Nada es igual a estar con vos.
Ni las peleas, ni los gritos. Incluso herirnos se siente distinto.
Tiene un gusto particular, como la sangre que me chorrea del labio después de un golpe, pero inmediatamente sonrío porque sé que valió la pena.
Vos valés cada segundo en el que siento que mi corazón se estruja de dolor, valés cada centavo.
Con vos todo es nuevo, fresco; como el viento de las olas que chocan contra mi rostro, como el trozo de carne que corto.
E incluso si esto llegara a arruinarme y destrozara mi vida, todo sufrimiento valdrá la pena.
Porque en el fondo, puedo sentir el placer de poder vivirlo.
Hasta la discusión más estúpida atraviesa mi piel y se cuela entre mis venas, y yo solo puedo suspirar y decir: por fin siento algo.
Vos me llenás de maneras que jamás creí posibles.
Ahora me encuentro llorando en mi cuarto. La lluvia cae de fondo y no puedo sentir más que un molesto hormigueo.
Te extraño. Ojalá estuvieras acá. Aunque sea para decirme que no llore más y mirarme con ese rostro amargo que ponés cada vez que algo te saca de quicio.
Enamorada de tus defectos, cierro mis ojos y te observo en mi mente.
Aferrada a vos como a un ancla, hipnotizada por tu temperamento, sintiendo retumbar ese timbre de voz agudo que hacés cada vez que te quejás.
Y lo prefiero antes que esto, antes que el malestar de estar solo acompañada de mi sombra.
Ya no puedo vivir más así.
Viví mucho tiempo en eterna soledad, una hibernación infernal, tanto que ya no la quiero. Y estar con vos es como recibir un abrigo que me acoge después de tanto tiempo.
No puedo evitar seguir derramando lágrimas por vos, porque en el fondo, no importa qué haga, el dolor siempre me acompaña.
Tu ausencia pesa tanto en mi interior que comienzo a pensar que, en algún momento, sin darme cuenta, me volví adicta a vos. A tu forma particular de caminar, al olor de tu shampoo, a la sensación de tus dedos filtrándose por mis piernas mientras manejás.
Ahora necesito saber cómo estás. Y la paradoja más grande es que paso más tiempo de mi vida extrañándote de lo que te puedo ver.
Apenas te puedo disfrutar. Y si pudiera pedir un deseo ahora mismo, te pediría a vos. En esta y en todas las oportunidades que le sigan.
En esta y en todas mis vidas. Porque tu compañía es muy distinta a todas las personas que conocí alguna vez.
Cuando te digo esto, encriptado a través de un pensamiento que se me atraviesa, vos te reís y jurás que miento.
“Qué tipo ingenuo”, pienso.
Pero vos insistís —condenado a tus inseguridades—, muy seguro de que a mí no me hace falta tu existir, que solo estoy inmersa en un deseo egoísta otra vez.
La realidad es que yo jamás tuve miedo —ni necesité aprender— a estar sin compañía.
Quien sabe de lo que habla no le teme a lo que ya conoce.
Y la soledad se arrastró junto a mí desde que nací.
Estar con vos es una elección que por momentos se siente errada, pero en el fondo se disfruta mucho.
Te siento, y es como sentir el sol después de un tiempo. Iluminás cada sector oscuro de mí. Lográs eliminar aquella frialdad que hay dentro mío, y si me abraza el calor de tu cuerpo o el cariño débil de tu voz, puedo por fin respirar porque en el fondo, sé que voy a estar bien.
Seguiré negando, una y otra vez, tus suposiciones, porque estoy segura de que, si hay algo que deseo más que nada en este mundo, es que nadie se interponga en mi camino.
Ya no podré soportar que sigan arruinando mi jardín, pisando lo que me ha costado tanto regar. Pero cuando se trata de vos, parece que mi firmeza se afloja. Tiemblo de los nervios, casi como si pidiera ser pisoteada.
Siempre tenés la puerta abierta a infiltrarte en mi hogar, hacerme perder la cabeza, desordenar mi día, hacerme poner histérica, todo eso que en el fondo tanto te gusta.
¿Tengo que aclarar lo mucho que te quiero para poder permitirte eso? Porque es tanto, que ya no alcanzan las palabras ni la ternura de este cruel mundo para poder enseñártelo, para poder expresarlo; para poder volcarlo en una oración, como he hecho miles de veces en estos inútiles escritos.
El olor del maíz cocido inunda mi casa y me tomo un té para ver si mi cuerpo por fin se relaja. A ver si impido que la ansiedad me carcoma tanto que se apodere de mí y me pierda en un abismo.
Desesperada, busco pensar en cualquier cosa que me calme. Mi pulso irregular aumenta mi presión y solo puedo pensar en lo mucho que te necesito.
Qué tipo de brujería hiciste, que no te puedo sacar nunca de mi mente.
Constantemente pienso en vos y en cómo quisiera ser parte de tu cuerpo, porque nunca es suficiente el calor y el contacto humano que nos damos.
