A esta altura de mi vida, debería estar acostumbrada a las despedidas.
Podría decir que es una lección que repruebo con dignidad,
entonces al universo no le queda otra que desaprobarme
y mandarme a recuperar el exámen, una y otra vez.
.
Puedo escribir sobre las despedidas:
describirlas, hacerles poemas, canciones...
ponerles apodos, vestirlas, acomodarlas en los estantes,
prepararles una comida.
Puedo defenderlas:
decir que son necesarias,
que aunque duelan, tienen sus motivos.
.
A algunas las puedo mirar a la cara y decir "gracias".
A otras... no les puedo sostener la mirada,
pues me han roto por dentro,
y todavía estoy juntando los pedazos.
.
Puedo apilar cada despedida y hacer una escalera hacia el cielo.
O usarlas de puente para cruzar al otro lado del río.
Y todavía me sobrarían.
.
Puedo usarlas de inspiración, de consejeras, de ejemplo.
Puedo reír con ellas, bailar debajo de la lluvia.
Puedo tomarlas de la mano para cruzar la avenida.
Puedo enseñarles a andar en bicicleta,
a remontar un barrilete,
a coser, a tejer,
a usar los electrodomésticos.
Puedo contarles un cuento antes de ir a dormir.
.
Y es tal la conexión que tenemos,
que hasta puedo sentirlas llegar
antes de que llamen a la puerta.
Es más, puedo olerlas entrando a la ciudad,
cargando la valija en el taxi.
.
Sé que vienen de lejos.
Sé que cuando las ven pasar, todos huyen.
Y yo... inevitablemente las espero.
.
Pero no me malinterpreten:
las siento, las conozco, las aprecio,
las admiro, las necesito, las idolatro, las perdono...
pero sigo sin entender qué significan,
y por qué la vida insiste en subirme a ese mismo escenario
a cantar karaoke con ellas,
una y otra vez.
.
Tal vez un hilo rojo nos une, aunque no sepa por qué.
Tal vez ellas estén hartas de mí también.
Tal vez es el precio que pago por tener fe.
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