Atreverse, del verbo atrever. Atreviéndose a un camino que se abre. Abriendo los ojos, mirando hacia adelante sin temor, entendiendo que el miedo no desaparece del todo, aunque deja de gobernar cuando aparece el fruto vestido de valiente. Aquel que madura pausado y florece dispuesto a no caer; compatible con ser y con la tierra. Ser de la tierra, nacer del brote, regarse los tejidos que faltan por hilar. Y no solo regar, saber sostener, saberse escuchar, y con la paciencia de una semilla en una estación propicia, verse. Sinónimo de observar. Observando mientras se anda, mientras se huele, mientras se aprende del mundo por los poros y no solo los ojos. Entre girar y girar, andar con el paso consciente, firme y sencillo. La sencillez que se toma pero no se apropia. Pero, como no sabemos de tantos peros, que los peros se queden dormidos en el olvido. Olvidando la hierba mala, el patizal malherido arañando las plantas de los pies. Planta que se impregna y pies que buscan su lugar de paso en paso, de huella en huella, comprendiendo que toda senda comienza apenas con la primera intención. Como la memoria, que aún conserva las raÃces que ella misma echa y las vecinas que saludan. Saludo de la ventizca, de la lluvia, del cielo y un dÃa cualquiera al volver a reconocerlas. Un dÃa que puede durar tan poco o una noche que se prolonga, los minutos que se regalan, sin embargo no se compran, aquellos que no a cualquiera se los has de fiar, porque no pertenecen a cualquiera ni cualquiera sabe habitarlos. Quizás ahà el habitar consista en extender la rama del brazo, alcanzar el tronco del cuerpo, rasgando el menosprecio; antónimo de valorarse, del verbo valorar. Valorándose uno mismo, hasta la pequeña fracción de una versión menos encendida. Quien aprende a hacerlo descubre que merece cultivarlo, dándole un nuevo valor a la vida nuestra. La vida que nos transforma mientras se repasa el camino, una y otra vez, del verbo comenzar. Porque una vez nunca es suficiente, de los nunca-nunca que se aleja y le grita a los siempre-siempre. Nunca dejarse estancar, siempre siguiendo hacia la fértil voluntad que no ha de callar. Callarse no viene incluÃdo y si asà lo fuera, gritarÃa y soñarÃa el grito libre de unas manos desatadas. No más llanuras cerradas, no más mantos incoloros. Es el color que abraza con gentileza, el que llena un jarrón y se vierte sobre todo lo que se puede pintar, apreciar y sentir.
Atreverse.
Del verbo vivir(se).
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