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¿Argentinidad?

Jun 12, 2025

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¿Argentinidad?
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Supimos construir identidad.
La construimos para los que escapaban de guerras, para los que llegaban con una mano atrás y otra adelante, para los que traían historias de hambre, de dictaduras, de desesperación. Lo hicimos con los inmigrantes europeos, lo hicimos con los venezolanos que cruzaban la frontera buscando un poco de respiro. Les dimos abrigo, palabra, costumbres. Les dimos algo de lo nuestro. Y eso que les dimos… fue identidad.

Pero en el camino, mientras abríamos las manos hacia afuera, nos olvidamos de prender la llama adentro.

Argentina siempre fue más que una economía, más que una grieta, más que una bandera. Fue la calidez, las charlas con el mate, el abrazo que aparece cuando no hace falta decir nada. Fue el gesto, el humor ácido, la picardía, la resiliencia. Fue una forma de ser en el mundo.

¿Y hoy?
Hoy no hay ningún presidente que haya puesto la argentinidad arriba de todo.
Ninguno se sentó de verdad a escuchar al pueblo.
Ninguno supo mirar más allá de la coyuntura, del eslogan, del marketing político.
¿Si le preguntás a un argentino si prefiere superávit fiscal o aumentarle a los jubilados?
Ya sabemos la respuesta.
La dignidad no se negocia.
Pero parece que nadie en el poder se dio cuenta.

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Perdimos algo más que estabilidad.
Perdimos confianza.
Dudamos de la justicia cuando se dicta una condena.
Dudamos de las fuerzas del orden, de quien gobierna, de quien nos atiende en un hospital público.
Dudamos porque ya no sabemos si los valores están intactos.
Y cuando ya no creemos en nadie…
¿qué nos queda para la vida cotidiana?
¿Quiénes somos cuando somos en casa?

Decimos que somos empáticos, sororos, solidarios.
Pero al que pide dignidad lo miramos de reojo.
Como si fuera un exceso.
Como si pedir lo básico fuera un lujo.

Perder educación es perder dignidad.
Y perder educación es también perder respeto, perder historia, perder pensamiento crítico.
Ya no nos interesa lo empírico, ni cómo se construyen los verdaderos cambios.
Todo se reduce a un tuit, a una consigna vacía, a un discurso que suena fuerte pero se evapora al día siguiente.
El poder ya no se busca para transformar, se busca para que no lo tenga el otro.
Y así… nadie hace nada.

Todo se piensa en corto.
Todo es ya.
Como si un país pudiera destruirse y levantarse en un par de años.
Nos olvidamos de que se necesitan 18 años para que una persona camine sola por la vida.
Y aun así, necesita ayuda.
¿Quién creen que gestiona y visualiza los cambios?
¿Quién cree que un país es solo la gestión de un presidente?
Todo lo que somos hoy es producto de quienes fueron antes.
Y de cuánto tiempo fueron antes.

Algunas tradiciones pueden parecer una pelotudez.
Está bien que cambien, que evolucionen.
Pero quien ama la tierra donde nació y creció, entiende que hay gestos —simples, pequeños— que son una forma de decir: yo pertenezco a este lugar.
Poner la mano en el pecho no tiene que ver con un gobierno.
Ni con una familia.
Tiene que ver con el colectivo más grande que existe: el de pertenecer a un país.

Mostramos con orgullo el mate cuando estamos afuera.
Celebramos a nuestros futbolistas, nuestras costumbres.
Pero sería bueno también decir que hace tiempo que nuestra identidad se volvió más una anécdota que algo que sentimos.

Porque hace tiempo que dejamos de comer asado porque la carne está cara.
Hace tiempo que el mate, en muchas casas, es sinónimo de poner algo en la panza más que de compartir una charla.
Hace tiempo que las empanadas se hacen para vender y llegar a fin de mes.
Hace tiempo que las escarapelas y las banderas las venden manteros que solo quieren llevar un plato de comida a su casa, y que les da igual qué estén vendiendo.
Hace tiempo que lo anormal se volvió normal.

Y eso también es perder la identidad.

bebyh:)

Fotos de Agustinn Fernandez (https://unsplash.com/es/@agustinfernandez)

Marcelo Bebyh

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