En el cuarto queda una luz mínima,
una lámpara que insiste en vigilarme,
como si aún creyera en los ritos nocturnos
que ya no practico.
He dejado de confiar en la poesía:
no es revelación,
sino un gesto que repito por costumbre,
como quien sigue abriendo un libro
cuyas palabras hace tiempo dejaron de sorprenderlo.
Tu nombre
fue una tentativa fallida de significado.
Intenté conferirle densidad,
como si la mente pudiera suplir
lo que la realidad omitió.
Me engañé, ciertamente:
pertenecías a ese linaje disperso
de quienes enuncian vaguedades
creyéndose profundos
y cultivan la indecisión
como si fuera una forma de inteligencia.
No hubo en vos misterio,
solo opacidad.
La ciudad, en cambio,
respira con una dignidad que no caduca.
Sus esquinas sostienen una suerte de gravedad antigua,
un orden silencioso que no depende de nadie.
Camino por sus calles
como quien cruza un territorio ajeno
pero necesario,
y descubro que en cada baldosa
se cifra una enseñanza:
el mundo persiste,
aunque uno no esté a la altura.
He imaginado —por indulgencia hacia mi vanidad—
que tu aparición tuvo un propósito.
Ninguno.
Fuiste un episodio lateral,
una interrupción menor en la secuencia austera de mis días.
Tu presencia fue tenue
y tu ausencia, más tenue aún,
como esas voces que se recuerdan
sin haber sido escuchadas.
Hay noches en que me pregunto
qué fue exactamente lo que busqué en vos.
No hallo respuesta.
Tal vez confundí la necesidad
con el afecto,
o la soledad con un llamado.
A veces uno desea encontrar
un eco donde no lo hay,
y por esa ansiedad
construye espejismos
que se disuelven al primer pensamiento lúcido.
He aprendido, con cierta serenidad amarga,
que ninguna ilusión es inútil:
cada una revela algo del que la sostiene.
Vos no fuiste enseñanza;
fue mi error el que enseñó.
Comprendí que la fe —si aún merece ese nombre—
debe preservarse
para aquello que no depende del capricho
ni de la fragilidad ajena.
Para lo que resiste la mirada
y también la sombra.
No volveré a invocarte.
No por desprecio —emoción demasiado ruidosa—
sino porque ya no tengo interés
en los nombres que no sobreviven
al más leve examen.
Que sigas viviendo en la levedad que elegiste:
yo sigo en la vigilia,
entre papeles y noches,
aprendiendo la humilde disciplina
de no esperar revelaciones
donde solo hubo pasajes.
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