Sigo anonadada por tu bondad, por la ternura que esquivás pero que te sale natural. Me hace querer darte todo de mí, mi profundo amor.
Jamás me pedís nada y yo te deseo igual, siempre atenta a lo que sucede en tu interior.
Apuesto hombre de pelo revuelto, y esos ojos que me miran con tanta delicadeza y deseo, tanto que quiero hundirme y morirme en ellos. Ahógame con tu calor, con tu color, con tu aroma a cremosidad.
Arruiname. No hay cosa que anhele más que eso: ser aplastada por todo tu cuerpo en una noche intensa de calor hasta fundirme en vos.
Tu aura intimidante me presiona hasta llevarme al borde, y en el fondo, no quiero dejar de sentir nunca esa sensación.
Son demasiadas las cosas que puedo recordar sobre vos, que podría mencionar.
Hace tiempo me he rendido ante la forma de tu cuerpo, cautivada por tus rasgos e ilusionada por volver a sentir la sensación de tu piel. Puedo identificar tu forma de reír a lo lejos, y más de una vez pienso, casi automáticamente, en cómo me sonreís.
A veces pienso cómo no te cansás de explicarme las cosas todo el tiempo, como si estuvieras atravesado por una resignación absorbente. E incluso, luego de la peor discusión del mundo, cuando la tormenta cesa, lo único en lo que puedo pensar es en cómo me tolerás.
Ojalá pudieras ver con mis ojos lo mucho que aprecio y valoro todo tu ser, tal vez de una manera inimaginable, tal vez de una forma muy distinta a cómo te mostraron antes.
Desearía que mi sombra no te recordara constantemente a esos fantasmas del pasado que tanto te hacen sufrir. Pero yo te advertí que soy una chica triste, un poco dañada, con un corazón que palpita a medias.
A veces, solo soy yo arrastrando un baúl con todos mis recuerdos e intentos fallidos, resistiendo, haciendo lo que puedo.
Tu buzo rojo me viste como si fuera parte de mí, y me abrazo a él, sintiendo un poco de tu aroma. La cama ya no es tan cálida en comparación.
Mi cabeza es un remolino de pensamientos sobre las cosas que te dije, las que me dijiste, el cómo lo hiciste. Entonces mi rostro se vuelve a sentir salado, deseando sentir tus brazos alrededor mío y esconderme en la tela de tu camisa.
Quisiera acariciar tu rostro y que tu vello apenas visible me raspara, solo para recordarme que estás acá, conmigo.
Que con tan solo verte a los ojos podría descifrar cómo estás, porque es inevitable no captar la tristeza en ellos.
Me cuesta admitir que a veces te necesito más que el aire que respiro, que anhelo verte porque la presencia de tu cuerpo es más indispensable que cualquier otro afán.
Me pregunto ahora mismo si pensás así de mí.
La duda me sobrepasa y comienzo a pensar que, en realidad, en el fondo solo te usurpa el rencor. Por mi torpeza, por mi terquedad, por mis malas contestaciones, por este malestar que parece no tener final dentro de mí.
Ojalá pudiera ser una mujer perfecta, poder ofrecerte más de lo que soy. Pero es inevitable ir contra la tormenta, porque, como te dije, soy solo un torbellino de problemas llevándose consigo todo lo que se cruce en el camino.
Soy así: malcriada, caprichosa; un poco exagerada. Intensa y sentimental, con muchas vivencias dolorosas latiendo a flor de piel, que supuran constantemente y te salpican al caminar cerca de mí.
Te pido disculpas de antemano por no poder arreglar los fallos que aún albergo en mi interior. Ojalá en el fondo lo entiendas y te enamores de ellos con pasión.
Ojalá algún día puedas verme como soy y pienses que la vista es igual de linda que el primer día que nos encontramos y paseamos bajo el sol.
Yo solo le pido a Dios —más de lo que quisiera— gustarte por lo que soy. Sin disfraces, sin mentiras. Solo abriendo mi interior podrido para dejarte ver mi inútil corazón.
Fantaseo besarte hasta que mis inseguridades y tus miedos se acaben, y que vos me digas al oído, suavemente, que soy todo para vos.
Y yo te pido que me arruines, una y otra vez. En la cama, en el sillón, en los momentos fervorosos en tu auto, incluso en el ascensor. Ya no me importa dónde, siempre y cuando sea con vos. Siempre y cuando prometas no dejarme, y me des un beso cada vez que vayas a soltarme.
Si fuera por mí, te pediría que me amarraras a tus brazos infinitamente, hasta adentrarme en tu pecho, hasta hacerme una con vos.
Fantaseo con la muerte más de lo que me gustaría, más de lo que sueño con vos.
Ojalá pudieras comprender mi oscura mente y no aterrarte con todo lo que en mí es vulnerable.
Pienso siempre en la sensación de tus besos húmedos, en tu mirada vacía y en aquel deseo intenso que guarda tu cuerpo. Me hechiza, me carcome por dentro.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión