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Apuntes para una ausencia sin mérito.

Lucila

Nov 23, 2025

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En el cuarto queda una luz mínima,

una lámpara que insiste en vigilarme,

como si aún creyera en los ritos nocturnos

que ya no practico.

He dejado de confiar en la poesía:

no es revelación,

sino un gesto que repito por costumbre,

como quien sigue abriendo un libro

cuyas palabras hace tiempo dejaron de sorprenderlo.

Tu nombre

fue una tentativa fallida de significado.

Intenté conferirle densidad,

como si la mente pudiera suplir

lo que la realidad omitió.

Me engañé, ciertamente:

pertenecías a ese linaje disperso

de quienes enuncian vaguedades

creyéndose profundos

y cultivan la indecisión

como si fuera una forma de inteligencia.

No hubo en vos misterio,

solo opacidad.

La ciudad, en cambio,

respira con una dignidad que no caduca.

Sus esquinas sostienen una suerte de gravedad antigua,

un orden silencioso que no depende de nadie.

Camino por sus calles

como quien cruza un territorio ajeno

pero necesario,

y descubro que en cada baldosa

se cifra una enseñanza:

el mundo persiste,

aunque uno no esté a la altura.

He imaginado —por indulgencia hacia mi vanidad—

que tu aparición tuvo un propósito.

Ninguno.

Fuiste un episodio lateral,

una interrupción menor en la secuencia austera de mis días.

Tu presencia fue tenue

y tu ausencia, más tenue aún,

como esas voces que se recuerdan

sin haber sido escuchadas.

Hay noches en que me pregunto

qué fue exactamente lo que busqué en vos.

No hallo respuesta.

Tal vez confundí la necesidad

con el afecto,

o la soledad con un llamado.

A veces uno desea encontrar

un eco donde no lo hay,

y por esa ansiedad

construye espejismos

que se disuelven al primer pensamiento lúcido.

He aprendido, con cierta serenidad amarga,

que ninguna ilusión es inútil:

cada una revela algo del que la sostiene.

Vos no fuiste enseñanza;

fue mi error el que enseñó.

Comprendí que la fe —si aún merece ese nombre—

debe preservarse

para aquello que no depende del capricho

ni de la fragilidad ajena.

Para lo que resiste la mirada

y también la sombra.

No volveré a invocarte.

No por desprecio —emoción demasiado ruidosa—

sino porque ya no tengo interés

en los nombres que no sobreviven

al más leve examen.

Que sigas viviendo en la levedad que elegiste:

yo sigo en la vigilia,

entre papeles y noches,

aprendiendo la humilde disciplina

de no esperar revelaciones

donde solo hubo pasajes.

Lucila

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