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aquel último verano en bs as

ramiro#32

Jun 11, 2024

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aquel último verano en bs as
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Es un verano a oscuras en algún barrio de Buenos Aires. Era 2001 y la incertidumbre se respiraba en el aire, densa como el humo de los cigarrillos baratos que fumaba la hermana de Santi para calmar los nervios. Santiago y su mejor amigo Manuel, de quince años, se refugiaban en el fondo del patio de la casa de Santi. La crisis económica había reducido las calles a paisajes fantasmales, y los apagones frecuentes convertían las noches en un teatro de sombras inquietantes que, cuando el viento soplaba, parecían contar viejas historias.

Santiago estaba perdidamente enamorado de Manu. Su amistad había sido un ancla en ese torbellino de caos y tragedias. Esa noche, compartían una cerveza que habían robado de algún almacén; entre trago y trago, los jóvenes sentían cómo se filtraba el sabor amargo de sus destinos. La luz de las velas blancas proyectaba sus sombras en las paredes, alargándolas y deformándolas en figuras grotescas que parecían vigilar cada movimiento del lugar.

Se conocían desde siempre, desde que los helados y las pilladitas eran su única preocupación. La confianza entre ellos era algo que llevaban muy dentro, tan adentro que, en momentos de ebriedad y confusión, sus labios se encontraban en besos robados donde solo la pálida luz era testigo. Después, los besos se convertían en golpes y los golpes en risas, como si los besos fueran parte de algún juego. Eran jóvenes, sí, pero en esos corazones ya estaban latiendo los primeros síntomas de un amor que ambos sabían que nunca terminaría de surgir.

El sol se había ocultado completamente, dando lugar a la luna que parecía centinela cuidando los secretos de la noche. Las palabras fluían con mucha facilidad entre los jóvenes. Hablaban de la vida, de sus sueños, de escapar de ese lugar. Santiago contaba que se imaginaba enseñando en una escuela gigantesca y que siempre que pudiese asistiría a los partidos de fútbol de Manu. Manu sonreía, y Santiago sentía un nudo en el estómago, una mezcla de felicidad, complicidad y dolor. Pero esa tranquilidad era efímera; un grito rompió la noche, un sonido que no pertenecía a los pleitos habituales de los padres de Manu. El grito era de terror puro, visceral, que erizaba la piel a ambos.

Santiago se incorporó, tratando de mantener la calma. —¿Otra vez tus padres? —preguntó, pero su voz temblaba, traicionándolo.

Manu asintió, su rostro pálido. Pero había algo más en sus ojos, una expresión triste. Los gritos continuaban, cada vez más desesperados. Santiago sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral. A través de la ventana, vio cómo las sombras en el interior parecían cobrar vida propia, alargándose y retorciéndose en formas tenebrosas.

Los chicos corrieron hacia la casa. Manuel entró en su casa y se perdió en la oscuridad del pasillo.

Santiago se preocupó. Algo no iba bien. Entonces el silencio reinó. Las sombras se desvanecieron y Manu apareció de entre ellas. Su rostro hermoso y pálido ahora estaba distorsionado por el miedo, sus ojos abiertos de par en par, reflejando el pánico. Los labios temblaban, y había miedo en su mirada, algo que Santi nunca había visto antes en él.

Manuel estaba parado en la puerta cuando una figura similar a su madre emergió de las sombras. Con un movimiento brusco, lo empujó hacia adelante, haciéndolo caer sobre Santiago. Antes de que Santi pudiera reaccionar, la figura, un ente deformado y grotesco, comenzó a apuñalar repetidamente la espalda de Manu. La sangre brotaba en oleadas, tibia y pegajosa, empapando la ropa de Santiago.

Santiago estaba inmóvil, sus ojos fijos en la escena de pesadilla. La criatura se volvió hacia él, y en ese momento Santi pudo observar su rostro en cámara lenta: la figura no tenía boca, solo una superficie lisa y pulida donde deberían estar los labios. Sus ojos eran afilados, como los de un felino.

La criatura avanzó hacia Santiago, y él sintió cómo su cuerpo se volvía pesado, sus párpados cayendo mientras el terror lo consumía. Lo último que vio antes de desmayarse fue la forma grotesca inclinándose sobre él, sus ojos que no transmitían nada más que frialdad y su grito, la criatura le gritaba.

