agua enturbiada por los barcos y las correntadas. Siempre en inmutable templanza y con un silencio tan filoso, que provocaban aún más escozor que sus costillas que de tanto en tanto desvestía el viento. Parecía haberse perdido algunos años en alguna cueva húmeda, mirando a través de alguna rendija el único rayo tenue de luz. Un sol que le oscureció la piel y le aclaró los ojos. Una estrella que no perdona ni a un pobre mudo, secando su garganta hasta que no pueda sino callar indefinidamente. Soltándolo luego en un abrumador cajón de cemento, oprimiendo aún más su cuerpo, para dejarlo siempre flaco y encorvado en sí mismo. A la distancia, se notaba que había sabido ser alto y alargado, como un sabueso de carrera, y el tiempo lo había reducido a un hombre más. Como si fuera blanco, pero sin el dinero ni la impertinencia de caminar erguido en un mundo que sabe le pertenece. Que le fue heredado de nacimiento y siempre tendrá rendido bajo sus pies, que caminan seguros donde otros solo observan y dudan donde pisar. Para no molestar, para no caerse, tal vez. O simplemente entendiendo que viven de prestados, bajo un sol que los señala como a un niño travieso. Que los acorrala en la transparencia y que, solo cuando son vistos, cobran una densidad impropia del paisaje. Lo mejor que podría pasarles, en esos casos, es que los ignoren. Para así no llevarlos por delante, con toda su fragilidad. Pero no fue el caso esa mañana en que, sentada en el banco contiguo, no muy cerca ni muy lejos, me hice la distraída. Y de refilón, cada tanto giraba mis ojos corrientes, iguales a casi todos los demás. Escudriñando en el azul profundo que, lejos de corresponderme el gesto, se hundía bajo el reflejo aguado de los edificios. 

Eliana Marina

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