Hay una intemperie
instalada en la casa
no entra por las ventanas,
ni por las puertas,
habita en los márgenes,
en la respiración entrecortada
de las cosas que todavía
no se rompen
algo se ha desplazado
no sabría decir qué,
pero el aire tiene otra densidad,
como si cargara
un presagio mudo,
una grieta mínima
sosteniendo el día
él
centro antiguo de todas las certezas,
ahora es una forma más leve,
casi translúcida
en algunos instantes,
como si el tiempo
lo pronunciara distinto
y yo
torpe de adultez
improvisada,
ensayo una firmeza
que no me pertenece,
junto palabras como quien arma
un refugio precario
contra lo inevitable
pero sin nombrarlo
colecciono vestigios,
la cadencia de su voz,
la cartografía de sus manos,
la manera en que su presencia
todavía organiza el mundo
aunque todo vacile
pero llega la noche,
esa intemperie más honda,
y se me desarma la arquitectura
cedo
retrocedo años,
lenguaje,
defensas,
hasta quedar reducida
a lo esencial
una niña
en estado de vigilia,
aferrada a una fe primitiva
casi supersticiosa
que insiste
en que el amor,
si es lo suficientemente vasto,
puede torcer el destino
aunque el destino
ya esté inclinándose
y ahí permanezco,
en ese umbral
donde lo que es
y lo que tiembla
respiran juntos,
mientras el miedo
silencioso, mineral
aprende tu nombre
en la oscuridad
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