Así empezó nuestro año
con el inventario incompleto de los miedos
y una taza de café temblando en la madrugada,
con la ciudad bostezando semáforos
y yo aprendiendo a pronunciar tu nombre
como quien prueba una contraseña nueva
sin saber todavía qué puertas abre.
Así empezó
con la torpeza luminosa de dos desconocidos
que se miran como si el mundo
hubiera decidido guardar silencio
para escuchar mejor.
Así empezamos
como empieza el fuego cuando aún es promesa:
una chispa discreta,
un gesto mínimo,
la sospecha de que arder
también puede ser una forma de hogar.
Así empezó
con canciones que no sabíamos que nos esperaban,
con bares que aprendieron nuestra risa
y mesas donde el tiempo se sentó a mirarnos
sin reloj ni prisa.
Así empezamos
como el asfalto después de la lluvia:
duros por fuera,
pero reflejando el cielo
cuando nadie lo espera.
Así empezó
con miedo, sí,
porque todo lo verdadero da vértigo,
porque quererse es aceptar
que el suelo no siempre avisa
antes de desaparecer.
Así empezamos
con una valentía torpe,
prestada,
suficiente para quedarnos
cuando lo fácil habría sido irse.
Recuerdo el primer día
como se recuerdan las fechas importantes:
no por el número,
sino por la forma exacta
en que el corazón aprendió
una nueva manera de latir.
Ese día
las calles parecían ensayadas,
los semáforos conspiraban a nuestro favor,
y hasta el ruido del mundo
sonaba a fondo musical.
Todo pasó sin grandes fuegos artificiales
—porque el amor serio no necesita espectáculo—
pasó como pasan las cosas que importan:
en voz baja,
dejando huella.
Así empezó nuestro año
mientras el mundo seguía con sus guerras,
sus titulares urgentes,
sus tragedias en letra pequeña,
y nosotros aprendíamos
que dos personas sentadas frente a frente
pueden ser una forma legítima de resistencia.
Así empezamos
descubriendo que estar
ya era bastante,
que no hacía falta llegar primero,
ni ganar nada,
ni demostrarle al futuro
que teníamos razón.
Así empezó
cuando entendí que no tenía que salvarte
ni tú rescatarme,
que bastaba con caminar juntos
sin empujarnos al abismo
ni disfrazarlo de destino.
Aprendí tu silencio
—ese que no pide explicaciones—
y tú aprendiste mis manías,
mis excesos de palabras,
mi costumbre de escribir
cuando no sé quedarme quieto.
Así empezamos
a construir algo que no hacía ruido,
pero pesaba,
como pesan las cosas que son verdad.
Hubo domingos que parecían lunes felices,
noches que duraron lo justo
para no romperse,
planes improvisados
que resultaron ser refugios.
Así empezó
cuando tus ojos dejaron de ser solo hermosos
y se volvieron hogar,
cuando tu risa dejó de ser sonido
y se convirtió en dirección.
Así empezamos
a doblar los mapas,
a cambiar rutas,
a aceptar que no todo se entiende
y que aun así vale la pena.
Nuestro año
no fue perfecto,
fue honesto,
y eso lo hace invencible.
Porque empezamos con miedo,
sí,
pero aprendimos a dejarlo atrás
sin hacerle monumentos.
Porque entendimos
que amar no es prometer eternidades,
sino sostener el presente
con las dos manos.
Así empezó
y así empezamos:
sin saberlo todo,
sin tenerlo claro,
pero con la certeza rara
de que, por primera vez en mucho tiempo,
el camino
no dolía.
Así empezó nuestra historia
y, aunque el mundo insista en terminar cosas,
esto no ha acabado.
Solo sigue.
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