Despertó en su cama, con el eco de los gritos y la imagen de la criatura retorciéndose en su mente. Santiago observó a sus hermanas, una de 17 años y otra de 10, compartiendo un momento de calma en medio del caos que se había desatado en esa vieja casa de barrio. El aroma del matecocido y tostadas llenaba la habitación.

Santiago buscó respuestas, buscó consuelo en la mirada de su hermana mayor, pero ella simplemente le hizo una señal para que mirara el noticiero. Las palabras crueles destellaron en la pantalla, y la realidad golpeó con fuerza.

ASESINÓ A SU HIJO Y SE FUGÓ. ¿RITUAL SATÁNICO?

Una oleada de dolor y desesperación lo inundó, y las lágrimas comenzaron a fluir, un torrente de angustia y desamparo. Había sido testigo de la tragedia, pero no pudo hacer nada para detenerla. Su mejor amigo, había sido arrebatado de su lado de la manera más cruel imaginable.

Tomó sus cosas y se escapó, corriendo hacia la plaza en busca de algún tipo de alivio. El humo del cigarrillo se elevaba en espirales alrededor de él, pero no lograba calmar esa tormenta que golpeaba su mente.

Santiago se mecía en la hamaca, sintiendo el suave balanceo como un intento desesperado por alejarse de la pesadilla que se había desatado a su alrededor. La figura demacrada de la madre de Manuel se acercaba lentamente hacia él, con cada paso se sentía el tintineo de las llaves que siempre cargaba. Soltó el cigarrillo con un temblor en las manos y echó a correr.

La comisaría del barrio, un edificio viejo y casi sin uso, se alzaba frente a él. Entró, sintiendo la mirada de los policías gordos posarse sobre él. Respiró hondo y señaló la foto que colgaba en el mostrador, el rostro familiar de la madre de Manuel mirándolo con ojos vacíos.

—Quiero hacer una denuncia —dijo, luchando por mantener la compostura.

El policía se acercó, oliendo a colonia barata y cigarrillos.

—¿Qué viste? —preguntó el policía.

—Estaba en el parque —respondió Santiago, tomando aire con dificultad—. Después me sacó corriendo. Su ropa estaba toda sucia con sangre y andaba descalza.

El policía asintió con desgana. —Bien pibe —dijo—. Quédate tranquilo, te vamos a llevar a tu casa. Gracias.

Santiago se subió a la camioneta, el zumbido de la radio llenando el silencio incómodo. Una canción horrenda sonaba en la radio, su melodía distorsionada lo ponía nervioso. Mientras avanzaban por las calles oscuras, Santiago vio a la mujer sentada en el banquito de la esquina, fumando y riendo con una risa que le heló la sangre.

—¿Está mirando eso? —preguntó Santiago, pero no obtuvo respuesta. Se preguntó si estaba perdiendo la cordura, si la línea entre la realidad y la fantasía se estaba desdibujando ante sus ojos. ¿Acaso heredaría la demencia de su abuelo, o había algo más siniestro que otros no querían ver? Santiago se sintió más solo que nunca.

Los días siguientes, Santiago se sumergió en un torbellino de pesadillas y paranoia. La imagen de la mujer demacrada lo perseguía en sus sueños, sus ojos vacíos y su risa burlona acechándolo en cada sombra. Incluso cuando despertaba y la electricidad se iba, y los rincones se convertían en oscuridad, sentía su presencia al acecho como algún animal.

El miedo se arraigaba en su pecho como una plaga insidiosa, pero nadie le creía. Su madre, incrédula y un poco harta ante sus relatos, intentaba consolarlo con palabras vacías y gestos de afecto, pero su escepticismo solo alimentaba la sensación de desamparo y soledad de Santiago.

Finalmente, ante la persistencia de sus miedos y la creciente angustia que lo consumía, su madre decidió sacarle turno para ver a un psicólogo en el hospital público de la ciudad. Sin embargo, la espera sería larga, dos meses antes de que pudiera encontrar algo de alivio en las palabras de un "profesional".

Santiago se sentía atrapado en una pesadilla interminable, su mente agotada y su espíritu quebrantado por el recuerdo de lo que había presenciado aquella noche. La impotencia lo envolvía como un velo oscuro, y el resentimiento crecía dentro de él como una herida abierta. Estaba cansado, demacrado y enojado, y el peso de su sufrimiento parecía aplastarlo más y más.

