Cuánta creatividad guardaba en su saco. Cómo no le pesaba. Si traía siempre al río algún truco barato. Si no era que justo le había recordado a su prima, era que ya conocía a aquel perro, o la que más me gustaba de todas: siempre se volvía con media bolsa de facturas a su casa.
Cabe la posibilidad del recuerdo, ya sé. Pero tiene más aura de encuentro azaroso, de dolor de cuello por tanto voltear a ver si viene alguien por la espalda.
Como si el amor se pudiese (pre)ver, como si fuese una despensa 24 hs a la que ir cuando plazca o cuando uno se olvida la cosa más insólita que parece fundamental a deshoras. Qué sé yo, una pila AA. Y en ese estado no parece nada sospechoso entrar entre caras compungidas y borrachos, hablar tras las rejas o un pequeño recuadro donde vernos las caras pero no las manos; hablarnos entre campos minados donde cualquier acción innecesaria puede derivar en noticiero.
Y la petición más absurda es calma. Qué privilegio ser boludo.
Pero no, no es eso. El azar no implica aumentar la probabilidad constantemente no dejando de visitar el río...
—¿Te acordás del relator de fútbol que te hacía reír con los refranes?¿Cómo se llamaba?
—«Si cacarea tanto el gallo, algún día tiene que amanecer». ¿Ése? Un tipazo.
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