Me convierto en verdugo de esta carne marchita,
clavo versos de odio sobre mi piel exhausta,
me flagelo en la sombra con látigos de culpa,
me ofrezco al tormento como sacerdote y bestia.
Soy templo profanado, altar del ultraje,
me inmolo en mi nombre con fervor enfermizo,
porque en la herida hallo un resquicio de pulso,
un mínimo latido que me finge existir.
Me abro la carne con uñas de ansia,
como quien reza un salmo retorcido,
y de la sangre brota un canto secreto,
un réquiem que nadie podría redimir.
Dios de la nada, escucha mi himno:
no busco tu gloria ni tu limosna vana,
me basta con hundirme en la grieta sagrada
donde mi mente se quiebra y se llama traidor.
Yo mismo corono mi calavera doliente,
yo mismo decreto mi exilio y mi ruina,
pues no hay mano piadosa que borre el desprecio
con que me contemplo, desnudo y sin ley.
Me flagelo de aurora, me destierro de noche,
y no rezo perdones a cruz ni a bandera,
mi culpa es mi reino, mi sangre mi dogma,
mi espíritu es el cáliz que quiebro sin paz.
Si el amor no me salva, si la vida me escupe,
yo seré penitente de mi propia miseria,
incensario marchito, vestal que blasfema,
una bestia entregada al placer del final.
Látigo eterno, consagra mi carne.
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