Un día, el tormento y los sueños finalmente parecieron ceder. Santiago respiró aliviado cuando dejó de ver la figura demacrada en sus sueños y en cada rincón. Las semanas transcurrían, llevándose consigo el recuerdo de aquella noche, y se acercaba el momento de su decimosexto cumpleaños y el regreso a clases. Parecía que la normalidad finalmente estaba regresando a su vida, aunque fuera de manera temporal.

Sin embargo, un día, mientras su madre y su hermana salían a comprar algunas cosas antes del apagón, Santiago se encontraba solo con su hermanita en el patio. El aire se volvió espeso, cargado de una tensión palpable, y los vellos en la nuca de Santiago se erizaron ante la presencia ominosa que parecía acechar en las sombras.

Mara comenzó a llorar y a gritar desesperadamente, su voz llenando el aire de angustia y horror. Santiago trató de calmarla, pero los gritos se intensificaron, convirtiéndose en un crescendo de pánico que envolvía al joven en una espiral de desesperación y miedo.

Sintiendo el terror apoderarse de él, Santiago se arrojó al suelo y se tapó los oídos, tratando desesperadamente de bloquear el sonido angustioso que lo rodeaba. Sin embargo, incluso a través de sus dedos entumecidos, podía sentir el temblor de su hermana, el miedo palpable que la consumía.

Y entonces, antes de que la oscuridad lo envolviera por completo, Santiago vio cómo una mano negra se posaba sobre los hombros de su hermana, una presencia ominosa que anunciaba la vuelta de la pesadilla que creía haber dejado atrás.

Santiago despertó con el olor a salsa impregnando el aire y el sonido familiar de la radio resonando en la cocina. «Buenas tardes, Buenos Aires. Hoy fue un día caluroso y se pronostican lluvias para la noche. Como es costumbre, nos despedimos y espero que los papis estén preparados para la vuelta a clases. Buenas noches, gente, nos vemos mañana». El eco de las palabras del locutor se mezclaba con las risas de su hermanita y la voz de su madre, creando una atmósfera de aparente normalidad.

Mara estaba sentada en la mesa, jugando con sus cubiertos, mientras su madre colocaba los fideos humeantes en los platos. Santiago se incorporó lentamente, con la cabeza pulsándole de dolor.

—Pensé que ibas a dormir para siempre —se rió su madre, y Mara también soltó una risita, ajena a la tensión que invadía a su hermano.

—Ma, ¿qué pasó ayer? —Santiago masajeaba sus sienes.

—Te encontramos inconsciente en el piso y a Mara llorando. Ella no sabe lo que pasó y por lo que veo, vos tampoco —dijo su madre.

—Ma, yo... —intentó recordar, pero las imágenes se desvanecían.

—No importa, Santi. Ya está —su madre cortó su intento de explicación—. Poné las velas que seguro cortan la luz.

Con una resignación pesada, Santiago se levantó y fue a buscar las velas, pero el cajón estaba vacío. Tomó dos billetes y salió rumbo al kiosco, sintiendo cómo el sol descendía, tiñendo el cielo con tonos de un rojo ominoso. Mientras caminaba, la noche empezaba a envolver el barrio, y las luces se apagaron por completo, sumiendo todo en una oscuridad opresiva.

El pánico se apoderó de Santiago, acelerando su paso hacia el kiosco de la esquina. Compró las velas rápidamente, sintiendo un extraño peso sobre sus hombros. Al regresar, escuchó pasos detrás de él, pasos que aumentaban la velocidad al mismo tiempo que los de él.

Comenzó a correr, el sonido de sus pisadas y las ajenas fusionándose en un siniestro compás. Llegó a la casa y cerró el portón de golpe, su respiración agitada resonando en ese silencio nocturno que tanto odiaba. La casa, envuelta en sombras, parecía más amenazante que nunca, y Santiago no podía sacudirse la sensación de que ese mal sueño estaba lejos de terminar.

Su casa estaba envuelta en oscuridad, las ramas de los árboles proyectaban sombras inquietantes que parecían cobrar vida propia en la penumbra. Su madre encendió las velas, y la tenue luz parpadeante iluminó débilmente el entorno, creando un aura casi sobrenatural.

Santiago se sentó, esperando que la luz disipara las sombras. Hoy era su cumpleaños, un detalle que su madre solía olvidar. Pero a Santiago no le importaba; ya estaba acostumbrado a las decepciones.

—Santi —llamó su madre desde la cocina—. Cerrá los ojos, amor.

