Caminaba con desánimo, envuelta en mi vestido azul, ese que me puse sin ganas, como quien cumple con la rutina de seguir respirando. Arrastraba los pies entre las calles mientras el mundo seguía girando sin mí, indiferente a la tormenta que llevaba dentro. No recuerdo por qué terminé en aquel teatro. Tal vez buscaba refugio del ruido de mis pensamientos o tal vez el destino sintió lástima de mí por una vez.
Las luces se apagaron y entonces te vi.
Sentado en medio del escenario, con tu traje negro impecable y un pequeño violín descansando entre tus manos. Cuando comenzaste a tocar, juré que el tiempo se detuvo. Cada nota parecía arrancarme un recuerdo, una herida, un pedazo de aquello que aún me mantenía viva. Yo debía estar observando el espectáculo, pero terminé observándote a ti.
Y entonces ocurrió.
Tus ojos encontraron los míos.
Por un instante aparté la mirada, convencida de que había sido un accidente. Pero cuando volví a buscarte, seguías ahí. Entre cientos de rostros, seguías mirándome a mí. Quizá fueron segundos, quizá menos, pero en mi memoria aquel instante dura una eternidad.
Sentí algo extraño, como si por primera vez en mucho tiempo alguien hubiera visto la tristeza que escondía detrás de mis sonrisas cansadas. Como si por un momento hubieras leído todas las historias que jamás me atreví a contar. Y mientras tu violín llenaba el teatro de melodías, yo me preguntaba por qué un desconocido parecía entender tanto de mí sin haber escuchado una sola palabra.
La música terminó demasiado pronto. Los aplausos llenaron la sala y la realidad volvió a su lugar. La gente comenzó a levantarse, a marcharse, a continuar con sus vidas. Yo también debía irme.
Pero antes de cruzar la salida, giré una última vez.
Y ahí estabas.
Ya no tenías el violín entre las manos. Ya no estabas tocando. Solo estabas ahí, mirándome. Nos quedamos viendo en silencio, sin palabras, sin presentaciones, sin promesas. Solo dos desconocidos sosteniendo una despedida que parecía demasiado triste para personas que nunca se habían conocido.
Después me fui.
Esa noche regresé a casa con mi vestido azul y algo que creía perdido: esperanza. No sabía tu nombre, ni quién eras, pero por primera vez en mucho tiempo sonreí al pensar en el mañana y quizá nunca volvería a verte o quizá las casualidades aún no habían terminado de escribir nuestra historia.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión