Estoy atrapada mirando nuestros recuerdos, como si fueran una película rota que se repite una y otra vez frente a mis ojos. Nos veo felices, te veo a ti, me veo a mí y veo a ese bebé que jamás sostendremos entre los brazos.
Comprendí, de golpe, que estoy condenada a presenciar esta historia de terror, un sueño que mi alma deseó con la fuerza de una vida entera pero que jamás tocaré con las manos.
Ni tú ni yo, ni el nosotros que creí eterno. Ya no estamos juntos, y ese hijo que imaginamos no llegará a este mundo que ya no compartimos.
Miro mi rostro en el espejo, ese cristal que nos separa de la realidad. Aterrada, giro la vista hacia mi silueta: estoy sola, destrozada, con los ojos hinchados por un llanto que ya no quiere callar. Veo el reflejo de lo que soñé contigo, reflejo que ahora se quiebra, que se desvanece como humo en mis manos.
Vuelvo al espejo y ahí estás. Me miras fijamente, como si esa imagen congelada fuera lo único que queda de ti en mi universo. Y yo no sabía que esa sería la última vez que te miraría, no sabía que ese instante sería nuestro adiós:
vacío, sin palabras de consuelo, solo silencio, un silencio inquietante, donde antes nadie podía callar el ruido hermoso de nuestro amor.
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