Cumplir dieciocho
no se parecía a crecer.
Se parecía más
a quedarse sola por primera vez
después de que apagaran la música.
Todos hablaban de libertad
como si fuera una puerta abierta,
pero nadie decía
que del otro lado
también esperaba el frío.
A los dieciocho descubrí
que la noche pesa distinto
cuando ya nadie viene a cubrirte con una manta
si te quedás dormida en el sillón.
Que existen silencios
capaces de ocupar una casa entera.
Que una puede pasar días completos
sin escuchar su nombre dicho con ternura.
Y aun así
levantarse igual,
hacer las compras,
responder mensajes,
sonreír en lugares iluminados
mientras por dentro
algo pequeño tiembla
como un animal mojado.
Crecer era esto,
aprender a tragarse el llanto
en baños ajenos,
volver sola en colectivo
mirando ventanas encendidas
e imaginar vidas donde todavía esperan a alguien.
A veces extraño
la facilidad con la que antes existía.
Ser chica era cerrar los ojos
y confiar en que el amor seguía ahí
cuando volviera a abrirlos.
Ahora cierro los ojos
y solo escucho la heladera,
las cañerías,
mi respiración contra la almohada.
Hay noches en las que quisiera
volver a esa versión mía
que todavía creía
que cumplir años era sumar velas
y no capas de cansancio.
Porque nadie te explica
que crecer también es esto,
darte cuenta
de que el mundo no va a abrazarte
cada vez que te rompas.
Y sin embargo,
seguir despertando.
Prepararte un café.
Abrir las cortinas.
Hacer espacio en la cama para el sol.
Intentar convertirte lentamente
en la persona
que necesitabas cuando eras chica.
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