Santi obedeció, cerrando los ojos con una mezcla de incredulidad y anticipación. De repente, el aire se llenó con el dulce aroma de caramelo y merengue recién hechos. Santiago sintió una oleada de felicidad genuina, algo que no experimentaba a menudo. Jamás le habían festejado su cumpleaños con una torta de verdad, siempre había faltado el dinero para tales lujos.

—Santi —repitió su madre.

—Sí, Ma —respondió él, su voz cargada de emoción contenida.

—Feliz cumpleaños, amor —dijo su madre.

Santi abrió los ojos, esperando ver la prometida sorpresa. Sin embargo, lo que encontró no fue un pastel, sino una figura grotesca y oscura, que emergió de las sombras con una velocidad para empujarlo del sillón de plástico con una fuerza inhumana. El hedor a velas y miel invadió sus sentidos, un olor dulce y nauseabundo que se mezclaba con el miedo. Santi batalló, pero la figura era mucho más fuerte que él.

—Feliz cumpleaños, feliz cumpleaños —repetía Mara, mientras golpeaba las manos y se reía—. Feliz cumpleaños, Santi. Feliz cumpleaños dieciséis.

Con un esfuerzo desesperado, Santi tocó el rostro de la mujer y sintió un lunar característico que le heló la sangre: era el mismo lunar que tenía su madre. Las lágrimas brotaron de sus ojos, un llanto impotente alimentado por el agotamiento y el dolor que lo consumían. Ya había perdido a su padre y a su mejor amigo, y la sensación de pérdida y desesperanza lo estaba destruyendo. Él sabía que si sobrevivía a esto, en unos años terminaría en las calles como los drogadictos del barrio y estaba seguro de que su hermana mayor se iría con algún pibe con el sueño de una vida mejor. Santi siguió luchando.

—Feliz cumpleaños. Feliz cumpleaños, Santi. Feliz cumpleaños, dieciséis.

La cosa, con su piel huesuda y pálida, apretó sus dedos alrededor del cuello de Santiago. Santi forcejeó con todas sus fuerzas, pero era inútil. La criatura levantó un cuchillo y, con una precisión escalofriante, cortó su cuello, poniendo fin a esos malos pensamientos. La sangre brotó en un chorro caliente mientras la vida se escapaba de su cuerpo.

Feliz cumpleaños, Santi. Feliz cumpleaños —repetía la voz, ahora distante y casi susurrante.

Mara, sentada en el rincón, se reía y golpeaba las manos, ajena al horror que se desplegaba ante sus ojos.

Santi murió a los dieciséis, asesinado por una entidad que también había arrebatado la vida de su mejor amigo. Su hermana Rocío encontró su cuerpo y denunció la desaparición de su madre y su hermana menor. Nunca las encontraron. Rocío murió dos años después por extrañas razones, pero todo apuntaba a que fue un asesinato pasional. Santiago se fue sin conocer la felicidad de festejar un cumpleaños o una buena Navidad. Fue un chico al que le faltó de todo, excepto el amor de su mejor amigo y sus hermanas. Manu soñaba con llegar a las grandes ligas del fútbol y Santi quería ser maestro; ambos ansiaban escapar de ese barrio que, sin saberlo, los terminó devorando.

El destino había jugado su última carta.

Se escucharon muchas versiones de esta historia. ¿Cuál será la verdad? Nunca lo vamos a saber. Yo solo les cuento lo que mi abuela Gregoria una vez me contó. Ella decía que cuando las luces se apagaban, se podía ver a Santi y a Manu fumando en las esquinas, tocando a veces las puertas de los vecinos, pidiendo entrar porque le temían a eso que les había quitado la vida. Mis abuelos nunca les abrieron la puerta, pero dejaban ofrendas en la cruz de la esquina: una velita y algún cigarrillo cada fin de mes, en agradecimiento y para que los espíritus no molestaran. Los que no lo hacían o los incrédulos terminaban yéndose del barrio o arrepintiéndose amargamente sobre la cruz.

NOTA | ¡Hola! 🤍 Sé que fue un poco extenso, pero espero que hayan llegado hasta aquí. Me gustaría saber qué les pareció. Soy nuevo escribiendo estos ¿mini cuentos? ¿relatos? y quaderno me da la oportunidad de poner en practica esto que me encanta. Espero sus comentarios para saber qué les pareció.

Esta publicación es una de varias que quiero escribir en el futuro, explorando estos temas que de niño siempre me dieron curiosidad. En mi mente, me imagino que todo está en el mismo universo de 'Aquellos ojos oscuros' (Mayo 8).

ramiro

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