Ansiedad, tilde azul y otras formas de sufrir.
Jan 10, 2026

Mandar mensajes y que no te respondan es toda una experiencia espiritual. A mi parecer debe de tener al menos, con una advertencia, esto puede activar tu imaginación.
Porque no es el mensaje en sí lo que duele, es todo lo que una se inventa en el mientras tanto.
Mandás algo simple. Nada dramático. Un “jaja”, un “sí”, un “después hablamos”. Y ahí empieza el espectáculo.
Primero sos comprensiva, seguro está ocupado. Después sos racional, no todo gira alrededor mío. Cinco minutos más tarde ya estás analizando el horario, el doble tilde, la última vez que estuvo en línea.
A la media hora, claramente te odia.
Es impresionante la velocidad con la que pasamos del “tranquila, no pasa nada” al “listo, ya fue, no le importo”. Todo sin que la otra persona haya hecho absolutamente nada. O peor, sin que haya hecho algo aún.
El silencio de un chat tiene más poder que muchas palabras. En ese espacio vacío entran inseguridades viejas, historias pasadas, traumas reciclados.
De repente no estás esperando una respuesta, estás esperando confirmación de que sos suficiente. Y eso, claramente, no debería depender de una notificación.
Lo gracioso es que mientras una se desarma por dentro, la otra persona probablemente está bañándose, durmiendo la siesta o viviendo su vida sin ninguna intención malvada. Pero una ya escribió un guion completo donde el final nunca es feliz.
Me invento excusas para el otro y reproches para mí. Pienso si dije algo de más, ¿Ese emoji estuvo de más? ¿Ese “jaja” fue poco entusiasta? ¿Por qué no puse un corazón? ¿Por qué puse un corazón? Todo es tu culpa, según tu cerebro.
Como si el amor, el interés y la presencia se definieran por puntuación.
Y aun así, sigo mirando el celular. No de manera obsesiva, digo yo. Solo cada dos minutos. Con la esperanza ridícula de que esta vez sí, justo ahora, aparezca la respuesta que calme todo lo que yo sola desordené.
Cuando finalmente llega el mensaje, porque casi siempre llega, es simple, algo así como “jajaja sí”. ESO. Nada más.
Y vos quedás ahí, sosteniendo todo el drama que armaste sola, preguntándote en qué momento se te fue tanto la energía vital.
Supongo que inventarme historias es uno de mis deportes extremos favoritos. Haciéndolo no me siento tan a la intemperie.
Pero también es cansador vivir reaccionando a cosas que todavía no pasaron. O que tal vez nunca pasen.
Y si estás leyendo esto mientras alguien no te responde, baja un cambio hermana. No significa nada.
O significa algo, pero no todo lo que tu cabeza está armando ahora mismo. Cerrá el chat. Tomá agua. Y, por favor, no mandes otro mensaje “para aclarar”. Eso nunca ayuda.
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