Siento que te perdí sin perderte,
antes de tiempo,
cuando todavía respirás
y tus manos siguen siendo las mismas,
con sus arruguitas suaves,
sus venas marcadas por la vida,
esas manos que me alzaban sin esfuerzo
y me sostenían como si el mundo
pudiera esperar.
Las manos que me sentaban en tu regazo,
mientras tus dedos, con una ternura infinita,
me recorrían las cejas
y decías que eran iguales a las tuyas.
Como si al nombrarme
me dejaras un mapa
para no perderte.
Las mismas manos
que me hacían cosquillas en los pies
cuando yo fingía dormir,
y sonreía en silencio,
para que no supieras
que yo también quería quedarme ahí,
un ratito más.
Capaz por trabajo
no estuviste en ningún acto escolar,
pero estuviste en cada mañana,
llevándome y viniendo a buscarme,
sin importar el clima,
ni la vida,
ni el cansancio.
Ya no quiero crecer más, pa.
Crecer me duele.
Quiero quedarme con vos
para siempre.
Toda la vida supe
que tu tiempo era distinto.
Que tu edad no jugaba
con las mismas reglas
que la de los otros papás.
Me llamaron nieta cuando era hija,
y sentí vergüenza y culpa.
Y me sentí culpable por sentirme así,
si para mi siempre fuiste
de las mejores cosas
de mi vida.
Quizás por eso te miré siempre
como quien guarda agua en las manos
sabiendo que se va a escapar.
Como quien abraza
contando los segundos,
con miedo de que no alcancen.
Hoy te refugiás en tu juventud.
En tus anécdotas de joven,
en Clint Eastwood,
en John Wayne,
en las mismas películas
que te devuelven
al hombre que fuiste
cuando todo parecía intacto.
Me contás las mismas historias
una y otra vez.
Cinco veces.
Diez.
Y yo las escucho
como si fueran nuevas,
porque en cada repetición
todavía estás vos.
Ahí, escondido en algún lugar,
y yo quiero encontrarte.
Pero hay destellos que se apagan,
pequeños gestos que ya no vuelven,
y me aterra el día
en que no recuerdes nada.
En que tu memoria me suelte
antes de que la vida lo haga.
Extrañarte es raro,
porque estás,
pero no del todo.
Porque ya no hay mensajes,
casi no hay llamadas,
hay días en los que no hay una voz
que me cruce la distancia.
Ya te olvidaste de cómo se usa el celu.
Y yo puedo olvidar otras ausencias,
otros dolores,
otras nostalgias.
Pero a vos no.
Nunca.
Aparecés cuando me acuesto,
cuando suena una canción vieja
de esas que nos encantan tanto,
cuando el mundo se aquieta
y se prende
esa lamparita mental
que me recuerda
cada buen momento que me duele.
Todavía guardo
la última videollamada que hiciste
sin ayuda de nadie,
ese “te amo” que me dijiste
como quien deja una semilla
para cuando ya no pueda hablar.
Y guardo también
el día que no estabas bien
y me llamaste a mí primero.
Como si, incluso en tu niebla,
yo siguiera siendo tu refugio.
Me duele no haberte perdido,
pero sentir que sí.
Me duele despedirte
cada día un poco,
sin funeral.
Toda la vida me preparé para perderte,
como si anticipar el golpe
pudiera hacerlo menos cruel.
Y en ese intento
aprendí a temer
más de lo que aprendí a disfrutar
el tiempo a tu lado.
Pero aunque me prepare,
aunque me anticipe,
aunque lo piense mil veces,
nunca voy a estar lista.
Vos sí viviste varias vidas sin mí,
te confieso que no sabría vivir ni una sin vos.
Porque no se puede estar lista
para perder
a una de las personas
que más se aman en el universo.
Y aun así, a pesar del dolor
te llevo diariamente conmigo:
en la forma de mirar,
en mi manera de ser,
en la nostalgia fácil,
y en este miedo antiguo
de quedarme sin vos
que me ataca sin falta
todas las noches.
Si pudiera pedirle algo al tiempo,
no sería detenerlo,
sino habitarte mejor,
aunque sea desde lejos,
aunque sea en recuerdos,
aunque sea en poemas
que digan por mí
todo lo que ya no puedo decirte.
Porque te amo siempre, papá.
Te lo digo siempre.
Siempre.
Incluso ahora.
Incluso así.
Incluso antes de tiempo.
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